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viernes, 24 de febrero de 2017

Jeroglíficos

Me fui a dormir pensando en Champollion, el primer descifrador de los jeroglíficos egipcios. En su comienzo como estudioso y en su patología final. Leyendo los ensayos de Octavio Armand, no hay cómo no tenerlo presente. Anoté para leer luego sus cartas de relación.

¿No era un como Julien Sorel, aquel personaje de Stendhal que soñaba con brillar en la alta sociedad parisina, pero en un estilo todavía más majestuoso? Lo contrario, al parecer, también se sostiene. Champollion llegó con sus artes interpretativas a la corte de los Faraones pero Stendhal también hizo arqueología. En su caso, dice Armand, de las facciones. ¿El rostro como jeroglífico? Sospecho, sobre todo, femenino. ¿Qué hay en un rostro?

Los europeos salían de nuevo de sus confines: hacia el mito, hacia lo desconocido, quizá hacia lo indescifrable. Por esos años Humboldt exploraba las regiones equinocciales. La naturaleza, otra lengua a descifrar. O a inventar. 

Recordé a Sir Arthur Evans, el descubridor del Palacio de Cnosos. Evans llegó a Creta casi por azar, aunque tal vez no sea la palabra: un anillo visto en una tienda de Atenas, donde visitaba al homérico Schliemann, lo puso en alerta. Evans conocía a sus egipcios, y acababa de ver la colección troyano-micénica del alemán. Las imágenes del anillo, lo supo de inmediato, no eran ni una cosa ni la otra. No hablaba ni en la lengua de los faraones ni en griego homérico. Sin Champollion ni Schliemann, tal vez no lo habría sospechado. Vio muchos toros.

Una coincidencia, quizá champolliónica: esta mañana, al encender la radio, escuché algo ¡sobre Egipto! Una egiptóloga brasileña, con pasaje por el Louvre, dará un curso la semana que viene sobre su tema. El entrevistador quería hablar sobre misterios pero ella prefirió adentrarse en la comida faraónica. De misterios, dijo, prefería no hablar. Stendhal sonreiría.

martes, 14 de febrero de 2017

El rezo de Van Gogh

Puede que dios sea un color, como asumían los vitralistas góticos, pero Van Gogh en la Provenza vio muchos colores y por ningún lado al dios protector.

jueves, 11 de febrero de 2016

Días para leer a Carroll

Mientras media São Paulo estaba en la playa, yo me quedé en casa leyendo a Lewis Carroll.

Qué mezcla: cuento de hadas angelical y diabólico juego matemático. O es al revés: diabólico cuento de hadas y desatada lógica patafísica.

Alice's adventures in wonderland es el más bizarro de los jardines ingleses. Ha dado sombra. Antes que Joyce, Nabokov y Cabrera Infante, hubo Lewis Carroll. Sin él, Ulises sería una prolija novela naturalista; Lolita, una salaz crónica roja; Tres tristes tigres, un ameno reportaje. Respect.

A su lado, los otros grandes novelistas del siglo XIX ¿no parecen un poco demasiado solemnes? Jane Austen está bien. Stendhal está muy bien. Flaubert está requetebién. Pero Carroll es ya otra cosa.

¿Por qué en las escuelas de Letras no hay más estatuas del Sombrerero Loco? ¿Estatuas, dije? Más bien estatuillas, miniaturas. Los personajes de Carroll son como juguetes imaginarios. Piezas de un ajedrez verbal y también delirante (no sin lírica: ver las deliciosas parodias de canciones populares inglesas que pueblan el libro).

Preguntas para pasar el rato: ¿quién era Alicia? ¿Quién la reina decapitadora? ¿Quién Carroll?

Las aventuras de Alicia coinciden con sus transformaciones. Primero se achica para seguir al apurado Conejo Blanco, luego se agranda hasta parecer una verdadera giganta, hasta encuentrar la justa medida para cada ocasión. Es así, podría decir Carroll con voz en off, como deben ser las cosas. Durante su sueño, ella misma es la primera sorprendida (casi siempre de forma reticente, nada eufórica) ante los extraordinarios eventos que ocurren ante su mirada. No por nada el verbo que más se repite en su periplo subterráneo es 'puzzle': extrañeza, perplejidad, sorpresa.

Y la reina, ¿dónde dejamos a la temible y mítica reina de corazones? Hay algo mecánico en todo lo que hace y dice: “¡Quítenle la cabeza!”, es su frase preferida (en realidad, casi la única). ¿En quién estaría pensando el clérigo Charles Lutwidge Dodgson, que así se llamó para la vida civil y tal vez doméstica nuestro Carroll? Lo primero que viene a la cabeza (si no perdida, al menos dislocada) es que Carroll le estaba mandando un mensajito nada subliminal a la reina Victoria (su semejante, su hermana). Lo curioso es que la reina, al final, no consigue decapitar a nadie. La violencia en Carroll es puramente ilusoria, reversible, casi iba a decir lúdica. No hay apenas moral, aunque sí agudeza, en sus muchas burlas.

Es curioso que los únicos personajes a los que la monarca manda ejecutar son su bobalicón marido y ...Alicia. Salvo al final, claro (y desde luego no lo tiene tan fácil, dadas las propiedades hechiceras que Alicia ha adquirido en el transcurso de su sueño).

Carroll fue la sutil respuesta victoriana al romanticismo. Ni trances, ni trastornos, ni grandes visiones: juego, humor, paradojas. También su toquecito de delirio. No la literatura de la representación, ni siquiera de la reflexión, sino del encantamiento.

