
Hace tres años vivía yo en Ámsterdam, cuando leí la noticia de la muerte de Celia Cruz. Como mi holandés era y es poco menos que nulo, y Le Monde, de los periódicos para mí inteligibles, era el más barato, lo compraba casi cada fin de semana. Estaba de moda desde hacía tiempo La vida es un carnaval, pero Holanda no es país de carnaval, aunque cada fin de semana se prendía en la Heinekenplein de la ciudad una rumba de padre y señor. Iba gente de medio mundo, pero sólo unos pocos rezaban a una virgencita que dominaba, retraída y comprensiva, el bar.
Yo había aprendido a querer a Celia, como después al Trío Matamoros, a Cachao, a Paquito D`Rivera, a Gonzalo Rubalcaba. La música cubana, como a tantos otros, me había enamorado. Sabía que después de la Revolución la vida, antes mezquina en política y fecunda culturalmente, creó para la cultura cubana un marco tan amplio como las puertas del cielo castrista. Los que crecimos en este lado del mundo escuchando canciones de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, apenas supimos de la otra historia, de la diáspora musical cubana, de los silencios que imponía el amor revolucionario, de la rigidez y la soberbia simplona de los dulces comisarios castristas en plena tierra del son. Eso por supuesto no aparecía en las canciones de protesta de los Nuevos Trovadores. Eso no nos lo enseñaban en casa.
Pasaron años, décadas, y Celia, como Bebo Valdés y La Lupe, se quedó en esa “patria fría” que es el exilio, como dice Pete Hamill, periodista de Nueva York. “El exilio, dice Hamill, no es un buen lugar para morir, especialmente para una reina”. Hamill evocaba el aire coqueto y extravagante de Celia, en el que hasta el color de pelo (amarillo, escarlata, añil) era “parte de su mensaje, y quería decir que aun en la más profunda soledad uno siempre puede probar algo nuevo, una broma maliciosa, un chiste”. Celia, con rutilantes años de exilio a cuestas, seguía bendiciendo (¡Azúcar!), aparecía en escena con filosóficos tacones y sexual desparpajo, cantando, al ritmo de los timbales de Tito Puente, La vida es un carnaval.
Muchas cosas pasaron por mi cabeza y mis oídos cuando supe de la muerte de Celia. Quizá puse un disco de Lavoe, Eddie Palmieri, Oscar D`León o Tito Puente para recordarla, buscando a Celia entre sus amigos, buscándola en la Fania, en una página de Cabrera Infante y en el tugurio bendito de Heinekenplein.
Nada de eso pasó por la cabeza ni los oídos infantiles del periodista francés que daba la mala noticia, confiriendo énfasis a la “intransigencia política” de la guarachera y al “ridículo” de su apariencia.
Celia murió antes de que muriera, en Londres, Cabrera Infante, espléndido recreador de la música cubana. En la memoria, la muerte de Celia y la de Cabrera Infante, se juntan. Se juntan también la devoción por la escritura de uno, por la música de la otra, por la gracia del son y las verdades del desparpajo. Queda la misma imagen del exilio, esa patria libre pero fría para morir.
Publicado en El Meollo.
Publicado en El Meollo.