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domingo, 17 de noviembre de 2013

Poesía e infierno

Weinberger compone sus libros como variaciones de un mismo tema: repeticiones, añadidos, atajos, glosas, reseñas. Algunos de los ensayos de Las Cataratas fueron publicados en libros anteriores. Dos sobre la India vienen de Invenciones de papel, otro sobre “El vórtice” (a partir de una imagen de Pound) de Algo elemental. Algunos de sus ensayos son una suerte de mantras analíticos, otros afiladas aproximaciones críticas a temas dentro de otros temas. Weinberger no pretende crear un mundo: ata hilos, desata otros, viaja entre culturas, lecturas, ruinas, noticias, imágenes. Registra lo visto y vuelve repetidamente a su fuente. Esa fuente, que no es única, es la poesía. Eso, sin que deje de alertar contra los usos espurios o ideológicos de lo poético. Sin aislar a la poesía del mundo.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Las cataratas

Comienzo a leer Las cataratas, el último libro de Eliot Weinberger en español. Azúa dijo a propósito del autor: "Su refinada erudición pone en evidencia, artículo tras artículo, que los saberes humanos son una muestra inequívoca de infantilismo, casi siempre criminal". Es sin duda una de las grandes obsesiones de Weinberger: en cada disciplina humanística y estética -para no hablar de los oficios de la fe- hay demasiadas veces sangre, no solo la propia sino sobre todo la de otros. No siempre, repite, de forma voluntaria. 

El primer ensayo de Las cataratas es el que le da nombre al libro. Se trata de una dispar genealogía del racismo, o más bien: una genealogía de la genealogía. Escribe Weinberger: "Origen es destino: una idea que nunca desaparece". Lo dice como quien ha descubierto -casi sin querer- una verdad en apariencia inofensiva pero históricamente mortífera. En nombre del origen -étnico, religioso, mítico o político- se han dicho y cometido unas cuantas barbaridades. Ocurre cada cierto tiempo que la fantasmagoría sea la principal escritura del poder.

sábado, 2 de noviembre de 2013

El jardín de Rapaccini

Eugenio Montejo dijo alguna vez que la poesía era la última religión que nos quedaba. Puede que sea cierto. Lo ha sido, en todo caso, para muchos lectores y escritores.

No siempre de forma beneficiosa, por cierto. Es uno de los temas de Eliot Weinberger: “Leer, junto con la poesía, los ensayos, cartas y biografías de la mayor parte de los poetas norteamericanos del siglo XX es experimentar regocijo y miedo a la vez. Es como pasear por el jardín de rosas envenenadas de Rapaccini”.

Miseria de la poesía: Pound apoyó a Mussolini y fue antisemita hasta después del manicomio, George Oppen perteneció al Partido Comunista hasta “bien después del Pacto de Múnich y el Gulag”, Allen Ginsberg creyó en el “experimento monárquico” del Venerable Trungpa, William Carlos Williams aplaudió campañas en elogio de la superioridad de la raza blanca. Son los ejemplos de Weinberger. Excepciones, entre los grandes de la poesía norteamericana, pocas.

Si las humanidades no siempre humanizan, la poesía –la sagrada poesía de los románticos y la vanguardia- tampoco.

No problem, dicen algunos: nos quedan sus obras. Es también, en general, lo que yo pienso. Solo que muchas veces no se comprenden esas obras sin esos deslices. No solo no se entiende el fascismo de Pound sin su idea de una aristocracia del espíritu finalmente corrompida por la historia económica y la vulgarización democrática, sino que no se entra en su poesía y sus ensayos sin saber (al menos en algún momento) de su desprecio por los supuestos enemigos del Arte, judíos, capitalistas y demócratas entre ellos.

La idea romántica y vanguardista del poeta como unacknowledged legislator o legislador no reconocido, como chamán o alquimista está bien –no siempre- para excitar la lengua del oficiante y el espíritu de las inmensas minorías. Como doctrina ideológica es una forma de infatuación y de solipsismo.

Bueno, bueno, mejor no leerlos, dice el criminólogo de sueño leve. La gran poesía de nobles propósitos por un lado, la pobre poesía de abyectas intenciones por el otro. Y todos tan anchos.  

Es otra la mirada de Weinberger. Muchos menos cándida y didáctica. Más inquisitiva, irónica, atenta. No solo con el poeta, con sus palabras. Podría decirse que a Eliot Weinberger le importa tanto la poesía que no teme ponerla a prueba.