Tal vez por eso los contemporáneos a los que más se me parece no son poetas ni novelistas sino exploradores, arqueólogos, viajeros al fin del mundo y del tiempo. Pienso en Sir Arthur Evans, descubridor del palacio del rey Minos en Cnosos, Creta (sede de la primera gran cultura europea, siglos anterior a Homero). ¿Cómo se leerían el uno al otro? ¿Hablarían quizá del hilo de Alicia y de las aventuras de Ariadna? 

Tal vez Carroll le habría contado la historia del rey que sueña. Dos personajes conversan. Uno pregunta retóricamente cuál es el personaje de su sueño. El otro responde categórico: “Nadie sabe”. No tan rápido, amigo: “Sueña contigo. Y si dejase de soñar, ¿qué sería de ti?”. El otro lo reconoce: “No sé”. Para terminar en esta sentencia casi borgiana: “Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si ese Rey despertase, tú te apagarías vuelto una vela”.

A lo que el coro diría: wow, wow, wow.

sábado, 1 de marzo de 2014

La gracia del Monje

No tocaba en torno de una línea melódica –es Geoff Dyer sobre Thelonious Monk- tocaba en torno de sí mismo. Entre los músicos que Geoff Dyer retrata en su libro, Monk es sin duda el más replegado en sí mismo. El más lírico, si se quiere. Salvo que su lira tenía 88 teclas and countingMonk no tenía la melódica sonoridad de Young ni la furia creadora de Mingus. Era más bien una isla burbujeante en un océano de piedras rotundas. 

Hubo una errancia en Monk, como la hubo en otros músicos de jazz. Errancias o peregrinaciones sin fin. Caravanas, diría Ellington. Dyer no escribió un parte médico, tampoco una apología del autismo estético. Sospecha que el recogimiento casi afásico de Monk era su mayor vulnerabilidad ante el mundo y también su espacio interior. Monk podía ponerse al piano y componer al lado de la lavadora mientras su esposa Nellie cocinaba y los hijos correteaban por la casa. Nada lo perturbaba. Dyer recuerda que con los años su absorta ebullición (Monk no fue solo un improvisador endemoniado sino un fecundo compositor) se fue convirtiendo en un balbuceo sin pentagrama. En sus últimos tiempos, “el silencio se depositó en él como polvo”.

Me puse a escuchar los discos de Monk que llevo conmigo. Encargo Alone in San Francisco.

jueves, 27 de febrero de 2014

Dyer a la escucha

Lester Young –la sombra de Lester Young- en un hotel de quinta categoría. Acompañado por la droga, el alchohol, la soledad y su instrumento. Perseguido por su memoria: el trauma del ejército, de la pobreza, del racismo. Young cansado: un presidente (así lo llamaban sus colegas: Pres) sin poder. Geoff Dyer se detiene en una fotografía de los últimos años del saxofonista de Woodville, Mississipi para contar una historia de desposesión y ruina afectiva. Lo mira de cerca, con simpatía, admiración, piedad. Es así como se acerca a los otros músicos del libro –me refiero a But beautiful, publicado originalmente en 1991 y cuya versión brasileña tengo ahora entre las manos- pero por Young muestra además algo como una amistad sin reservas. Le pasa con Ellington ("la más fértil de las fuentes"), con Monk y Webster, tal vez no con Mingus (que no se deja). De Young dice: “El sonido de Lester era tenue y perezoso, pero siempre contenía, en algún lugar, algo cortante”. Entre el blues y el jazz, Young camina con paso tranquilo por un puente deshecho.    

Del paso de Lester Young por el ejército Dyer escribe páginas dramáticas. Allí le prohibieron tocar su instrumento ("El ejército era la negación de la melodía"). Una Corte Militar -eran los años de la guerra en Europa- lo condenó a un año de prisión por alcohólico, mariguanero y por su propensión a no tener residencia fija. 

“Mil novecientos cincuenta y siete, ese fue el año en que Pres se había destrozado completamente y acabó en el Kings Country Hospital. Después de eso fue para el Alvin Hotel y perdió interés por todo, salvo en asomarse por la ventana y pensar en cómo el mundo era, para él, demasiado sucio, duro, ruidoso y cruel”.

Puede parecer un retrato acostumbrado del músico de jazz como chamán artístico y fracasado profesional. No lo es, por el simple hecho de que el fracaso no era una pose para los paparazzi sino un destino cierto en la mayoría de estos hombres. Lo fue en Young y en su entrañable Billie Holiday, en muchos otros. 

Dyer tiene la clave para verlo de cerca sin compasión fácil, sin imponerse, como quien escucha.

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Demonios e inflación

Uno de los ensayos de Calle de dirección única, el libro que Walter Benjamin escribió entre Berlín y París durante los años veinte, se titula “Viaje por la inflación alemana”. No se trata de una argumentación teórica sobre la naturaleza financiera de la inflación. Tampoco hay divulgación factual ni exaltada polémica. Se trata de catorce fogonazos entre los escombros.

La travesía de Benjamin entre aquellos escombros no es solo económica sino moral, sociológica, psicológica. La teología también asoma, como en casi todo lo que escribió el ensayista berlinés. Hablar de dinero en términos exclusivamente económicos era caer en una trampa solipsista y sospechosamente simplificadora. Lo contrario era también cierto: todos los temas —la lengua misma en que eran tratados— conducían al Reichsbank.

