Estuve leyendo Le
sanglot de l'homme blanc (algo
como
El sollozo del hombre blanco, inédito
por lo que veo en español),
de
Pascal Bruckner. Hace tiempo tenía ganas de leerlo. Bruckner es el autor de la novela que inspiró a Roman Polanski su memorable Bitter
moon.
Es también uno de las referencias fundamentales de algunos
periodistas y analistas políticos que admiro.
Más
que sobre eso que antes se llamaba fatídicamente el
Tercer Mundo, Pascal Bruckner se concentra en la actitud de muchos europeos
y en especial franceses ante esa parte del mundo que no es
occidental.
Para Bruckner, todo
comienza genésicamente con Colón, durante su primer viaje a las
Indias. En una de sus cartas a los Reyes Católicos, el almirante caracterizó a los nativos isleños en términos idílicos: “Son muy
dulces y desconocen el mal”. Al contrario de la leyenda,
decía el genovés, no había monstruos en las Indias. Ya en su
segundo viaje las cosas cambiaron, por cierto de forma drástica. Los
antillanos no eran tan dulces ni angelicales como parecían. Después
de los saqueos y las humillaciones españolas a la población,
algunos indios habían robado y asesinado a sus hombres. Colón -recuerda Bruckner- pasó
a considerarlos a todos ladrones y asesinos. Entre los castigos,
aconsejaba cortarles orejas y narices, “partes del cuerpo que no
pueden ocultarse”. El bueno de Bartolomé de las Casas pensó que lo mejor era
la evangelización.
Es
asombrosa la continuidad que ha tenido ese esquema tan maniqueo. Para
comenzar, la misma existencia del Tercer Mundo parece tan mágica
como la de la innominada América de Colón o el Orbis Tertius de Borges. ¿Hay
algún vínculo, salvo el de la desigual industrialización y los
ciclos terrestres, que una a realidades tan dispares como China y
Argentina, México y Vietnam, Brasil y Marruecos? Claro, dice el
tercermunista (sea en su versión revolucionaria o etnológica): la
opresión occidental.
El
mundo es así, según ese guión caricaturesco: Occidente (antes solo
Europa, a partir del siglo XX también Estados Unidos) es siempre
explotador y canalla. El Tercer Mundo es dulce y no sabe lo que es el
mal.
A
analizar las consecuencias de esa repartición moral dedicó Bruckner
aquel libro.
Los
buenos salvajes se harían -como sabemos- buenos revolucionarios o
sabios redentores. Los asombrados pero crueles colonizadores se
harían malignas pero a veces culpables élites. Buena parte de El sollozo del hombre blanco está dedicada a demoler ese complejo de culpabilidad occidental, tan narcisista como condescendiente.
Bruckner inventarió el largo catálogo de salvadores. Entre ellos, como en un Sargent Pepper Lonely Hearts Club Band altermundista, asoman la calva mesiánica de Mao y el turbante
justiciero del ayatolah Homeini (el libro es de los años ochenta). Una actualización sin duda tendría que incorporar a un Hugo Chávez con pedagógico traje militar y tal vez a alguno de los narcotraficantes heroicos que se multiplican como conejos en el continente (de esos que tanto encandilan a Sean Penn).
Entre
el mesianismo y la penitencia ha transcurrido
la vida política de muchos intelectuales occidentales. El
ejemplo predilecto de Bruckner es Sartre.
Sobre la actitud del filósofo existencialista ante la política mundial de su época, Bruckner dice que es “una mezcla de masoquismo e indiferencia”. Añade: “Consulten una biografía de Sartre: el autor de Las palabras viaja poco fuera de Europa, y siempre es invitado oficialmente (Cuba, Hanoi, etc). Relean su obra: nada o casi nada sobre los grandes sistemas filosóficos de Asia, las literaturas africanas o suramericanas, las religiones extra-europeas”. Sartre sería un mandarín de pretensiones napoleónicas, pero en sus opiniones políticas no dejaba de ser tan nacionalista como la más ultramontana derecha francesa (esa que sigue creyendo que la barbarie comienza detrás de los Pirineos). Es un esquema seguido por muchos de sus discípulos confesos y no.