El florecimiento que ha de llegar nacerá de las cenizas del Poeta, escribió.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Weinberger sobre Paz

Weinberger sobre Paz: “El lema surrealista libertad, amor y poesía, es aplicable en diversos grados a la mayoría de los modernistas de la primera mitad de este siglo: hombres y mujeres entregados a la imaginación, a la revolución social, a la transformación de todas las artes, a la integración de la vida con el arte. Parece increíble que esa época haya terminado, que hayamos entrado en una era de profesionistas del arte especializados. Otros vendrán sin duda pero, por el momento, Paz figura entre los últimos de los poetas que trazaron su propio mapa del mundo”.

En Weinberger, Paz está no solo vivo sino de fiesta. 

martes, 29 de octubre de 2013

Lecciones de poética desencarnada

Estamos en 1980 y Asia continúa (no dejará de estarlo) bajo la mirada de Weinberger. No son solo los fotorreporteros fashion, tipo Mary Ellen Mark, sino los viejos Beatnik espiritualistas, con Ginsberg a la cabeza. Vietnam y también Camboya son la pesadilla definitoria, el apocalipsis a la medida de aquella generación. 

Hace una década que Chogyam Trungpa, nacido en 1938, está dando que hablar. Exiliado tras la ocupación china del Tíbet en 1959, Trungpa fundó una escuela de meditación tibetana en Inglaterra (donde conoció al poeta Robert Bly) y tras el éxito otra escuela en Vermont, Estados Unidos. Compró terrenos, abrió clínicas de cura espiritual y difundió masivamente su propia obra escrita. “Su metáfora favorita para describirse es la de un doctor que opera sin anestesia. Sus discípulos trabajan como sirvientes sin sueldo en su mansión, visten ropa formal y lo llaman Su Alteza”.  En 1973 –en Boulder, Colorado- creó el Instituto Naropa, “un centro universitario religioso pero ecléctico”.  

Uno de los departamentos –todavía en funciones- fue la Escuela Jack Kerouac de Poética Desencarnada. Muchos artistas y poetas de la vanguardia norteamericana, por mediación de Ginsberg y Bly, pasaron por allí: John Ashbery, Burroughs, John Cage, Gregory Corso, entre otros. La relación, sin embargo, no prosperó: Trungpa no quería a sus artistas demasiado reconcentrados o luminosos, llegando a sabotear recitales y sometiendo a otros (por ejemplo, al poeta W.S. Merwin) a humillaciones públicas, a menudo con violencia de por medio. Cualquier resistencia, duda u objeción era considerada como una forma de autoengaño y neurosis. Trungpa era el dueño de las preguntas y de las respuestas.

Lo que está ocurriendo en Boulder –escribió Weinberger- parece ser, en embrión, una puesta en escena con ambientación oriental del fascismo nacido en Estados Unidos. La tierra sagrada del Instituto Naropa era desde luego el Tíbet. No era una idea reciente, claro. “Todos los paraísos espirituales inventados por Occidente se localizan en alguna parte de Asia (los paraísos materiales están en el Nuevo Mundo)”. Hasta Kant -el hipereuropeo Kant- había escrito que aquel rincón montañoso era quizá el origen de la cultura india, a su vez origen de la europea. Solo que ahora el paraíso tenía una nueva, expansiva sucursal en América.

Era otra vez el mito y la poesía contra la historia, ya no de una forma solo retórica sino ideológica. Weinberger venía a aguar la fiesta: "La verdadera historia del Tíbet es tan violenta y deprimente como cualquier otra: continuo ascenso y caída de monasterios y sectas rivales, cada una asociada a una familia noble; establecimiento y ruptura de alianzas: vendettas sin fin; hombres santos que son unos derrochadores y se mantienen gracias a una mayoría miserable de siervos sin tierra –y unos cuantos grandes maestros que critican y luchan contra los excesos mundanos de sus contemporáneos". El Instituto Naropa había decidido ver solo el mito y la poesía del Tíbet. No fueron ni los primeros ni los últimos.   

No siempre Occidente ha imaginado el Oriente (ya mítico desde el nombre) como un territorio paradisíaco. Durante la guerra de Vietnam –lo cuenta el mismo Weinberger- el apelativo para todos los vietnamitas, fuesen civiles, soldados, adversarios o aliados, era gooks: la palabra cariñosa y entonces generalizada para decir “asiáticos de mierda”. Las implicaciones no fueron solo semánticas.

