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domingo, 18 de octubre de 2009

Granizadas

Uno de los rasgos más interesantes y quizá menos comentados de Ramos Sucre, es el haber sido un escritor de cifradas blasfemias en un país -y quizá un continente- de tan escaso pensamiento religioso. Nuestra única teología, según la ya clásica expresión de Luis Castro Leiva, es la bolivariana. En realidad, una gesta convertida en Historia, luego en ideología y ahora en filantrópico manual de inquisidores.

Ramos Sucre, en buena tradición barroca y también jacobina, convierte a Dios en Rey, lo politiza para mejor imaginarlo. Así lo dice en una de sus magníficas Granizadas (1929): "Dios es el soberano relegado y perezoso de una monarquía constitucional, en donde Satanás actúa de primer ministro". Detrás de la coronacion de Dios y la delegación de las cosas de este mundo en el mismísisimo Satanás, hay una clave política y también metafísica: la sacralización o endiosamiento irónico del poderoso, la estetización sarcástica de la crueldad y la desgracia, el expediente legal llevado hasta el humor negro.

Ramos Sucre prefirió el senso al consenso. No fue un opositor combativo de la dictadura gomecista (a sus 39 años, como se sabe, enfermo de insomnio, procuró y consiguió el consulado de Venezuela en Ginebra), pero su escrutinio simbólico y poético de la infamia tiene para nosotros, ahora, más peso que la denuncia o el panfleto literales.

Muchos de sus poemas son expedientes fantásticos. No es tan extraño: Ramos Sucre -quizá se ha tratado muy por encima- fue tanto un hombre de leyes como de letras. En otra Granizada esboza este parentesco revelador: "El derecho y el arte son una enmienda del hombre a la realidad". No había en él ese desprecio o prejuicio o desinterés, tan romántico o melodramático, de tantos literatos por el mundo legal. Ni mucho menos la ceguera de tantos justicieros ante lo imaginario.

Bueno encontrárselo.