Los griegos denominaban a un tipo de persona replegada en sí misma, ajena a su entorno, idiota. Idiota quería –y quiere– decir persona privada; idiotez no es sino una forma de privacidad, de todos modos muy mal vista por la cultura clásica griega. El desprecio por la intimidad (y de ese "hombre manso" del que habla Victoria De Stefano en Pedir demasiado) es una vieja herencia guerrera.
¿Qué tal si, por una vez, se invirtieran los términos? ¿No es el guerrero una especie de idiota que se ignora, ya no en el sentido clásico sino moderno? Los valores del guerrero son la valentía y la habilidad para vencer al enemigo. La nobleza del héroe depende de su bravura y su arrojo. Tiene su talón en la soberbia, su idiota forma de no reconocer a nadie.
La sombra de la polis es la guerra. En los cuentos de Ednodio Quintero, las ceremonias de la guerra son la sombra con la que lidian los personajes, habitantes de una intimidad al margen.
Me refiero en especial a los cuentos de El combate. En ellos, a veces aparece un enemigo preciso, otras no. A veces el enemigo es la niebla o una vieja bruja o el propio ser, las propias pasiones, el propio cuerpo. No hay aquí contexto que no sea la contienda.
Los personajes de Ednodio llevan el combate a la interioridad, y allí se pierden. Como los de Ramos Sucre, a quien el andino parodia constantemente, estos héroes defor mados renuncian, con su énfasis en el yo, al coro y aún al diálogo, a la comunión y la comunicación. El yo en los cuentos de Ednodio es una herencia guerrera e idiota, un arma retórica y una isla mítica. Una parodia filosa de cualquier Yo, el supremo.
Ednodio Quintero nació en un "lugar agreste de la alta montaña" andina, "cuyo imaginario colectivo se correspondía más con el de alguna región de la España del siglo XIII que con el impreciso del país tropical de mediados del siglo XX", y que sabía que "las batallas y derrotas y huidas y deserciones –y alguna herida ingrata– (...) tendrían como escenario otros paisajes". ("Autorretrato". Visiones de un narrador).
Entre esos dos espacios encuentra su aire: entre el "lugar agreste de la alta montaña" y los "otros paisajes", a veces no menos agrestes. La España caballeresca y devota del Cid y de Berceo, la noche vencida de sus ancestros chibchas; el cine, en donde conoció, proyectada sobre una pared de cal, a Helena de Troya; la laberíntica mitología griega; el "impreciso" imaginario venezolano, son algunos de sus "otros paisajes".
A un cierto complejo heroico vuelve una y otra vez. Ednodio rescata ese complejo, familiar pero no siempre asimilado por nuestra literatura y menos por nuestra historia general, y lo pone patas arriba, sin simplificarlo ni limarle las pezuñas. Le fascina el espectáculo y los conflictos del héroe, y aún del criminal, sus ritos, sus automatismos, la sombra mezquina de su brillo, la sordera de su fanfarria. En una palabra, su idiotez, en todos los sentidos. Sus cuentos son una exhibición de desenmascaramiento, donde el héroe, en su versión más combativa, al mostrarnos su intimidad, se convierte él mismo en alma, en pena y en bufón. El alma famélica del héroe pide un trozo de combate que lo mantenga en vida.
Un rasgo de estos personajes: la conciencia de sí mismos aparece con las heridas y las magulladuras. Un rasgo de Ednodio, otra herida inconfundible, otra magulladura: el humor. El narrador andino sabe que el héroe, que se llama yo, es un idiota. Reírse del héroe es, a la larga, reírse de uno mismo: cosa impensable cuando lo que prima es la devoción o el resentimiento. Como en Goya, mientras más negro el humor de Ednodio, más crítica y mítica su pintura.
A l hablar de herencias, Ednodio habla de ficción. Quintero pertenece al linaje de los narradores-ingenieros y a la tradición de los satíricos sin sermones. Es un hábil y necesario parodista de Ramos Sucre, cuyo fáustico malestar convierte en una ceremonia absurda y algo cómica. En la casa de la ficción encuentra un fantasma constante: el héroe.
Sus cuentos son una crítica feroz pero indirecta de esa herencia heroica. Como espejo final, la guerra nos descubre nuestra esencial irrealidad. Tautología: la guerra es el oráculo del guerrero. Acaso en ese reconocimiento está su única trabajosa enseñanza.
