martes, 4 de marzo de 2014

Blue Jasmine o de la ceguera voluntaria

El escritor brasileño Marcelo Coelho vio Blue Jasmine hace semanas y sacó algunas conclusiones: “Confianza es la palabra mágica entorno a la cual gira la máquina y, con ella, todos los argumentos de los economistas. No entiendo de economía, como dije; entiendo un poco de palabras, y sé que pueden ser sustituidas. ¿Qué tal, en vez de confianza, credulidad, o mentira? El cine, como la literatura, produce las suyas, claro; pero Blue Jasmine consigue dar a la ilusión el peso, la base en oro, de lo real”.

Vamos por partes, dijo Jack the Ripper. Woody Allen hizo una película sobre engaños y estafas, sí. Se ve que ha estado al tanto de ciertos eventos político-financieros en EEUU y le ha visto potencial dramático. Ha contado una historia que puede, o no, ser generalizable, que puede o no ser ilustrativa. Lo cierto es que ha contado una historia magnífica.  

Cate Blanchett (tengo años venerándola) es la esposa engañada que a su vez vive espléndidamente de las estafas financieras del marido. Tiene una hermana pobre, como su familia, lo que para ella es humillante. La vida le parece una lotería en la que, de momento, se ha sacado el premio gordo. La acompañan en su ruleta una galería magnífica de personajes secundarios. 

Blue Jasmine trata de pérdidas, no solo de la seguridad sino de la cordura, tan fluctuante y tal vez ilusoria como la fortuna económica. Sus personajes habitan una franja por momentos cómoda de ceguera voluntaria y cinismo, pero también de risa. 

En su versión del apocalipsis financiero americano, Woody Allen es mucho menos melodramático e histérico que tantos economistas, periodistas y oficiantes de las redes sociales. Ni siquiera, vaya blasfemia, carece de cierta fe en el sistema judicial: el gran malvado (impagable Alec Baldwin) va preso. El fin del mundo es también ilusorio. El mundo no se ha acabado, aunque tarde o temprano haya que saldar cuentas. Con los otros, con uno mismo, con el mundo alrededor. Es allí cuando Cate Blanchett comienza (admirablemente) a enloquecer.