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domingo, 1 de abril de 2012

Visita a Giacometti

Foto de Robert Doisneau
Fui a ver a Giacometti en la Pinacoteca de São Paulo. Enorme en cantidad y en maravilla. Allí están sus esculturas y retratos, las revistas en que colaboró, algunos cuadros de su padre Giovanni, fotos tomadas por amigos o por su mujer, un largo video documental con intervenciones de poetas, curadores, críticos y parientes. No parecía interesado en encantar, conmover, entusiasmar. Ni lirismo, ni embrujo, solo a veces humor. No es fácil encontrar una obra menos demagógica. Sus figuras tienen el aire impersonal de las naturalezas muertas. No hay carne en Giacometti, no hay gestos, no hay retórica. Hay trazos, miradas, posturas. Las esculturas, sobre todo, son esqueletos ambulantes o de pie. No tienen sombra, quizá, porque ya son sombras. Al buscar una postura sus figuras buscan una definición, y se puede decir que no la encuentran. Un arte moral, si cabe. Pero con todo el gris y la sequedad y la adustez, cada figura tiene su lumbre y su lugar. Y están los detalles. Pienso en los brazos caídos de la anciana Rita, las manos cruzadas de Caroline, las manos enmarañadas y precisas de Yanaihara, traductor japonés de Sartre, su amigo. Está Annete, su mujer, su mirada desnuda. Luego, algunas anécdotas felices. Una fotografía donde Giacometti esculpe un pequeño busto de su esposa. Otra -tomada por ella- donde carga la escultura de una de sus flaquísimas, casi axiomáticas mujeres. Por una vez, Giacometti sonríe. Sale uno con ese fulgor.