El contexto: al perder la guerra, Alemania —entonces una incipiente democracia parlamentaria gobernada por una aristocracia liberal— ganó un ramillete de severas sanciones económicas por parte de los vencedores americanos, franceses y británicos. El Estado alemán estaba en bancarrota, aunque no oficialmente: sus deudas no podían ser pagadas, pero aun así seguía endeudándose. Para saldar deudas internas, o para rematarlas, Berlín y Viena —poderosas pero ya aisladas capitales financieras— multiplicaron la producción de dinero inorgánico. El Estado seguía como si nada, gastando en obras, pensiones y programas sociales, pero la economía era una ruina. La inflación llegó a 182 billones por ciento.

En la penuria económica de la primera posguerra Benjamin vio otras miserias. Los desechos y la podredumbre —escribió con característico vuelo visionario— crecen como muros levantados por manos invisibles. No eran tan invisibles, de todos modos. Al menos para Benjamin, eran sin más la sombra invariable del dinero o del mercado económico: destructor de vínculos, creador de desconfianza ciudadana, egoísmo y masificación. Más que invisibles, las manos —todas las manos— eran viles. También, a menudo, sangrientas. 

El ensayo de Benjamin era un alerta mordaz: la inflación no era una anécdota del capitalismo sino su deriva inevitable. La prosperidad anterior a la guerra era apenas su más edulcorada ficción. A juicio del pensador alemán, la trama era otra, en realidad bíblicamente sombría. La inflación —lo dijo— era el diluvio. Su esperanza era que Noé fuese comunista.

El dinero era para Benjamin —como para el catolicismo contrarreformista y los utopistas decimonónicos, entre otros cruzados— el lado oscuro, por no decir demoníaco, de la trama social. La inflación de posguerra había ayudado a despertar una zona particularmente feroz —por aterrorizada y degradada— de la psique alemana.

Escribió: “Como el dinero constituye, por un lado, el centro absorbente de todos los intereses de la existencia, y, por otro, esta es precisamente la barrera ante la cual todas las relaciones humanas fracasan, cada vez desaparecen más, en el plano natural como en el moral, la confianza espontánea, la tranquilidad y la salud”. Puede uno percibir cierta nostalgia del tiempo —más bien mítico— en que el dinero no era un problema.

Más que como crítica general del capitalismo (sugestiva incluso cuando mesiánica y ahistórica), el ensayo de Benjamin es una iluminadora instantánea de aquella Alemania que comenzaba a confiar solo en sus más mezquinos fantasmas (y en su Banco Central).

Esto vio, al menos: la inflación era el fin de un camino. Como en la Venezuela actual, el Banco Central era una máquina de hacer ruinas. No solo económicas. 

En esto se equivocaba: la inflación no es el último suspiro del capitalismo. Es la manera que tiene el Estado de robar sin que casi nadie se dé cuenta.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Poesía e infierno

Weinberger compone sus libros como variaciones de un mismo tema: repeticiones, añadidos, atajos, glosas, reseñas. Algunos de los ensayos de Las Cataratas fueron publicados en libros anteriores. Dos sobre la India vienen de Invenciones de papel, otro sobre “El vórtice” (a partir de una imagen de Pound) de Algo elemental. Algunos de sus ensayos son una suerte de mantras analíticos, otros afiladas aproximaciones críticas a temas dentro de otros temas. Weinberger no pretende crear un mundo: ata hilos, desata otros, viaja entre culturas, lecturas, ruinas, noticias, imágenes. Registra lo visto y vuelve repetidamente a su fuente. Esa fuente, que no es única, es la poesía. Eso, sin que deje de alertar contra los usos espurios o ideológicos de lo poético. Sin aislar a la poesía del mundo.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Pound, un poema de Cathay

Lament of the Frontier guard

By the North Gate, the wind blows full of sand,
Lonely from the beginning of time until now!
 Trees fall, the grass goes yellow with autumn.
I climb the towers and towers,
                To watch out the barbarous land:
Desolate castle, the sky, the wide desert.
There is no wall left to this village.
Bones white with a thousand frosts,
High heaps, covered with trees and grass;
Who brought this to pass?
Who has brought the flaming imperial anger?
Who has brought the army with drums and with kettledrum?
Barbarous kings.
A gracious spring, turned to blood-ravenous autumn,
A turmoil of wars-men, spread over the middle kingdom,
Three hundred and sixty thousand,  
And sorrow, sorrow like rain.
Sorrow to go, and sorrow, sorrow returning.
Desolate, desolate fields,
And no children of warfare upon them,
              No longer the men for offence and defense.
Ah, how shall you know the dreary sorrow at the North Gate,
With Riboku’s name forgotten,
And we guardsmen fed to the tigers.

                                                                  Rihaku 


En internet, encuentro dos traducciones al español: la de Javier Calvo y la de Rafael Lobarte, que prefiero. Por alguna razón, los dos se empantanan en uno de los versos más hermosos del poema: “And sorrow, sorrow like rain”. Calvo lo omite y Lobarte lo literaliza: “y pena, pena con lluvia”. Gualter Cunha, en la edición portuguesa de Relógio d'Agua, lo vierte más apropiadamente: “E tristeza, tristeza como chuva”. Pena a raudales en la tierra devastada.

martes, 5 de noviembre de 2013

Un rey en el sótano

Hay algo de retrato de familia en los ensayos de Eliot Weinberger sobre poesía norteamericana. Son textos (como los que figuran en Invenciones de papel o Rastros kármicos) íntimos, encendidos y a veces virulentos. Weinberger, que acostumbra desaparecer en sus textos, alza la voz, merodea buscando huellas de sangre en los rincones de la casa, los encuentra. Una casa con sótano, un sótano con fantasmas. En la oscuridad, los poetas juegan a la guerra.

