lunes, 6 de octubre de 2014

¿Cómo juzgar el arte de los dictadores?

En uno de los ensayos de su último libro publicado, Eric Hobsbawm se pregunta sobre las consecuencias artísticas de las dictaduras. Su reflexión es a la vez matizada y contundente. La complicidad con las dictaduras puede traer beneficios personales y hasta gremiales inmediatos, pero una cultura sin libertad cívica se ahoga en su burbuja (a veces sangrienta).   
¿Cómo juzgar el arte de los dictadores? Los años de gobierno de Stalin en la Unión Soviética y del Tercer Reich en Alemania muestran un acentuado declive en las realizaciones culturales de los dos países, en comparación con la República de Weimar (1919-1933) y el período soviético anterior a 1930. En Italia el contraste no es tan grande, pues el período pre-fascista no había sido de brillantez creativa (ni, a diferencia de Rusia y Alemania, el país fue un gran creador internacional de estilos). Convengamos que, al contrario de la Alemania nazi, la Rusia de Stalin y la España de Franco, la Italia fascista no expulsó a sus talentos creativos en masa, ni, como en los peores años de Stalin, los mató. No obstante, en relación con las realizaciones culturales y la influencia internacional de la Italia pos-fascista, la era fascista no parece nada admirable.
Hobsbawm mismo, como se sabe, nunca dejó de pertenecer al Partido Comunista británico (la opresión de los regímenes comunistas, cuya desmesurada atrocidad conocía como pocos, no le quitó brío ideológico). No solo la música, también la historia puede ser ejercida con gélida y no por ello menos brillante pasión amoral. Vivir en un país libre -Inglaterra, en el caso del historiador- ayuda.