El pasado viernes 7 de marzo Joachim Gauck, presidente alemán, estuvo en Grecia. El motivo era de lo más particular. No fue de vacaciones ni a exigir más ajustes presupuestarios: fue a pedir disculpas. No por las condiciones económicas impuestas al Estado griego por la Troika –en la que el gobierno teutón lleva la voz cantante-, sino por la deportación y asesinato de miles durante la segunda guerra.
Se trata de la primera disculpa alemana –leo con perplejidad- de carácter oficial. A los sucesivos gobiernos alemanes, que han creado monumentos, museos y centros de estudios sobre el Holocausto, simplemente no se les había pasado por la cabeza. Lo hizo Gauck, en nombre del gobierno de Angela Merkel, 70 años después.
Se trata de la primera disculpa alemana –leo con perplejidad- de carácter oficial. A los sucesivos gobiernos alemanes, que han creado monumentos, museos y centros de estudios sobre el Holocausto, simplemente no se les había pasado por la cabeza. Lo hizo Gauck, en nombre del gobierno de Angela Merkel, 70 años después.
Entre las personas que Gauck quiso ver en su visita diplomática estaba Esther Cohen, judía de Ioanina (en el Epiro, al norte de Grecia) ahora con 90 años. Esther Cohen fue una de las 1725 personas arrestadas por la Gestapo (con ayuda de la policía griega) para luego ser deportadas a campos de concentración y exterminio. Menos de cincuenta –recuerda el periodista Stavros Tzimas- regresaron.
Esther Cohen fue una de ellas. Volvió para encontrar su casa habitada por otras personas, y una atmósfera de hostilidad generalizada. Al llamar a la puerta de la que había sido su casa, un desconocido le preguntó si en aquel lugar había un horno. Claro –recuerda haber dicho la señora Cohen-, horneábamos pan y unos pasteles maravillosos. Bueno, vete –le respondió el nuevo propietario. Puede que hayas escapado de los hornos en Alemania, pero si sigues molestando te voy a cocinar aquí en tu propia casa. Esther Cohen quedó comprensiblemente horrorizada.
(Tampoco pudo recuperar sus dos máquinas de coser Singer, cuyos números de patente le preguntaron como prueba de propiedad. Ella mostró el tatuaje de reclusa en su brazo, no sin espetarles: “es el único número que recuerdo”).
El rechazo apenas disminuyó con el tiempo. Al final de los años 60, la hija de la señora Esther escuchó a alguien decirle “maldita judía”, mientras caminaban juntas durante un toque de queda (tiempos de la Junta militar). No superó aquel insulto, dice la señora Cohen. “Al final de aquel año se mudó para Israel. Nunca regresó”.
¿De dónde venía tanta mezquindad? ¿No habían convivido los griegos con los judíos durante siglos, especialmente desde la diáspora sefardita en los antiguos dominios otomanos? ¿Cómo se habían convertido -ellos también, despojados de la más mínima dignidad humana por los nazis- en el enemigo?
Es verdad que el respeto de muchos griegos (como de tantos europeos) por los coterráneos judaicos quizá nunca fue muy considerable, pero pienso que tal vez había mucho de trauma de posguerra en aquella actitud tan hostil. La brutalidad y la xenofobia habían encontrado un contexto propicio: pobreza extrema, miedo, humillación, ausencia de legalidad, etc. Grecia -económica y políticamente- estaba en ruinas (el antisemitismo era parte de la miseria, ahora moral). La verdad es que aquellos griegos no despreciaban solo a los judíos, sin duda sus chivos expiatorios más indefensos: se odiaban entre ellos mismos. Entre 1946 y 1949, como para que nadie lo dudara, se enfrascaron en una guerra civil (en principio por motivos ideológicos). Las consecuencias todavía en el aire.
Es verdad que el respeto de muchos griegos (como de tantos europeos) por los coterráneos judaicos quizá nunca fue muy considerable, pero pienso que tal vez había mucho de trauma de posguerra en aquella actitud tan hostil. La brutalidad y la xenofobia habían encontrado un contexto propicio: pobreza extrema, miedo, humillación, ausencia de legalidad, etc. Grecia -económica y políticamente- estaba en ruinas (el antisemitismo era parte de la miseria, ahora moral). La verdad es que aquellos griegos no despreciaban solo a los judíos, sin duda sus chivos expiatorios más indefensos: se odiaban entre ellos mismos. Entre 1946 y 1949, como para que nadie lo dudara, se enfrascaron en una guerra civil (en principio por motivos ideológicos). Las consecuencias todavía en el aire.
Está bien que las autoridades alemanas pidan perdón a los griegos, incluso con algunas décadas de atraso. Los muertos no los escucharán, pero algunos vivos sí. Y ya que estamos, sería interesante escuchar alguna disculpa de parte de las autoridades griegas para con su comunidad judía. Al menos por las máquinas de coser que le robaron a la señora Cohen.