Ezra Pound fue no solo el padre de la casa sino el monarca de ese sótano enfurecido que era también un jardín deslumbrante. En él se dieron, a veces al mismo tiempo, el esplendor y el veneno. Con Pound, Weinberger no es ni incondicional ni mezquino. Lo admira, de hecho, con fervor: no solo como poeta sino como explorador y cartógrafo literario. También como arqueólogo, acaso como contrabandista de voces. Pound puso a la poesía norteamericana (y no solo) a hablar en lenguas.

Pero estaban también sus odios, tan primarios como refinadas eran sus admiraciones: a los judíos, a los negros, a los demócratas, a los enemigos del gran Arte...Pound no solo apoyó a Mussolini sino que aplaudió al Consejo de supremacismo blanco, al Ku Klux Klan y a otros movimientos segregacionistas norteamericanos. Se quejaba –ya en el manicomio de Saint Elisabeth's- de que los otros internos no supieran de las maravillas que había obrado el fascismo.

¿No había una fantasía absolutista en Pound? Aspiraba a una aristocracia del espíritu, de la palabra y del gusto. También de la política. Lo curioso es que era un absolutismo de vanguardia, el reverso en el espejo de las vanguardias absolutas que predominaban en Europa. Weinberger: “La vanguardia de Estados Unidos trataba de convertirse en el siguiente capítulo del Libro de la Cultura Occidental: el mismo que la vanguardia literaria europea estaba tirando al río. Pound se hizo fascista para restaurar el antiguo orden; Marinetti se hizo fascista para destruirlo”.

En el exuberante palacio poundiano Propercio se codeaba con Il Duce.

No fue un caso aislado, claro. Entre los grandes de la poesía norteamericana, los sectarismos (en nombre del espíritu o del pueblo o del nirvana) eran entonces casi de rigor.

Mientras leo a Weinberger, abro Cathay, el libro de versiones de poesía china que Pound produjo a partir de los cuadernos de Ernest Fenollosa. Allí hay un arquero que se lamenta en el confín del imperio, y una mujer sola rodeada de un jardín descuidado, y gente que se despide para siempre, y amigos que recuerdan lo ya ido. De los sucesivos imperios no quedan sino ruinas, y los celosos guardianes imperiales se han vuelto "alimento para los tigres". La poesía china era un mundo de voces enterradas y Pound las desenterró con algunas cuidadosas, felices restauraciones. Esas voces eran sus máscaras.

Una de esas voces era la del Poeta. ¿No era la figura del poeta parte constituyente del Imperio, ya sea como funcionario, escribano, diplomático, guerrero o incluso emperador? No hay rebeldes en ese reino llano, tampoco jerarquías infranqueables. Tal vez porque casi todos son, aunque derrotados, nobles.

Cathay no es un canto a la guerra sino después de la guerra. No hay épica sino elegía. No hay batallas sino devastación. Fue publicado en 1915, mientras los europeos se mataban alegremente en las trincheras del continente.

Eliot Weinberger observa en esos temas ya poundianos -la melancolía de los esfuerzos humanos, la luz del tiempo sepultado, el renacimiento de lo que de verdad cuenta- uno de los rasgos no solo de la primera vanguardia norteamericana sino de la poesía misma. No tanto la melancolía: la correspondencia latente de los tiempos históricos. No la simple estetización del pasado sino su transformación y fertilización imaginarias. No solo las ruinas exóticas. No solo ruinas, no solo fantasmas.

De la poesía como casa de la memoria y aire nuestro y río invisible. A veces también como epifanía y diálogo secreto con los otros. ¿Puede ser que en su origen mítico, también, una forma de maldición o de enfermedad divina?

Dice Weinberger que allí están algunos de los poemas más hermosos de la lengua inglesa.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El jardín de Rapaccini

Eugenio Montejo dijo alguna vez que la poesía era la última religión que nos quedaba. Puede que sea cierto. Lo ha sido, en todo caso, para muchos lectores y escritores.

No siempre de forma beneficiosa, por cierto. Es uno de los temas de Eliot Weinberger: “Leer, junto con la poesía, los ensayos, cartas y biografías de la mayor parte de los poetas norteamericanos del siglo XX es experimentar regocijo y miedo a la vez. Es como pasear por el jardín de rosas envenenadas de Rapaccini”.

Miseria de la poesía: Pound apoyó a Mussolini y fue antisemita hasta después del manicomio, George Oppen perteneció al Partido Comunista hasta “bien después del Pacto de Múnich y el Gulag”, Allen Ginsberg creyó en el “experimento monárquico” del Venerable Trungpa, William Carlos Williams aplaudió campañas en elogio de la superioridad de la raza blanca. Son los ejemplos de Weinberger. Excepciones, entre los grandes de la poesía norteamericana, pocas.

Si las humanidades no siempre humanizan, la poesía –la sagrada poesía de los románticos y la vanguardia- tampoco.

No problem, dicen algunos: nos quedan sus obras. Es también, en general, lo que yo pienso. Solo que muchas veces no se comprenden esas obras sin esos deslices. No solo no se entiende el fascismo de Pound sin su idea de una aristocracia del espíritu finalmente corrompida por la historia económica y la vulgarización democrática, sino que no se entra en su poesía y sus ensayos sin saber (al menos en algún momento) de su desprecio por los supuestos enemigos del Arte, judíos, capitalistas y demócratas entre ellos.