Esa fijación de origen bélico mudó de dirección en Naropa: Estados Unidos (mucho más que la China maoísta, causante del exilio de Trungpa y otros líderes tibetanos) se convirtió en el enemigo espiritual. No solo por su actuación en Vietnam y su complicidad con cuanto centurión anticomunista apareciera en el firmamento, si no por ser Estados Unidos. Hiciera lo que hiciera, América era el mal.

Se trataba de algo más que una creencia esotérica: “Del disgusto (antiamericano) se pasa al anhelo de un cambio apocalíptico: la violencia como único catalizador capaz de restaurar el orden. La ansiada revolución de los años sesenta nunca llegó. En Naropa, los sueños del romanticismo revolucionario se internalizan, se transfieren del Estado al yo, loca sabiduría para hacer frente a la cuerda estupidez del mundo”. Para Ginsberg, Naropa era un “experimento monárquico”.

El sueño de Naropa, que era el de Ginsberg y tantos a su sombra: desprecio teológico de Occidente para mejor alabanza de un Oriente ahistórico, regresivo, mesiánico.

Fotos en Bombay, iluminaciones en Colorado: vacuos testimonios, espurias revelaciones.

lunes, 28 de octubre de 2013

El sueño de la lejanía

En 1981 apareció en Nueva York Falkland road, de Mary Ellen Mark. Era el tercer libro de esta fotógrafo prolífica, ya entonces con admiradores de renombre (su segundo libro, Ward 81, sobre un centro psiquiátrico para mujeres en Oregon, EEUU, lleva prefacio de Milos Forman; el cuarto fue un seguimiento de las Misiones de Caridad de la Madre Teresa en Calcuta.)

Eliot Weinberger escribió una reseña de aquel ensayo fotográfico. Su asunto -una vez más- era la mirada occidental sobre Asia. Después de las leyendas, elucubraciones y sátiras de la India vista desde la Europa medieval, después de la misión de Matteo Ricci en la corte del emperador Wanli, Weinberger escudriñaba una visión más contemporánea.

Esta vez la materia era factual, no legendaria; esta vez no era la corte del emperador sino el barrio de la de la prostitución de Bombay (ahora Mumbai).  

Falkland road no era exactamente Falkland road. El barrio –informaba Weinbenger- está a corta distancia de Bombay Central (la estación de ferrocarriles, lugar de paso de millones) y de la Torre del Silencio, la morgue sagrada de los zoroastrianos.  

Era así como Weinberger, con su inclinación por las grandes narrativas mitológicas, veía esa intersección: “Los tres forman un delta de pasaje: pasión, peregrinación, muerte”.

Una de las diferencias evidentes entre Falkland Road, el barrio, y Falkland Road, el libro, era la miseria del primero y el lujo del segundo. 

La crítica de Weinberger no trata solo de la mirada de Mark sino de la fotografía misma. La fotografía siempre ha sido un intento de capturar la extrañeza: primero de nosotros y nuestro entorno, luego de las regiones y las circunstancias al otro lado de la frontera. De forma generalizada, es un sueño de omnisciencia sin participación: “El sueño de la fotografía: ver todo lo que hay en el mundo: a saludable distancia”.

El fotógrafo como voyeur, en este caso tanto del erotismo como de la miseria. Weinberger señalaba la falta de contexto cultural, político, social, religioso y estético de esas imágenes. Contexto y complejidad: comprensión. En las fotografías de Falkland Road aparecía la nueva mirada occidental: Asia como museo y como bestiario cosmético, no como realidad viva. (Un ejemplo a contracorriente es el trabajo que el fotógrafo E.J. Bellock realizó en los prostíbulos de Storyville, en Nueva Orleans circa 1912.)

Había demasiadas omisiones en esa mirada: “En estas fotografías siempre sentimos a Mark como una extraña, ajena a la tensión producida por el choque cultural y que podría dar como resultado un trabajo más interesante. Sentimos, en cambio, una lejanía simple y adormecida. El efecto es apabullante: la prostituta, ejemplo extremo de la persona como objeto sexual, aparece convertida aún más en objeto”.

No es difícil ver en esa “lejanía simple y adormecida” uno de los rasgos de lo que Edward Said famosamente bautizó como orientalismo: una mirada ajena que no se acepta tal, un embellecimiento pretendidamente humanitario (o no) de los retratados. Las fotografías de Mary Ellen Mark eran una imagen del erotismo contemporáneo indio, a la vez borderline, domesticado e inocuo.