Esa irrealidad es sombra espesa, y personaje secreto, en los cuentos de Ednodio Quintero.
Publicado en Papel Literario, Caracas.
¿Qué tal si, por una vez, se invirtieran los términos? ¿No es el guerrero una especie de idiota que se ignora, ya no en el sentido clásico sino moderno? Los valores del guerrero son la valentía y la habilidad para vencer al enemigo. La nobleza del héroe depende de su bravura y su arrojo. Tiene su talón en la soberbia, su idiota forma de no reconocer a nadie.
La sombra de la polis es la guerra. En los cuentos de Ednodio Quintero, las ceremonias de la guerra son la sombra con la que lidian los personajes, habitantes de una intimidad al margen.
Me refiero en especial a los cuentos de El combate. En ellos, a veces aparece un enemigo preciso, otras no. A veces el enemigo es la niebla o una vieja bruja o el propio ser, las propias pasiones, el propio cuerpo. No hay aquí contexto que no sea la contienda.
Los personajes de Ednodio llevan el combate a la interioridad, y allí se pierden. Como los de Ramos Sucre, a quien el andino parodia constantemente, estos héroes defor mados renuncian, con su énfasis en el yo, al coro y aún al diálogo, a la comunión y la comunicación. El yo en los cuentos de Ednodio es una herencia guerrera e idiota, un arma retórica y una isla mítica. Una parodia filosa de cualquier Yo, el supremo.
Ednodio Quintero nació en un "lugar agreste de la alta montaña" andina, "cuyo imaginario colectivo se correspondía más con el de alguna región de la España del siglo XIII que con el impreciso del país tropical de mediados del siglo XX", y que sabía que "las batallas y derrotas y huidas y deserciones –y alguna herida ingrata– (...) tendrían como escenario otros paisajes". ("Autorretrato". Visiones de un narrador).
Entre esos dos espacios encuentra su aire: entre el "lugar agreste de la alta montaña" y los "otros paisajes", a veces no menos agrestes. La España caballeresca y devota del Cid y de Berceo, la noche vencida de sus ancestros chibchas; el cine, en donde conoció, proyectada sobre una pared de cal, a Helena de Troya; la laberíntica mitología griega; el "impreciso" imaginario venezolano, son algunos de sus "otros paisajes".
A un cierto complejo heroico vuelve una y otra vez. Ednodio rescata ese complejo, familiar pero no siempre asimilado por nuestra literatura y menos por nuestra historia general, y lo pone patas arriba, sin simplificarlo ni limarle las pezuñas. Le fascina el espectáculo y los conflictos del héroe, y aún del criminal, sus ritos, sus automatismos, la sombra mezquina de su brillo, la sordera de su fanfarria. En una palabra, su idiotez, en todos los sentidos. Sus cuentos son una exhibición de desenmascaramiento, donde el héroe, en su versión más combativa, al mostrarnos su intimidad, se convierte él mismo en alma, en pena y en bufón. El alma famélica del héroe pide un trozo de combate que lo mantenga en vida.
Un rasgo de estos personajes: la conciencia de sí mismos aparece con las heridas y las magulladuras. Un rasgo de Ednodio, otra herida inconfundible, otra magulladura: el humor. El narrador andino sabe que el héroe, que se llama yo, es un idiota. Reírse del héroe es, a la larga, reírse de uno mismo: cosa impensable cuando lo que prima es la devoción o el resentimiento. Como en Goya, mientras más negro el humor de Ednodio, más crítica y mítica su pintura.
A l hablar de herencias, Ednodio habla de ficción. Quintero pertenece al linaje de los narradores-ingenieros y a la tradición de los satíricos sin sermones. Es un hábil y necesario parodista de Ramos Sucre, cuyo fáustico malestar convierte en una ceremonia absurda y algo cómica. En la casa de la ficción encuentra un fantasma constante: el héroe.
Sus cuentos son una crítica feroz pero indirecta de esa herencia heroica. Como espejo final, la guerra nos descubre nuestra esencial irrealidad. Tautología: la guerra es el oráculo del guerrero. Acaso en ese reconocimiento está su única trabajosa enseñanza.
Esa irrealidad es sombra espesa, y personaje secreto, en los cuentos de Ednodio Quintero.
Publicado en Papel Literario, Caracas.