La idea romántica y vanguardista del poeta como unacknowledged legislator o legislador no reconocido, como chamán o alquimista está bien –no siempre- para excitar la lengua del oficiante y el espíritu de las inmensas minorías. Como doctrina ideológica es una forma de infatuación y de solipsismo.

Bueno, bueno, mejor no leerlos, dice el criminólogo de sueño leve. La gran poesía de nobles propósitos por un lado, la pobre poesía de abyectas intenciones por el otro. Y todos tan anchos.  

Es otra la mirada de Weinberger. Muchos menos cándida y didáctica. Más inquisitiva, irónica, atenta. No solo con el poeta, con sus palabras. Podría decirse que a Eliot Weinberger le importa tanto la poesía que no teme ponerla a prueba.

El florecimiento que ha de llegar nacerá de las cenizas del Poeta, escribió.

lunes, 28 de octubre de 2013

El sueño de la lejanía

En 1981 apareció en Nueva York Falkland road, de Mary Ellen Mark. Era el tercer libro de esta fotógrafo prolífica, ya entonces con admiradores de renombre (su segundo libro, Ward 81, sobre un centro psiquiátrico para mujeres en Oregon, EEUU, lleva prefacio de Milos Forman; el cuarto fue un seguimiento de las Misiones de Caridad de la Madre Teresa en Calcuta.)

Eliot Weinberger escribió una reseña de aquel ensayo fotográfico. Su asunto -una vez más- era la mirada occidental sobre Asia. Después de las leyendas, elucubraciones y sátiras de la India vista desde la Europa medieval, después de la misión de Matteo Ricci en la corte del emperador Wanli, Weinberger escudriñaba una visión más contemporánea.

Esta vez la materia era factual, no legendaria; esta vez no era la corte del emperador sino el barrio de la de la prostitución de Bombay (ahora Mumbai).  

Falkland road no era exactamente Falkland road. El barrio –informaba Weinbenger- está a corta distancia de Bombay Central (la estación de ferrocarriles, lugar de paso de millones) y de la Torre del Silencio, la morgue sagrada de los zoroastrianos.  

Era así como Weinberger, con su inclinación por las grandes narrativas mitológicas, veía esa intersección: “Los tres forman un delta de pasaje: pasión, peregrinación, muerte”.

Una de las diferencias evidentes entre Falkland Road, el barrio, y Falkland Road, el libro, era la miseria del primero y el lujo del segundo. 

La crítica de Weinberger no trata solo de la mirada de Mark sino de la fotografía misma. La fotografía siempre ha sido un intento de capturar la extrañeza: primero de nosotros y nuestro entorno, luego de las regiones y las circunstancias al otro lado de la frontera. De forma generalizada, es un sueño de omnisciencia sin participación: “El sueño de la fotografía: ver todo lo que hay en el mundo: a saludable distancia”.

El fotógrafo como voyeur, en este caso tanto del erotismo como de la miseria. Weinberger señalaba la falta de contexto cultural, político, social, religioso y estético de esas imágenes. Contexto y complejidad: comprensión. En las fotografías de Falkland Road aparecía la nueva mirada occidental: Asia como museo y como bestiario cosmético, no como realidad viva. (Un ejemplo a contracorriente es el trabajo que el fotógrafo E.J. Bellock realizó en los prostíbulos de Storyville, en Nueva Orleans circa 1912.)

Había demasiadas omisiones en esa mirada: “En estas fotografías siempre sentimos a Mark como una extraña, ajena a la tensión producida por el choque cultural y que podría dar como resultado un trabajo más interesante. Sentimos, en cambio, una lejanía simple y adormecida. El efecto es apabullante: la prostituta, ejemplo extremo de la persona como objeto sexual, aparece convertida aún más en objeto”.

No es difícil ver en esa “lejanía simple y adormecida” uno de los rasgos de lo que Edward Said famosamente bautizó como orientalismo: una mirada ajena que no se acepta tal, un embellecimiento pretendidamente humanitario (o no) de los retratados. Las fotografías de Mary Ellen Mark eran una imagen del erotismo contemporáneo indio, a la vez borderline, domesticado e inocuo.

Así describía Weinberger la portada de Falkland Road: “Es una fotografía de revista de modas: la mujer está que corta la respiración, pero vacía; mira a la cámara y a nosotros con la altivez y la hostilidad de las modelos; no revela nada”.  

El mundo visto como extensión no declarada de nuestros sueños (pesadillas incluidas) y ventanas: una forma de escondernos y de borrarlo.

Cómo nos hemos acostumbrado.

sábado, 26 de octubre de 2013

Invenciones de papel

En una librería de libros usados de São Paulo, cerca de la Plaza de Sé, encontré un ejemplar de Invenciones de papel, el primer libro de Eliot Weinberger. Lo he estado leyendo. Sus temas: las fraudulentas y a veces ingeniosas fantasías europeas sobre la India antes de 1492, la misión del jesuita Matteo Ricci en la corte del emperador chino Wanli (Decimotercero de la Dinastía Ming), la historia americana del ungido Chogyam Trungpa Rinpoche y su incondicional escudero Allen Ginsberg, la comunidad educativa Black Mountain, el régimen sangriento de Pol Pot, la vanguardia poética norteamericana y sus demonios segregacionistas, entre otros ensayos sobre cuestiones políticas y literarias. 

Weinberger: un viajero que es también un inventivo cartógrafo cultural, un perspicaz analista político, un explorador de ruinas y un poeta. El traductor neoyorquino de Octavio Paz.

