Europa –dijo George Steiner en
una entrevista de 2011- es el locus de la masacre, de lo incomprensible,
pero también de las culturas que amo. Se trata de uno de los temas recurrentes
de su obra: la casi ininterrumpida convivencia, en la historia europea,
de la cultura creadora y lo inhumano. En La Idea
de Europa, Steiner volvió a comentar la herida que la Shoah había dejado en la
memoria y la conciencia del continente: “Europa es el lugar donde el jardín de
Goethe es casi colindante con Buchenwald”.
¿Cuántos realmente lo reconocen?
Recapitulemos. En las páginas de Steiner sobre la idea de Europa hay maravillas de sugestión, sabiduría y belleza. Todo lo que dice la pluralidad cultural europea, así como sus digresiones sobre la institución del café y sobre el culto al caminar, son reveladoras. En su indagación del horror histórico -en su caso sobre todo el nazismo- Steiner es de una veracidad y una sutileza ejemplares.
Hay algo que falta, sin embargo. Me refiero a la fortuna extraterritorial de Europa, sus maletas.
¿Por qué no hay lugar, en el incisivo ensayo de Steiner, para aquella Europa fugitiva, la de los emigrantes centroeuropeos y españoles, portugueses y balcánicos, alemanes y polacos que a partir de la Segunda Guerra (a veces antes) hicieron sus maletas para las Américas? Estados Unidos y Brasil, Argentina y Venezuela –Steiner lo sabe mejor que nadie- recibieron cientos de miles de europeos escapados de la pobreza, la hambruna, la persecución y las guerras civiles. También de la justicia: Eichmann. No son Europa, pero Europa no se entiende sin ellos (y son un poco Europa).
Hay algo que falta, sin embargo. Me refiero a la fortuna extraterritorial de Europa, sus maletas.
¿Por qué no hay lugar, en el incisivo ensayo de Steiner, para aquella Europa fugitiva, la de los emigrantes centroeuropeos y españoles, portugueses y balcánicos, alemanes y polacos que a partir de la Segunda Guerra (a veces antes) hicieron sus maletas para las Américas? Estados Unidos y Brasil, Argentina y Venezuela –Steiner lo sabe mejor que nadie- recibieron cientos de miles de europeos escapados de la pobreza, la hambruna, la persecución y las guerras civiles. También de la justicia: Eichmann. No son Europa, pero Europa no se entiende sin ellos (y son un poco Europa).
La Europa de George Steiner, con toda su pluralidad cultural, su culto hedonista a la andanza y su maravillosa apuesta por la libre indagación, es en gran medida un
continente ensimismado. Steiner no es el único en idealizarla así, desde luego, aunque sí uno de sus mejores prosistas. Quizá una de
las fallas políticas de Europa sea esa: no haber entendido de un
modo crítico pero no defensivo su papel en un mundo de fronteras cada vez más
elusivas. (Una característica del café europeo, según Steiner, es que "está abierto a todos". Lástima que no pueda decirse lo mismo de la Unión Europea).
Uno de los temores del gran polígrafo es que la
uniformidad globalizadora empobrezca y corroa aquel entramado de leyes, libros
y formas de convivencia (Steiner, hijo de un banquero, casi nunca habla de dinero). Vargas Llosa
discrepa de este pesimismo argumentando que nunca como ahora esa alta cultura, que
Steiner conoce mejor que nadie, ha tenido tantos amantes. Es cierto, pero es solo parte
del asunto. La frontera entre alta y baja cultura hace tiempo que dejó de ser
infranqueable. Algunos -como un Guillermo Cabrera Infante- la han cruzado
con felicidad. Otros –como Walter Benjamin- con agudeza visionaria.
¿Qué nos queda de esas aventuras? Quizá uno pueda proponerse algo más modesto. Reconocer el paisaje. Preguntarse, como el mismo Steiner con tan convincente duda, por el sentido de la cultura en tiempos de ruido generalizado y migajas.
En las maletas de los emigrantes hay un signo.
¿Qué nos queda de esas aventuras? Quizá uno pueda proponerse algo más modesto. Reconocer el paisaje. Preguntarse, como el mismo Steiner con tan convincente duda, por el sentido de la cultura en tiempos de ruido generalizado y migajas.
En las maletas de los emigrantes hay un signo.