Una página espléndida de El astillero, de Juan Carlos Onetti, es aquella en que Larsen, ya
nombrado Gerente General de aquella ruina por el inmortal Jeremias Petrus,
visita en Santa María al doctor Díaz Grey. Larsen, que años antes había
gerenciado entre controversias un burdel en aquella ciudad de apellidos suizos
y teutones, ha aceptado el cargo por un salario que todos saben nunca recibirá.
Se lo va a contar a su amigo, cómplice moral de sus antiguas apuestas
empresariales, omitiendo los detalles menos favorables. Mientras, aprovecha
para pedirle un consejo sobre lo que podríamos llamar su nueva vida amorosa.
Onetti describe casi lujosamente la atmósfera de fracaso moral y de farsa económica que tan familiar ha sido en América Latina. Lo único que queda como algo cálido y casi sagrado es esa amistad entre piantaos, esos locos de buen tema y no tanto, pródigos en la obra de nuestro uruguayo. La de Larsen y Díaz Grey es sin duda una de las amistades más memorables de la ficción latinoamericana.
Aunque prefiero Juntacadáveres (más conflictos, mujeres, aventuras, desventuras), la novela es una muestra espléndida de la intimidad que Onetti trabó con esa ciudad de destinos contrahechos y a la vez misteriosamente plenos que bautizó Santa María.
Sobre la situación real del astillero, un irritado Gálvez, Gerente Administrativo, dice en otro momento: "Al final, todo se
pudre". La situación ficcional o demagógica, hasta última hora, fue bastante más
promisoria.
Esta es la manera como Onetti describe la sonrisa de Larsen al
aceptar el puesto de Gerente General: "hechizada, candorosa,
postiza".
Recordé una frase de Petrus al ver este anuncio balbuceante y opaco del gobierno venezolano: "Un capitán se hunde con su
barco; pero nosotros, señores, no nos vamos a hundir".
Larsen hubiese sonreído.