Weinberger, sus vislumbres de Asia: un relato prolijamente fantástico, un obstáculo para la expansión de la fe cristiana, un exotismo de museo, una sublimación autocrática y hasta fascista, un capítulo elevadamente macabro de terror totalitario. Es también continente de recurrentes fulgores verbales (China) y de mitologías reveladoras (India). 

En su irónico compendio de fantasías indias se unen la fulguración visionaria y lo risible: “En la India los pájaros y los animales son completamente distintos a los nuestros, salvo uno: la codorniz”. Hay también deliciosas, muy familiares viñetas satíricas: “Y yo vi caminar a un rey: delante de él iban dos hombres tocando sendas trompetas; detrás iban otros dos hombres son una sombrilla de colores con las que lo protegían del sol; y a cada lado, un panegirista, compitiendo ambos entre sí en la invención de elogios al rey”. 

La India vista desde Europa fue sobre todo un lugar mágico, el lugar de los mil tesoros, el mundo al derecho y al revés. El territorio, en una palabra, de la más radical extrañeza. No hay que olvidar que las mismas noticias legendarias serían las que circularían sobre la ignota América. El mito antes que la historia, sí, pero también la historia contra el mito. 

Entra Matteo Ricci. 

Así como otros misioneros jesuitas viajaban a reducir indios y apropiarse del oro americano, Ricci quería convertir nada menos que al emperador Wanli. Cuenta Weinberger: “Los jesuitas de Macao se habían hecho ricos con sus inversiones en el comercio de la seda entre Japón y China, comercio monopolizado por los portugueses, y ya habían demostrado ser muy útiles a los chinos pues hacían regresar a los esclavos huidos a la colonia desde el interior. En 1582, treinta años después de la muerte de san Francisco Xavier, gracias a la usual combinación de sobornos, favores y coacción, se les permitió establecerse en la propia China. Entre los pocos hombres que enviaron iba Matteo Ricci, quien había pasado cinco años en Goa y vivió los veintisiete años siguientes, hasta su muerte, en China”.

Lo que a Weinberger le interesaba de Ricci, sin embargo, no es solo su posición en la historia de las relaciones entre Europa y China sino su singular teoría de la memoria. Para recordar y hacer recordar, Ricci creó un palacio mental, dividido por temas y habitantes. El segundo libro que escribió en China fue un tratado de mnemotécnica (el primero fue uno sobre la amistad). En el medio tiempo, aprendió la lengua del imperio, tradujo a Euclides, ayudó a importar materiales científicos de Europa, creó un mapa del mundo con nombres chinos, entre otras cosas. Fue, quiso ser, un emisario renacentista en tierra de herejes.

Durante un largo tiempo, suficiente para llevar a cabo sus primeras misiones, escondió el crucifijo. Cuando un eunuco de palacio –dice Weinberger- lo descubrió, pensó que era una imagen como las que se usan en los ritos de magia negra y que obedecía a una conspiración para asesinar al emperador, a quien nunca consiguió ver en persona.

Hay algo de Ricci en Eliot Weinberger, sin el crucifijo. 

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Esplendor y cicatrices

El año pasado apareció en Brasil Tigres no espelho, antología de los ensayos de George Steiner publicados en la revista The New Yorker. El título del compendio en portugués viene del hermoso ensayo –“Tigers in the mirror”- sobre Borges. Se trata del libro más periodístico de Steiner.

Digamos lo evidente: en Steiner el siglo XX está vivo, y él lo escucha como un profuso rumor de páginas leídas. Su propósito es compartir el botín descubierto y señalar las zonas de oscuridad. Con socrática modestia pide ser llamado cartero. 

Como mensajero, Steiner tiene una larga lista de remitentes a los que servir. Conoce sus esplendores y mezquindades, sus insanias y horizontes. Sabe ponerlos -¡con que maestría!- en relación. Tiene el don del biógrafo de gran aliento y del periodista pensador, la aceptación sin complacencia del lado histriónico de toda vida y el respeto irónico por los hechos. Es además –no es uno de sus menores encantos- un espléndido narrador de vidas leídas. 

Véanse si no dos de los ensayos más complejos de ese libro tan brillante, los dedicados a Louis-Ferdinand Céline y a Simone Weil. Ella trotskista de clase alta devenida misionera revolucionaria, cristiana conversa y helenófila; él, veterano de la Primera Guerra vuelto vociferante colaboracionista, médico en un barrio de la periferia parisina, henchido de furia ante todo lo que fuese fingimiento, buenas intenciones y negociación. Ambos (Céline más que Weil, sin duda) antisemitas; ambos grandes escritores. Simone Weil murió en Londres en 1943, «agotada física y mentalmente, el alma enferma de ardor frustrado”. Céline, apresado en su fuga, volvería como un fantasma a París después de años de cárcel en Dinamarca.

Uno tiene la impresión de que Steiner comprende mejor que nadie esas vidas a la vez iluminadoras e insensatas. 

Una sospecha: las humanidades no necesariamente humanizan, incluso cuando lo intentan. La cultura ha sido -es- una forma de iluminación para muchos, sí. También una de ocultamiento o es complicidad. Con razón Robert Boyers, en el prólogo del compendio, dice que el ejercicio de la imaginación moral ocupa un lugar central en la obra de Steiner.