Temas de fondo: la justificación resentida de la violencia, el culto al héroe, el maniqueísmo intelectual, la ignorancia sobre los lugares comentados, el desinterés final. A los ojos del ideólogo tercermundista, el mundo es un vacío lleno de datos y propaganda. Nada que no tuviese un signo ideológico afín tiene la menor importancia. El mundo como espejo.
Sobre la actitud del filósofo existencialista ante la política mundial de su época, Bruckner dice que es “una mezcla de masoquismo e indiferencia”. Añade: “Consulten una biografía de Sartre: el autor de Las palabras viaja poco fuera de Europa, y siempre es invitado oficialmente (Cuba, Hanoi, etc). Relean su obra: nada o casi nada sobre los grandes sistemas filosóficos de Asia, las literaturas africanas o suramericanas, las religiones extra-europeas”. Sartre sería un mandarín de pretensiones napoleónicas, pero en sus opiniones políticas no dejaba de ser tan nacionalista como la más ultramontana derecha francesa (esa que sigue creyendo que la barbarie comienza detrás de los Pirineos). Es un esquema seguido por muchos de sus discípulos confesos y no.
Temas de fondo: la justificación resentida de la violencia, el culto al héroe, el maniqueísmo intelectual, la ignorancia sobre los lugares comentados, el desinterés final. A los ojos del ideólogo tercermundista, el mundo es un vacío lleno de datos y propaganda. Nada que no tuviese un signo ideológico afín tiene la menor importancia. El mundo como espejo.
(El
año pasado, durante la matanza de manifestantes por el ejército y
los colectivos paramilitares apoyados por el gobierno de Maduro, un
colega de trabajo en São Paulo me dijo solemnemente: “Mi mayor
miedo es que los Estados Unidos decidan invadir Venezuela”. Los 43
muertos, la mayoría estudiantes, eran apenas pretexto para su
exaltación antiamericana).
Es
esa mascarada biempensante que Bruckner denunció con tanta agudeza como coraje.
En
Le sanglot de l'homme blanc, hay páginas hilarantes sobre la
veneración de buena parte de la intelligentzia francesa por la China
de Mao (Barthes afirmando que los chinos ya no tenían sexualidad,
porque la sexualidad era un “producto de la opresión social”,
Sollers justificando la falta de libertades en China “porque los
chinos no tienen las mismas necesidad, ni las mismas exigencias que
nosotros”). Su diagnóstico era implacable: “Es evidente
que la utopía maoísta, lejos de representar una alternativa real a
nuestras sociedades, constituía para sus fans una simple
prolongación de sus fantasías más infantiles”. Ojalá hubiese
sido solo la maoísta.
Reparos a Bruckner: ¿no cae a menudo en un ombliguismo europeo parecido al de sus criticados? ¿Dónde están sus reflexiones sobre ese mundo que tanto hecha de menos en sus bêtes noires? ¿No hay realmente puentes entre Occidente y el resto? Es como si para Bruckner el reconocimiento de la singularidad excluyese por momentos el de las semejanzas. Voltaire no se lo habría perdonado.
Reparos a Bruckner: ¿no cae a menudo en un ombliguismo europeo parecido al de sus criticados? ¿Dónde están sus reflexiones sobre ese mundo que tanto hecha de menos en sus bêtes noires? ¿No hay realmente puentes entre Occidente y el resto? Es como si para Bruckner el reconocimiento de la singularidad excluyese por momentos el de las semejanzas. Voltaire no se lo habría perdonado.
Más que una reflexión, el libro de Bruckner es una diatriba. Afilada, por momentos. Cierta, en general. Necesaria. Bastante machacona y monologante, sí, pero viva. La actitud de tantos ante los atentados de París así lo demuestra. El Tercer Mundo no existe, pero los tercermundistas sí. No solo en la orilla izquierda del Sena.