sábado, 1 de marzo de 2014

La gracia del Monje

No tocaba en torno de una línea melódica –es Geoff Dyer sobre Thelonious Monk- tocaba en torno de sí mismo. Entre los músicos que Geoff Dyer retrata en su libro, Monk es sin duda el más replegado en sí mismo. El más lírico, si se quiere. Salvo que su lira tenía 88 teclas and countingMonk no tenía la melódica sonoridad de Young ni la furia creadora de Mingus. Era más bien una isla burbujeante en un océano de piedras rotundas. 

Hubo una errancia en Monk, como la hubo en otros músicos de jazz. Errancias o peregrinaciones sin fin. Caravanas, diría Ellington. Dyer no escribió un parte médico, tampoco una apología del autismo estético. Sospecha que el recogimiento casi afásico de Monk era su mayor vulnerabilidad ante el mundo y también su espacio interior. Monk podía ponerse al piano y componer al lado de la lavadora mientras su esposa Nellie cocinaba y los hijos correteaban por la casa. Nada lo perturbaba. Dyer recuerda que con los años su absorta ebullición (Monk no fue solo un improvisador endemoniado sino un fecundo compositor) se fue convirtiendo en un balbuceo sin pentagrama. En sus últimos tiempos, “el silencio se depositó en él como polvo”.

Me puse a escuchar los discos de Monk que llevo conmigo. Encargo Alone in San Francisco.