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jueves, 13 de febrero de 2003

El ovejo Monterroso

De manera que hasta los animales fantásticos se mueren. Se mueren como un día nacieron. De forma rutinaria e increíble.

Cumplen ochenta y un años, y se mueren. También ellos tienen su alcancía de años. Murió Augusto Monterroso, el invencionero de legendarias moralidades zoológicas, el antólogo de las moscas, el que vio a aquel dinosaurio al despertar, todavía allí, todavía. Aunque la mayoría lo recuerda por su trato con esos animales y por los de La Oveja negra y otras fábulas, Monterroso fue el creador de otro no menos delicioso animal fantástico: Eduardo Torres, ese escritor laborioso, estéril, enciclopédico, provinciano, ridículo, genial. Ese que dijo: "El hombre no se conforma con ser el animal más estúpido de la Creación; encima se permite el lujo de ser el único ridículo".

Hay gente para la que el humor es algo de vida o muerte. Cuando de literatura se trata, el humor pasa a ser algo de vida o muerte literaria. "El verdadero humorista- escribió Monterroso- pretende hacer pensar, y a veces hasta hacer reír. Pero no se hace ilusiones y sabe que está perdido. Si cree que su causa va a triunfar deja en el acto de ser humorista".

Aunque siga siendo de tantas maneras un continente de libros sagrados que casi nadie lee, los hispanoamericanos tienen-tenemos- también una literatura de espíritus burlones- que tampoco muchos leen.

Frente a los mártires despóticos y los loros histéricos, aquellos otros espíritus que ponen mediante la palabra y la imaginación el mundo al revés, nos señalan un desequilibrio liberador. Quizá porque el mundo de los reveses puesto al revés nos parece menos insufrible, acaso más feliz, en todo caso harto risible y revelador. El mundo pasa a ser un circo nocturno donde se cantan boleros, un manicomio de amores ridículos y de poderes absolutos, un teatro de matanzas, o- aquí entra Monterroso en acción- un zoológico fantástico. Con Monterroso, pisamos el mismo suelo moral que algunos animales de fábula. El animal lector que quiera entrar en ellos, debe caerse de la mata que lo declara superior al resto del reino animal. Pues no somos ni mejores ni peores que ellos: esos monos y ovejas y zorros y camaleones son nuestro espejo risueño y a menudo implacable. En Monterroso ese espejo ni nos salva ni nos condena: nos ofrece una forma del reconocimiento. Está lejos por igual del juicio final y de la nostalgia del paraíso: sus animales viven nuestras torpes pasiones, nuestros vulgares dramas. Son tan risibles como nosotros.

Un día Monterroso conversaba con José Miguel Ullán, el poeta español que refiere la anécdota, mientras su compañera, la también escritora Barbara Jacobs leía una edición de los poemas de José Martí. Leía en silencio, pero al encontrarse con uno de los versos se detuvo para pronunciarlo en voz alta. Recitó: "La muerte no existe". "!Cómo!", respondió Monterroso, fatigado de escuchar que nada existe: "¿Tampoco?"

Murió Monterroso, el ovejo Monterroso, admirado animal fantástico.

Publicado en Tal Cual, Caracas.