Revisando un viejo número de Letras Libres, encontré un artículo
del economista británico Geoff
Mulgan.
2009 fue el año duro
del estallido de la burbuja inmobiliaria americana y de la crisis deficitaria europea. Mulgan se
preguntaba qué vendría después de ese tan indigesto banquete.
Algunos
-escribió Mulgan- todavía tienen la esperanza de que la cirugía de
urgencia restaure el status quo. Otros sospechan que estamos en
uno de esos raros puntos de inflexión después de lo cuales nada
vuelve a ser lo mismo. Mulgan aclaraba que no pronosticaba ni un
resurgimiento ni un colapso. Simplemente señalaba una oportunidad
para pensar en mudanzas.
¿En
qué quedamos? Para comenzar, la corroboración de que las cosas no
han mudado tanto. Ni copia exacta del establishment ni colapso. Hay
más conciencia o alarma ante las consecuencias perniciosas de la
especulación financiera desrregulada, pero también ante las
exaltaciones del Estado de Bienestar.
En
EEUU y en Europa, la crisis se ha resuelto de diferente forma. Los
americanos han salido con buen pie y la Unión Europea ha mejorado
modestamente (Grecia solo ha conseguido empeorar,
sobre todo después de la llegada de Tsipras). En el primer caso, el
Estado financió generosamente a las empresas fallidas. En el
segundo, los diferentes Estados han tenido que ajustar sus cuentas
para no seguir perdiendo credibilidad ante sus acreedores. La América liberal se han vuelto un poco socialdemócrata; la socialdemócrata Europa algo más liberal. Ni especulación sin límites ni picaresca estatista.
En
América Latina, los países que mejor han salido del atolladero económico -con Chile a la cabeza- son los que han implementado
políticas favorables al libre comercio. En Brasil -cada vez más
desmoralizado, inerte y sectario- la crisis se ha tratado con un ajuste fiscal meia-boca. La recesión ha sido más aguda de lo esperado y la moneda se ha devaluado en más del 40% en los últimos dos años, pero el
desempleo es más bajo que en España o Grecia. Es ahora un país a flote, pero sin dirección.
Donde
sí ha habido un colapso estrepitoso es en Venezuela. En su saña
estatista, el régimen bolivariano dilapidó los vastos ingresos
petroleros de los últimos años. El ataque sistemático a cualquier
actividad económica que no dependa del Estado ha sido implacable
(salvo si contamos a la corrupción como una forma de escapar a la
lógica del mercado). El resultado ha sido la destrucción económica
del país.
¿Cuáles
son las opciones? La posición frente al
capitalismo ha mudado en la extrema izquierda. Los antiguos marxistas tenían una visión providencial: solo después del capitalismo vendría el
socialismo. Los nuevos anticapitalistas (algunos gestionalistas, no
pocos ecologistas, Antonio Negri y pandillas)
son más bien apocalípticos. El capitalismo es el diluvio y todos
estamos perdidos, a menos que nos arrimemos al barco de los nuevos
salvadores.
Mulgan
no repara en ella, pero en los bastiones tradicionalistas todavía
existe la vieja fantasía de purificación nacional o comunitaria. La
prosperidad es algo dado, sea como bendición telúrica o
nacionalista. Es la famosa providencia, en realidad pura
autocomplacencia corrupta, de los petroestados (y otros estados mafiosos).
El economista británico no cuestiona la capacidad del capitalismo para crear prosperidad
económica. El asunto es que la prosperidad tal vez no sea
suficiente. Puede haber riqueza sin libertades, ni apenas creación
cultural, ni espacios de convivencia.
Si
queremos que el capitalismo se transforme para mejor, asegura Mulgan, no
deberíamos pensar solo en el PIB. Él da algunos ejemplos: salud,
educación, cuidado ecológico y de sí, cultura urbana...No es un mal guión, pero ¿en qué se diferencia del viejo Estado de Bienestar, revisado y ampliado, sí?
Si
el tono de los nuevos anticapitalistas es apocalíptico y el de los nacionalistas (por ejemplo, los catalanes) genésico, el de los socialdemócratas (y también de no pocos liberales) corre el
riesgo de sonar mesiánico y cursi. Un poco de escepticismo no vendría mal.
Tal vez la buscada renovación de la socialdemocracia pase por reconocer sus propios límites. Defender la calidad de la salud y la educación
públicas, la eficacia democrática de la seguridad, etc, no implica prometer el cielo en la tierra. Los indudables beneficios de los estados europeos, por ejemplo, se pagan con la vieja receta de trabajo, ahorro, impuestos y transparencia. Las fantasías de despilfarro y dolce far niente, para no hablar de la corrupción, se pagan todavía más caro.
Además, ¿hasta dónde deberían llegar la responsabilidad, que es como decir el poder del Estado? ¿Es el bienestar el máximo valor ya no de los Estados
sino de las sociedades actuales? ¿Quién decide, aparte de nuestros ángeles de la guarda, lo que es benéfico para todos?
Mulgan también debería decir que sin una economía
creadora todas estas preguntas se tornan más bien ociosas.
No
lo son -desafortunadamente- para quienes viven bajo regímenes
signados tanto por el ideal apocalíptico como mafioso de la
economía. ¿Estado de Bienestar? Más de un venezolano se
conformaría hoy con un simple, plural Estado
de Derecho.