
Pasó -fugaz concesión a los cuatro locos empeñados en asistir a las salas de cine madrileñas- la última película de Ingmar Bergman. Pude verla en DVD, ahorrándome el doblaje, ese vicio del costumbrismo español. Pero, no quise dejar pasar esa visita no anunciada en pleno verano. Mucho menos sabiendo que en la nave bergmaniana venía nadie menos que Liv Ullman, una de sus más fieles (e infieles) tripulantes.
Sarabande (2003) es una película de violencias, emocionales, sí, y morales. Violencia de unos a otros, de unos a sí mismos, de la vida (esa señora de cuidado) a todos. Uno de los momentos más reveladores y hermosos de la película ocurre en la iglesia del lugar (ah Bergman y su templo en el bosque). "¿Cómo llegó ese órgano a este lugar de nadie?" pregunta sin respuesta el chelista y organista Heinrich, hijo de su papá y algo más que padre de su hija. Enamorados e inquisitivos, los personajes de Bergman se entregan y confrontan con parecida intensidad. La música es lo único que reúne a estos más que atribulados (y lúcidos) corazones.
Solos como están y estarán, siempre han pensado sus vidas a través de otros. No sólo la pareja. La familia en Bergman es un coro de voces solistas, sí, disonante e íntimo.
Marianne visita a su ex marido -como Bergman a nosotros- en pleno verano. Su memoria se deshiela y los seres (hijos, recuerdos, sentimientos, resentimientos) que los personajes han creado entre sí siguen vivos. Seres, a veces, devotos, otras, inmolados. No hay tragedia sin sacrificio y, en las obras de Bergman, suele ser el amor, el amante, el amado. A veces: el hijo, el padre. La soledad final de estos personajes es una derrota de la convivencia amorosa, pero a la vez su más escarpado homenaje, su perfecto desvelo.
Los personajes de Bergman se toman el amor con una gravedad y a veces un patetismo casi misioneros. En Sarabande, hay cama compartida entre padre e hija. La memoria se comparte entre exparejas. Casi todo ocurre entre paredes tajantes.
Sarabande está no sólo llena de música sino compuesta como una obra musical. La cámara de Bergman es no sólo la de la visión sino la de las cuerdas entrelazadas y los secretos de recámara.
De una vida, cuenta Bergman, queda una mesa llena de imágenes familiares, algunas bellas, sí, aunque dolorosas. Otras simplemente de relleno. Eso en el caso de la abogada que interpreta -encarna, es- Liv Ullman. Ella es la que se atribuye el legado, la que arma el argumento definitivo, la que hila todos esos recuerdos. Hay una partitura secreta que, más que descifrar, los personajes escuchan o ejecutan.
Todavía sin salir de la sala, a oscuras, una de las espectadoras (la única entre los cuatro gatos literales de la sala) increpó a su acompañante. “¿No pudiste elegir una comedia o algo?” Era como si todavía no hubiese terminado la película.
Sarabande (2003) es una película de violencias, emocionales, sí, y morales. Violencia de unos a otros, de unos a sí mismos, de la vida (esa señora de cuidado) a todos. Uno de los momentos más reveladores y hermosos de la película ocurre en la iglesia del lugar (ah Bergman y su templo en el bosque). "¿Cómo llegó ese órgano a este lugar de nadie?" pregunta sin respuesta el chelista y organista Heinrich, hijo de su papá y algo más que padre de su hija. Enamorados e inquisitivos, los personajes de Bergman se entregan y confrontan con parecida intensidad. La música es lo único que reúne a estos más que atribulados (y lúcidos) corazones.
Solos como están y estarán, siempre han pensado sus vidas a través de otros. No sólo la pareja. La familia en Bergman es un coro de voces solistas, sí, disonante e íntimo.
Marianne visita a su ex marido -como Bergman a nosotros- en pleno verano. Su memoria se deshiela y los seres (hijos, recuerdos, sentimientos, resentimientos) que los personajes han creado entre sí siguen vivos. Seres, a veces, devotos, otras, inmolados. No hay tragedia sin sacrificio y, en las obras de Bergman, suele ser el amor, el amante, el amado. A veces: el hijo, el padre. La soledad final de estos personajes es una derrota de la convivencia amorosa, pero a la vez su más escarpado homenaje, su perfecto desvelo.
Los personajes de Bergman se toman el amor con una gravedad y a veces un patetismo casi misioneros. En Sarabande, hay cama compartida entre padre e hija. La memoria se comparte entre exparejas. Casi todo ocurre entre paredes tajantes.
Sarabande está no sólo llena de música sino compuesta como una obra musical. La cámara de Bergman es no sólo la de la visión sino la de las cuerdas entrelazadas y los secretos de recámara.
De una vida, cuenta Bergman, queda una mesa llena de imágenes familiares, algunas bellas, sí, aunque dolorosas. Otras simplemente de relleno. Eso en el caso de la abogada que interpreta -encarna, es- Liv Ullman. Ella es la que se atribuye el legado, la que arma el argumento definitivo, la que hila todos esos recuerdos. Hay una partitura secreta que, más que descifrar, los personajes escuchan o ejecutan.
Todavía sin salir de la sala, a oscuras, una de las espectadoras (la única entre los cuatro gatos literales de la sala) increpó a su acompañante. “¿No pudiste elegir una comedia o algo?” Era como si todavía no hubiese terminado la película.