Conocí
a Octavio por Paz, y luego a través de Armand he conocido y me he
interesado por muchas cosas. Ha sido un amigo -sabio, disparatado,
exigente- en la conversación y en la escritura. Nunca contento con
entonar un aria más o menos subyugante, nada cómodo en los avatares
del narcisismo ni del canibalismo intelectual, Armand es un
conversador feliz. Lo es también su escritura. Ni el corral ni el
comité, ni el salón de clases (aunque ha podido ser un gran
profesor) ni el auditorio, tampoco el bar (aunque no le hace ascos al
whisky) o la biblioteca (es uno de los pocos escritores que conozco
que no exhibe sus libros) sino el banquete. Octavio es como un
Sócrates embrujado, es decir, fumador de puros, o un brujo socrático
con apetito por la poesía. Apuntes para Humboldt: Armand es un
filósofo con voz de canto y pulmones de trompetista de free jazz, un
poeta heredero de la palabra afilada de Villon y de Quevedo, un
exiliado que sacó de su isla cautiva, en un acto de contrabando
fantástico, un equipaje de voces y epifanías.
Todo
en Armand se convierte en conversación (para él, la materia de la
poesía), con los muertos (entre los que se siente muy a gusto), con
los vivos (cuya sombra tiene muy presente), con los sobrevivientes (a
los que se siente pertenecer). Es un coleccionista de fantasmas,
maestros, impostores, melodías, llaves, imágenes y objetos
enterrados. Coleccionista aquí es casi igual a contrabandista, por
aquello que dice en uno de sus admirables ensayos: “La metáfora es
una forma instintiva de contrabando”. Armand es uno de los grandes
contrabandistas de la literatura hispanoamericana contemporánea. Y
además secreto. Conste aquí como denuncia.
Su
tono -igual en la conversación de café que en la literaria- va de
la polémica a la evocación, de la dramatización paródica a las
anécdotas de los amigos, de las digresiones históricas al juego de
palabras. Imaginación, humor, inteligencia, todo junto. Una
salvedad: como conversador, Armand es un apasionado contador de
historias, un rasgo que no aparecía hasta ahora en su literatura,
tal vez por una reticencia manifiesta hacia los ordenamientos
impositivos de la Historia, la diosa de los tiranos y los demagogos.
Imposición e impostura riman en este interminable concierto épico,
orquestación mimética que Armand diseccionó en varios ensayos de
Superficies. La Historia, dice, es un disco rayado. A la orquesta le
faltan músicos, y música, y le sobra batuta. Ese verso –“yo soy
un hombre sincero”-repetido hasta el vértigo, no pasa de slogan.
Esa voz no nos deja hablar. “Sin patria pero sin(g)amos”.
Hay
diálogos que crean un paisaje. Hay otros que crean al interlocutor.
Mejor dicho: que lo sacan del letargo o la compulsión, del mimetismo
o el ocultamiento, y lo instan a la reflexión y la invención.
Aunque en su obra caben muchas cosas-el paisaje y los asombros de su
infancia, los desplazamientos y los asombros de su madurez, las
confusiones y las confesiones de la edad-la palabra de Armand es de
las que invitan a inventar, a inventarse. Varias veces, después de
despedirme de él, fui directo a escribir algo. Lo mismo me ha
ocurrido, estando a mares de distancia, al leer algunas de sus
páginas. No hay palabras, no, sin consecuencia.
La
palabra, y más la palabra poética, es hacedora de relaciones y
correspondencias. La palabra, y más la palabra crítica, desface
entuertos y desenmaraña sentidos. La obra de Octavio Armand combina
los experimentos de la vanguardia con el ensayo antropológico,
Aristóteles con Darío, Apollinaire con Montaigne, la pintura del
Renacimiento y la pintura americana contemporánea. Combinación
paciente, irónica, transfiguradora. Don de crítica y también de
admiración. Su profunda libertad creadora se inscribe en una doble
tradición hispanoamericana: la del ensayo como acuciosa reflexión
cultural y la de la poesía como “sacudimiento” (el término es
suyo) de la prosa. A veces esas dos tradiciones se juntan. Contrastes
filosos, dramáticos: mito y crítica, libertad y generosidad,
imaginación y pensamiento, disparate y trauma, lenguaje en relación
y lengua deshecha. ¿Un rito de fecundidad?
En
algún lugar, Armand dice que si se hiciera una historia del cuerpo
en Cuba, habría más torturadores que amantes. Más heridas y
cicatrices que estatuas, más guerra que paz, más odio que
convivencia, más plomo que goce erótico. Los tatuajes del cautivo,
o de ese cautivo paradójico que es el exiliado, son la subversión
de esa historia. Armand ha leído parte de la literatura cubana y
latinoamericana, coro menos engañoso, por inventivo, que su
Historia, como un tatuaje.
“La
mirada barroca, como Velázquez testimonia, nunca descansa”,
escribe. No descansa la mirada del censor ni la de su testigo en la
sombra. Diferentes desvelos, distintas inquisiciones, pero un
escenario compartido. Lezama, a quien Armand dedica un notable
ensayo-diario-conversación con el origenista del exilio Lorenzo
García Vega, necesitaba señales para ver lo invisible. Sus palabras
preciosas eran limosnas de ciego. Armand, como Severo Sarduy, es un
heredero directo de esas cifradas monedas lezamianas. En “Una
lectura de la luz”, uno de sus ensayos más memorables, Armand
habla del poeta ciego, ese avatar homérico y bíblico, que encuentra
señales a su paso. Según una tradición, esas señales casi siempre
son de naturaleza profética, sagrada, adivinatoria. En otra, es un
canto de fabulación y de mendicidad. ¿No habíamos dicho algo sobre
tradiciones que confluyen? Dador de revelaciones o mendigo de
palabras, el Ciego-un como Golem poético- habla desde una íntima
pobreza. En un poema de Son
de
ausencia,
"Pobreza", Armand escucha a su padre decir: “Hijo, todo
esto es tuyo”. En una entrevista, confiesa: “Mi punto de partida
es siempre la carencia de un lenguaje”.
Extrema
generosidad, radical desafío: aceptar la pobreza como herencia. La
más dura de las pobrezas ¿no es la falta de palabra, ese suelo del
exilio? ¿Sería por eso que una vez tuvo a bien regalarme una bolsa
de semillas de ya no recuerdo qué planta, traídas por un amigo de
Colombia? “Para crecer, me dijo Octavio von Humboldt entre otras
indicaciones técnicas, necesita sol y sombra”.
Una
vez me contó que, en una cena ofrecida al compositor y musicólogo
Natalio Galán, autor del importante Cuba
y sus sones,
Armand comparaba la precariedad de aquella mesa con la de los
agasajos a los poetas y artistas de la española generación del 27.
“Banquetes zen, los nuestros”, me dijo. Eso fue en su época de
Nueva York, antes de irse a vivir a Caracas para que algunos lo
pudiéramos conocer. Frase que yo interpreto a mi aire: el banquete
de Octavio Armand son sus palabras. Abundantes, ácidas, amargas,
cordiales, crudas y cocidas, presocráticas e ilustradas (de la
tendencia Goya), con matices de curry y aceites mediterráneos, con
deje venezolano y reflejos neoyorquinos, con temple de jazzista
endemoniado pero melódico, con vinos de Cleopatra la reina y Grecias
-o es Gracias- de Rubén Darío. Es hora de que lo celebremos.