No lo olvido: Steiner es un europeísta confeso, por momentos casi nostálgico o es utópico. Su utopía no es regresar a la Tierra Santa de los ancestros hebraicos sino entrever la Viena de Wittgenstein, Klimt y Karl Kraus, la misma ciudad que saludó con arrebato mesiánico a Adolf Hitler. A ella vuelve con preguntas y sombras. De ella regresa con recurrentes encantamientos y desolación. 

No es en el arraigo sino en la andanza, en todo caso, donde encuentra sus más íntimas señas de identidad.     

Tal vez los ensayos más plenos son los que tratan de escritores, artistas y pensadores centroeuropeos. En el eje Viena-Berlín-Budapest -sostiene- estuvo el centro magnético de la modernidad intelectual de Occidente. Sobre todo en Viena, “la capital de la era de la ansiedad”. No hay que perderse sus comentarios sobre Walter Benjamin, Thomas Bernhardt y Bertolt Brecht. Son felicidad intelectual en estado puro. 

En una de sus reseñas anotó: «Muchas veces la totalidad de la conciencia rusa parece aflorar en un poema». Muchas veces la tensión de la conciencia europea aparece -con esplendor y cicatrices- en los ensayos de George Steiner.

sábado, 31 de agosto de 2013

Pasa una sombra

George Steiner fue uno de los primeros comentaristas anglosajones de Walter Benjamin. En “El marxismo y el crítico literario”, un ensayo de 1958 recogido em Lenguaje y silencio, lo menciona con elogio entre los críticos paramarxistas, aquellos influenciados pero no serviles a las teorías literarias del marxismo. Tanto como su heterodoxia -en realidad íntimamente ligada a ella- lo que Steiner apreciaba en Benjamin era la importancia dada al lenguaje. Más que en cualquier otro crítico marxista –escribió- la textura del lenguaje poético precede y determina los contornos de la imaginación. La poesía le importaba más que el partido.

Sería interesante comparar el pensamiento de Steiner con el de sus predecesores frankurtianos. Él mismo parece una figura entre Thomas Mann, T.W. Adorno y el mismo Benjamin, más la levedad irónica y la desenfadada llaneza de algunos pensadores anglosajones. Hay menos atención a la economía en Steiner, mucho más interés por la pesquisa científica. Allí donde un Adorno entra con altivo aire marcial en la discusión contemporánea, Steiner se considera un cartero entre los grandes creadores y los lectores comunes. Mientras Benjamin veneraba a Gide y los surrealistas, Steiner apuesta por Joyce, “puente entre los dos grandes mundos del clasicismo y el caos”.

Hace poco recobré mi ejemplar de Lenguaje y silencio, uno de mis libros más queridos de la universidad. Sigue diciendo lo mismo, aunque yo lo lea de otra forma. Si antes pensaba que Steiner era hombre de bibliotecas, ahora creo que es también un habitante de cafés. Lenguaje y silencio puede ser leído, de hecho, como una filosófica, atribulada y políglota conversación de café por donde pasa rauda la sombra de Walter Benjamin. Yo apenas la recordaba.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Maletas

Europa –dijo George Steiner en una entrevista de 2011- es el locus de la masacre, de lo incomprensible, pero también de las culturas que amo. Se trata de uno de los temas recurrentes de su obra: la casi ininterrumpida convivencia, en la historia europea, de la cultura creadora y lo inhumano. En La Idea de Europa, Steiner volvió a comentar la herida que la Shoah había dejado en la memoria y la conciencia del continente: “Europa es el lugar donde el jardín de Goethe es casi colindante con Buchenwald”. ¿Cuántos realmente lo reconocen?

Recapitulemos. En las páginas de Steiner sobre la idea de Europa hay maravillas de sugestión, sabiduría y belleza.  Todo lo que dice la pluralidad cultural europea, así como sus digresiones sobre la institución del café y sobre el culto al caminar, son reveladorasEn su indagación del horror histórico -en su caso sobre todo el nazismo- Steiner es de una veracidad y una sutileza ejemplares.

Hay algo que falta, sin embargo. Me refiero a la fortuna extraterritorial de Europa, sus maletas.   

¿Por qué no hay lugar, en el incisivo ensayo de Steiner, para aquella Europa fugitiva, la de los emigrantes centroeuropeos y españoles, portugueses y balcánicos, alemanes y polacos que a partir de la Segunda Guerra (a veces antes) hicieron sus maletas para las Américas? Estados Unidos y Brasil, Argentina y Venezuela –Steiner lo sabe mejor que nadie- recibieron cientos de miles de europeos escapados de la pobreza, la hambruna, la persecución y las guerras civiles. También de la justicia: Eichmann. No son Europa, pero Europa no se entiende sin ellos (y son un poco Europa). 

La Europa de George Steiner, con toda su pluralidad cultural, su culto hedonista a la andanza y su maravillosa apuesta por la libre indagación, es en gran medida un continente ensimismado. Steiner no es el único en idealizarla así, desde luego, aunque sí uno de sus mejores prosistas. Quizá una de las fallas políticas de Europa sea esa: no haber entendido de un modo crítico pero no defensivo su papel en un mundo de fronteras cada vez más elusivas. (Una característica del café europeo, según Steiner, es que "está abierto a todos". Lástima que no pueda decirse lo mismo de la Unión Europea). 

Uno de los temores del gran polígrafo es que la uniformidad globalizadora empobrezca y corroa aquel entramado de leyes, libros y formas de convivencia (Steiner, hijo de un banquero, casi nunca habla de dinero). Vargas Llosa discrepa de este pesimismo argumentando que nunca como ahora esa alta cultura, que Steiner conoce mejor que nadie, ha tenido tantos amantes. Es cierto, pero es solo parte del asunto. La frontera entre alta y baja cultura hace tiempo que dejó de ser infranqueable. Algunos -como un Guillermo Cabrera Infante- la han cruzado con felicidad. Otros –como Walter Benjamin- con agudeza visionaria. 