Así describía Weinberger la portada de Falkland Road: “Es una fotografía de revista de modas: la mujer está que corta la respiración, pero vacía; mira a la cámara y a nosotros con la altivez y la hostilidad de las modelos; no revela nada”.  

El mundo visto como extensión no declarada de nuestros sueños (pesadillas incluidas) y ventanas: una forma de escondernos y de borrarlo.

Cómo nos hemos acostumbrado.

sábado, 26 de octubre de 2013

Invenciones de papel

En una librería de libros usados de São Paulo, cerca de la Plaza de Sé, encontré un ejemplar de Invenciones de papel, el primer libro de Eliot Weinberger. Lo he estado leyendo. Sus temas: las fraudulentas y a veces ingeniosas fantasías europeas sobre la India antes de 1492, la misión del jesuita Matteo Ricci en la corte del emperador chino Wanli (Decimotercero de la Dinastía Ming), la historia americana del ungido Chogyam Trungpa Rinpoche y su incondicional escudero Allen Ginsberg, la comunidad educativa Black Mountain, el régimen sangriento de Pol Pot, la vanguardia poética norteamericana y sus demonios segregacionistas, entre otros ensayos sobre cuestiones políticas y literarias. 

Weinberger: un viajero que es también un inventivo cartógrafo cultural, un perspicaz analista político, un explorador de ruinas y un poeta. El traductor neoyorquino de Octavio Paz.

Weinberger, sus vislumbres de Asia: un relato prolijamente fantástico, un obstáculo para la expansión de la fe cristiana, un exotismo de museo, una sublimación autocrática y hasta fascista, un capítulo elevadamente macabro de terror totalitario. Es también continente de recurrentes fulgores verbales (China) y de mitologías reveladoras (India). 

En su irónico compendio de fantasías indias se unen la fulguración visionaria y lo risible: “En la India los pájaros y los animales son completamente distintos a los nuestros, salvo uno: la codorniz”. Hay también deliciosas, muy familiares viñetas satíricas: “Y yo vi caminar a un rey: delante de él iban dos hombres tocando sendas trompetas; detrás iban otros dos hombres son una sombrilla de colores con las que lo protegían del sol; y a cada lado, un panegirista, compitiendo ambos entre sí en la invención de elogios al rey”. 

La India vista desde Europa fue sobre todo un lugar mágico, el lugar de los mil tesoros, el mundo al derecho y al revés. El territorio, en una palabra, de la más radical extrañeza. No hay que olvidar que las mismas noticias legendarias serían las que circularían sobre la ignota América. El mito antes que la historia, sí, pero también la historia contra el mito. 

Entra Matteo Ricci. 

Así como otros misioneros jesuitas viajaban a reducir indios y apropiarse del oro americano, Ricci quería convertir nada menos que al emperador Wanli. Cuenta Weinberger: “Los jesuitas de Macao se habían hecho ricos con sus inversiones en el comercio de la seda entre Japón y China, comercio monopolizado por los portugueses, y ya habían demostrado ser muy útiles a los chinos pues hacían regresar a los esclavos huidos a la colonia desde el interior. En 1582, treinta años después de la muerte de san Francisco Xavier, gracias a la usual combinación de sobornos, favores y coacción, se les permitió establecerse en la propia China. Entre los pocos hombres que enviaron iba Matteo Ricci, quien había pasado cinco años en Goa y vivió los veintisiete años siguientes, hasta su muerte, en China”.

Lo que a Weinberger le interesaba de Ricci, sin embargo, no es solo su posición en la historia de las relaciones entre Europa y China sino su singular teoría de la memoria. Para recordar y hacer recordar, Ricci creó un palacio mental, dividido por temas y habitantes. El segundo libro que escribió en China fue un tratado de mnemotécnica (el primero fue uno sobre la amistad). En el medio tiempo, aprendió la lengua del imperio, tradujo a Euclides, ayudó a importar materiales científicos de Europa, creó un mapa del mundo con nombres chinos, entre otras cosas. Fue, quiso ser, un emisario renacentista en tierra de herejes.

Durante un largo tiempo, suficiente para llevar a cabo sus primeras misiones, escondió el crucifijo. Cuando un eunuco de palacio –dice Weinberger- lo descubrió, pensó que era una imagen como las que se usan en los ritos de magia negra y que obedecía a una conspiración para asesinar al emperador, a quien nunca consiguió ver en persona.

Hay algo de Ricci en Eliot Weinberger, sin el crucifijo.