viernes, 29 de enero de 2016

Encantamiento e incompletud

Es ya un lugar común decir que Walter Benjamin fue un pensador extraordinariamente mercurial: igual escribió sobre las mudanzas de la arquitéctura parisina del siglo XIX, la inflación en la República de Weimar, los orígenes del teatro barroco alemán o la poética del coleccionismo (entre ellos, de los juguetes). Su tema central, sin embargo, fue la literatura (aquí también con fascinaciones tan diversas como confluyentes).

Como crítico literario, Benjamin es también un analista político, un historiador de las ideas, un prosista de circunstancias y un teólogo discreto. No sorprende que se lo lea con tanto fervor.

Estuve leyendo los ensayos que Beatriz Sarlo escribió sobre Benjamin durante los años 90. Es un libro a la vez amoroso y sobrio, una deuda afectiva e intelectual (la confluencia aquí es decisiva) puesta al día.

Son ensayos en que Sarlo aborda aspectos biográficos, estéticos y críticos del pensador berlinés. Hay también variaciones sobre sus temas.

Sarlo cuenta los últimos días de Benjamin, huyendo de los nazis hacia el exilio. Benjamin dejó su obra (casi como decir su destino) incompleta. Pero, ¿acaso la incompletud no está en el centro de su trabajo? Es una de las ideas de Sarlo. 

Luego de renunciar a sus libros y a París, Benjamin tuvo que elegir el lugar del exilio. En Nueva York lo esperaban Theodor y Gretel Adorno; en Israel, Gershom Scholem le había conseguido un empleo como profesor universitario. Es posible que no quisiera ir a ninguno de estos lugares. Para dirigirse a Nueva York (adonde decidió irse) necesitaba tomar un barco en Marsella, no sin antes atravesar los Alpes a pie. Lo hizo. Pero en Port Bou dudó de su suerte y prefirió no proseguir.

Hay algo de surrealista en Benjamin, aunque lo enigmático no se le aparecía solo en sueños y en la poesía sino en la vigilia y en la historia. El mundo está lleno de fantasmas, también de intereses. En la literatura, unos y otros encuentran lugar de acogida.

Escribir es visitar otras casas y recibir visitantes. Una labor de mensajería a la vez intelectual e íntima, interior. Sarlo mira con agudeza este aspecto casi rabínico (aunque ella evita cualquier relación teológica): “Hospitalario a las sugerencias que recibe, amistoso y ávido de diálogo, Benjamin es también comedido y, muchas veces, misterioso. Siempre, sin embargo, necesita de ese impulso que es el texto ajeno, la relación íntima con la escritura de otros, para su propia escritura”. Podría estar hablando de sí misma (y de otros más).

Estos ensayos son más un acto de presentación que de interpretación o crítica. Un cierto tono de hagiografía los permea. Tal vez sea sí una forma del amor. Sarlo -¿podemos decirlo?- escribe sobre Benjamin como una amante. Una amante ilustrada y con otros recorridos, pero amante. De allí su delicadeza y sus miramientos. También sus omisiones.

Por ejemplo, ¿por qué dice tan poco sobre el pensamiento y la experiencia política de Benjamin? ¿No es la política, entre escatológica y mesiánica, uno de los asuntos más insistentes y también cuestionables de su pensamiento? Hay unas líneas de pasada sobre la revolución soñada que no encontró en Moscú. Nada más. 

Es como si Sarlo viera en la política de Benjamin una fase de su poética. No un pensamiento a discutir sino a interpretar. Un argumento de autoridad o es una anécdota.

Sarlo mira el lugar que las ciudades ocupan en el pensamiento de Benjamin: “En esos recorridos que inventa en las ciudades (Berlín, Moscú, París), Benjamin alcanza la iluminación profana: una forma secular, material, de revelar la verdad”. La ciudad era el lugar de las revelaciones más sombrías. Sarlo: “Con Simmel, Benjamin compartió la sensibilidad moderna ante el choque producido en las metrópolis”. ¿Eso es todo? 

(A finales de los años cincuenta, George Steiner escribió páginas no menos apasionadas y más profundas sobre la visión apocalíptica que Benjamin tenía de la ciudad).

Lo cautivante en Sarlo es el tono. Hay un encantamiento y una intimidad (casi iba a decir una reverencia) con Benjamin que excede y quizá posterga cualquier perspicacia crítica. A los grandes escritores no solo los pensamos: también los acompañamos a pagar sus cuentas, los defendemos contra la turba de sus fanáticos o detractores y, a veces, los veneramos. Es lo que hace Sarlo, a su manera, no sin un intento (tal vez innecesario) de canonización. Benjamin tiene algo de profeta y Sarlo es una de sus oficiantes.

Hay una frase que me guardo: “Las imágenes necesitan de tiempo”. Trata sobre cine (y es en parte un lamento por el cine que ya no es) pero podría ser sobre muchas otras cosas. Incluso sobre Benjamin.