Me gustó ver Puente
de espías, la película de Spielberg. Sobre todo por sus personajes: Rudolf Abel, informante soviético; y Jim Donovan, ese tan extraño abogado de seguros americano. Uno escrutador de secretos ajenos; el otro, simple funcionario de la justicia. Abel es un duendecillo en la boca del enemigo (Mark Rylance lo hace parecer a la vez enigmático y desvalido), pero es en Donovan en quien recae el peso de la trama. Un peso, por cierto, descomunal.
Jim Donovan
es -aunque no está claro que lo haya querido- una figura civil. Civil, no correcto en un sentido militante o activista o puritano. No toma simplemente el partido de los buenos para acusar a los malos: defiende por encargo al espía, cuestiona al propio gremio legal, cruza la frontera para negociar con el adversario. Lo que a Donovan le interesa es señalar algo tan simple como que el espía Abel tiene derechos. Trabajar para el enemigo, ser
el enemigo, no le quita humanidad. El rostro de Tom Hanks (tan formidable como Rylance) refleja dolorosamente sus dificultades para demostrarlo.
Para Donovan, la diferencia democrática estriba en ese reconocimiento. Es cierto que esta vez la mayoría de
sus compatriotas (empezando por el juez) parecía más que dispuesta a ignorarlo. El contexto no era propicio. Corren los años del
levantamiento del muro de Berlín. La memoria de la
persecución macartista estaba todavía en el aire.
Nada mal este Spielberg judicial y en claroscuro. Con ayuda de los hermanos Coen, coautores del guión, huye del maniqueísmo sin suspender el juicio. De hecho, el juicio -el acto, el oficio, la dificultad también íntima de juzgar- es uno de sus temas centrales. Es la materia misma de la ley lo que está en juego.
Porque Puente
de espías es una historia no solo legal sino ética. Donovan -un héroe, quizá, kantiano- anda entre ambas como un equilibrista. No ha hecho, por cierto, ningún amigo en el camino. Salvo uno, quizá: el mismo Rudolph Abel cuya defensa le ha tocado casi como una forma de destino.



