
A principios de año un periodista de El País le preguntó a Leonardo Di Caprio, a propósito de la presentación de la discutible pero no menos angustiosa Shutter island, cuál era a su parecer el loco más memorable de la historia del cine. Di Caprio no vaciló: “Sólo hay una respuesta posible: De Niro en Taxi driver”.
No es que le falten competidores. Uno de ellos es Daniel Auteil en Caché (2005), una de mis piezas preferidas de Michael Haneke. No se trata del tipo de locura homicida, exhibicionista y casi teológica de aquel Travis Bickle de Scorsese. Su tema es bien distinto.
Auteil es Georges Laurent, presentador de un programa de libros en televisión, marido de una bella y no menos exitosa editora (Juliette Binoche) y padre de un muchacho cuyo único fanatismo visible es el rock. En la carta de presentación, los Laurent parecen una versión respetable y francesa de Los Simpsons.
Georges Laurent tiene tanto de hombre doméstico como de hombre publicitario. Su escenario es una casa en un acomodado barrio parisino, fachada discreta y paredes decoradas (aquí todo es decoración) de libros y cuadros. Su reino es el del más aséptico buen gusto. (El tema de la respetabilidad demencial es cara a Haneke: se repite de forma coral en la espeluznante y magnífica La cinta blanca).
La cara de Laurent en su programa es la más vana pero persistente de las suyas. Una nada extravagante vocación por el éxito y el bienestar lo ha convertido en un hombre no sin atributos sino sin dudas ni casi memoria. No parece tener problemas, pero ahora vive bajo amenaza.
El centro simbólico de estas vidas es la televisión. Encendida día y noche, conectada al mundo como una cañería imaginaria, ese lugar común doméstico acusa a su vez una voluntad enfermiza de ocultamiento. El chorro de cochambrosas imágenes de guerra impregna pero apenas altera el cielo casero de los Laurent. Ese cielo a su vez es un velo de otras guerras, más íntimas o menos visibles.
Caché no es una mera pataleta contra las pérfidas intenciones de los medios de comunicación, a lo Natural born killers, sino un estudio sutil de las formas contemporáneas de la culpa encubierta y de la anestesia moral.
Tanto aquel memorable Travis Bickle de Scorsese como el atribulado protagonista de Haneke tienen una memoria acorralada por la violencia. Bickle lo ostenta, Laurent lo esconde. Ambos se creen, con fanática y desvelada convicción, su película.
En lo álgido de su pesadilla, Georges Laurent se refugia en una sala de cine. A las puertas del cine, casi irreconocible, uno entre otros espectadores, Georges Laurent ofrece una de las imágenes más verdaderas de sí mismo: la cara del extravío.
Apuesto a que todos la hemos visto al menos una vez.