¿Qué nos queda de esas aventuras? Quizá uno pueda proponerse algo más modesto. Reconocer el paisaje. Preguntarse, como el mismo Steiner con tan convincente duda, por el sentido de la cultura en tiempos de ruido generalizado y migajas. 

En las maletas de los emigrantes hay un signo.

viernes, 22 de marzo de 2013

Con Gide, el apóstata


Un día de octubre de 2008 entré en una librería de segunda mano de Atenas y compré dos libros en francés: una selección de cuentos policiales sobre femmes fatales y el libro que André Gide escribió a propósito de su viaje a la Unión Soviética. Mi inclinación bibliográfica al fatalismo, aquel octubre ateniense, venía compensada por la alegría de los descubrimientos. Con las mudanzas, los libros permanecieron en cajas durante casi todo este tiempo. Lo tomé después de leer las notas sobre literatura de Lev Davidovich Bronstein, aka simba Trotsky.  

Como tantos escritores e intelectuales, Gide había creído con entusiasmo (mejor sería decir con fe) en la utopía comunista y a la Unión Soviética, entonces gobernada por Stalin, fue invitado en calidad de compañero de viaje. Gide había ido al Congo, donde vio por cuenta propia las lindezas del colonialismo europeo. Había roto con el cristianismo de su familia protestante, por lo que representaba de puritanismo sensual y conservadurismo. "Familias, cómo las detesto", dijo antes y entre mayores espantos que dadaistas y existencialistas, para no hablar de los Beatnik, la llamada contracultura de los años 60 and on. De la homosexualidad, aquel "amor que no osaba decir su nombre", hizo un tema no solo estético. Gide había sido una voz decisiva en la formación y desarrollo de la Nouvelle Revue Française, y había escrito algunas maravillas: allí está esa hermosa novela suya que es El inmoralista. Los surrealistas (entonces grupalmente al servicio de la revolución y contra el género novelístico, casi siempre con encantadora virulencia) estuvieron a punto de crucificarlo. No fueron los únicos. 

Gide tenía 67 años al viajar a la URSS. No puede decirse que haya sido un viaje de placer. Fue llevado de la mano al parque temático de la Revolución, ya con casi veinte años de experimento: a las escuelas que funcionaban, a las salas de música clásica, a banquetes con escritores, a las fábricas más democráticas de la tierra. Le dijeron: la educación es la mejor del mundo, los obreros están mejor ahora que en tiempos del Zar, los artistas e intelectuales nunca fueron tan respetados, el sistema de salud no tiene competencia. No le permitieron pagar ni un cópec, a pesar de los yantares pantagruélicos y los viajes extensos. Le ofrecieron en cambio sus derechos de autor, que eran cuantiosos, a los que renunció. Rusia -le decían- había salido de la noche oscura del medioevo para entrar de lleno en un mediodía de justicia social y fraternidad. El paraíso estaba realmente entre esas esquinas.  

Solo que Gide no se contentó con aquellos cánticos. En realidad regresó abrumado: el sistema educativo ruso era un fiasco, los obreros (figuras epónimas de la Revolución) vivían no solo en la miseria sino en la esclavitud, y el Estado estaba confiscado por una burocracia corrupta y asesina. Dudo que en ningún otro país -escribió- a no ser la Alemania de Hitler, el espíritu sea menos libre, más sometido, aterrorizado, avasallado. La Unión Soviética era un universo carcelario en donde prosperaba una clase burocrática que a su vez aseguraba la continuidad del régimen. Cuestionar políticas y líderes era sin más muestra de un vínculo con el enemigo, no otro que el diabólico capitalismo internacional. La revolución era un cruce infalible de entusiasmo lírico y dogma teológico. A mediados de los años 30, entre una guerra y otra, Gide fue uno de sus primeros apóstatas.

A pesar de tanto endiosamiento ideológico, el obrero era en la Rusia soviética la más humillada de las figuras. Para viajar dentro del país necesitaba de un pasaporte interno. El derecho a huelga estaba suprimido y cualquier resistencia era castigada de forma inapelable. El obrero ruso ganaba menos que un funcionario público, mucho menos que un escritor de la nomenclatura o que un músico calladito. Todas las subvenciones, eso sí, corrían por su cuenta. Y tenía prohibido quejarse. Al Partido –como antes a la Iglesia- no le gustaría.

Esto: "Si no es del Partido, los camaradas inscritos le pasaran por encima. Inscribirse en el Partido, hacerse admitir (lo que no es fácil y requiere, además de conocimientos particulares, una ortodoxia perfecta y una sutil disposición a la complacencia) es la primera e indispensable condición para prosperar". Otra manera de prosperar -o al menos de sobrevivir- era la delación.  

Era el Partido, la delación o Siberia, ese reverso más bien populoso del paraíso bolchevique.  
 
Leídas casi 80 años después, las palabras de Gide siguen esclarecedoras, para algunos todavía familiares. La propaganda persecutoria, el rechazo institucional al pluralismo, el absolutismo disfrazado de filantropía, el avasallamiento programático de la vida pública y también privada: son las marcas de nacimiento del Leviatán comunista. Gide las vio y no calló.
 
De femmes fatales otro día escribiré.