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sábado, 19 de septiembre de 2009

El discreto Bielinsky


Descubrí hace un par de años la obra breve de Fabián Bielinsky (Buenos Aires, 1959- São Paulo, 2006). Mi orden fue su orden, concentrado: primero Nueve reinas, de 2000, después El aura, de 2005. Ricardo Darín aparece en las dos. Gastón Pauls, el tipo de las estampillas, en la primera. Lástima no haberlas visto en pantalla grande.

Hay motivos que se repiten en Bielinsky: el delito, el juego. La estafa retorcida pero casi inocente de Nueve reinas se hace crimen organizado en El aura. El puro juego de manos se convierte en amenazante juego de armas. La primera ocurre en Buenos Aires, la segunda en la provincia argentina. De la atmósfera urbana de Nueve reinas, entre el barniz de un hotel cinco estrellas y la pátina callejera, se pasa a la densidad poética y apocalíptica de El aura. Los lugares, en una y otra película, son parte de la trama. Comparten un aire de asfixia moral o es argentina.

Los personajes de Nueve reinas no son delincuentes de vocación. Apenas juegan a serlo o se disfrazan de tales. La estafa es una manera de no ser o no parecer tonto. Como quien dice, de seguir la corriente. Credo picaresco: soy un pillo, aunque no tengo nada contra la ley. De todos modos ¿quién es la ley? Nadie lo sabe pero nadie lo ignora. Buenos Aires es una ciudad cualquiera y ellos también se parecen a cualquiera. Son -la ciudad y los protagonistas- criaturas del desplome. También del simulacro. Alguno tiene a su viejo en la cárcel. Los más piadosos sentimientos son falsos. O quizá sólo imaginarios.

El personaje principal de El aura es un hombre que ya no tiene nada que perder: ni mujer, ni dinero ni casi alma. La mujer nunca aparece, y esa gravitación invisible es parte del temple y el desvelo del protagonista. Ricardo Darín es un taxidermista taciturno, epiléptico y rutinariamente tramposo que se siente, a su vez, estafado por la vida. La estafa es un arte y el arte es una estafa: ya en las escenas iniciales del arreglo del lobo disecado los naipes de Bielinsky están sobre la mesa. Si en Nueve reinas asistimos a una perfecta relojería del timo, El aura ahonda en la farsa con intensidad casi visionaria y no menos brutal. El melancólico estafador fantasea con robar un banco, porque robar un banco (según la conseja brechtiana) no es tan malo como fundarlo. El problema es que el taxidermista será un alma en pena, pero no canalla. Eso espera (tal vez esperamos).

El protagonista y la anécdota misma de El aura tienen un aire de familia con el protagonista y la anécdota de El sur, el cuento de Borges. Recuerdo que el borgiano Juan Dahlman es un hombre que busca su "particular destino suramericano" (lo que sea que esto quiera decir) donde nadie lo espera. Mejor: donde lo espera -no sin escrupulosa ironía- un cuchillo y la pampa. Una escopeta en el bosque, en el caso del personaje que interpreta Darín.

No hay fanáticos ni censores en Bielinsky sino pícaros y falsificadores. No desprecian la ley: la evitan. Tampoco se la apropian o la enfrentan: sólo extorsionan a quienes la encarnan. El delito no es glamoroso ni redentor ni justiciero, pero sí una apuesta y más que una opinión.

Dijo Bielinsky a propósito de la violencia en el cine: “Una pistola en la mano pesa y no hacen falta mil disparos para entender lo violento. Uno sólo basta y es brutal”. Una cámara también pesa y no hicieron falta mil películas para entender que este argentino discreto tenía algo (¿puedo decir verdadero?) que contar.

Publicado en Efory Atocha, septiembre de 2009.