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miércoles, 18 de enero de 2017

El entierro del tirano

Mucha gente se asombra ante la popularidad de los déspotas. Me incluyo. Cuando murió Chávez, decenas de miles fueron a despedirlo en su tumba. Ocurrió, hace un mes, con Fidel Castro. Antes de ellos, Franco, Mao, Stalin -pero no Pinochet ni Videla- mantuvieron su popularidad por lo menos hasta sus funerales. ¿Es popularidad la palabra? Nadie asistió al velorio de Juan Vicente Gómez. Ni su familia. Todos temían una revuelta o una guerra civil. El entierro, por el contrario, fue multitudinario. No sin una pequeña ayuda del Estado, por supuesto. Así lo contó Gumersindo Torres, uno de los ministros estrella del Benemérito (citado por Simón Alberto Consalvi):

Ese 19 (de diciembre de 1935) toda Caracas se trasladó a Maracay, pocos fueron los cinco mil automóviles , todos los camiones, otros vehículos y todos los vagones del ferrocarril, para transportar gente que concurría a las exequias y flores para cubrir aquella tumba.

Tal vez sea ocioso preguntarse cuántas de aquellas flores eran de pesar. 

viernes, 13 de enero de 2017

Gómez, por Consalvi

Tomo nota de una biografía de Juan Vicente Gómez, la de Simón Alberto Consalvi. Hay muchas buenas anécdotas. En una, una escritora inglesa llamada Rosita Forbes -también amiga de Hitler y Mussolini- lo encuentra para hablar de caballos. En otra, Carlos Gardel le canta al Benemérito, esa especie de señor feudal con petróleo y gabinete positivista.

Lo más llamativo para mí es ese gabinete. Buena parte de los intelectuales venezolanos de entonces se plegó a Gómez. Caracciolo Parra Pérez, César Zumeta, Vallenilla Lanz, Manuel Díaz Rodríguez. La mayoría, diplomáticos o Ministros Plenipotenciarios del régimen. En Londres, París, Roma o Madrid, escribieron libros sobre la independencia hispanoamericana, estudios sobre las celebridades patrióticas venezolanas, ensayos en defensa del caudillo providencial y hasta novelas modernistas. Se han debido sentir grandes estadistas, virtuosos, cultos, cosmopolitas y sensibles. Es posible que lo fueran, pero ¿quién sino el General podía refutarlos?

Un editorial del periódico oficialista El Nuevo Diario, de 1919, proclamó el apoyo de muchos intelectuales a Gómez: "No hay un solo nombre ilustre en las ciencias y en las letras que no haya figurado en algún ramo de la Administración pública".

No era del todo cierto, claro. Por ahí andaban Blanco Fombona, Antonio Paredes, Pocaterra. Una década después, los estudiantes Betancourt y Otero Silva. Consalvi no dice casi nada sobre la tensión entre esos grupos, personas, ideas. ¿Cuál era el mundo cultural, social o ideológico de los cheerleaders gomecistas y de sus adversarios? Casi todo en el libro de Consalvi se reduce a figuración cronológica, casi una relación de efemérides. Pero la complicidad de la clase intelectual venezolana con Gómez no parece haber sido insignificante.

En algo Venezuela ha mejorado.

martes, 4 de marzo de 2014

Fuegos fáusticos

La discusión entre Gabriela Montero y Gustavo Dudamel me ha llevado a un ensayo de Alex Ross:
Para cualquiera que acaricie la idea de que existe alguna bondad espiritual inherente a los artistas de gran talento, la época de Stalin y Hitler supone toda una desilusión. No solo fracasaron los compositores a la hora de levantarse en masa contra el totalitarismo, sino que muchos le dieron activamente la bienvenida. (“El arte del miedo”, en El resto es ruido).

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Demonios e inflación

Uno de los ensayos de Calle de dirección única, el libro que Walter Benjamin escribió entre Berlín y París durante los años veinte, se titula “Viaje por la inflación alemana”. No se trata de una argumentación teórica sobre la naturaleza financiera de la inflación. Tampoco hay divulgación factual ni exaltada polémica. Se trata de catorce fogonazos entre los escombros.

La travesía de Benjamin entre aquellos escombros no es solo económica sino moral, sociológica, psicológica. La teología también asoma, como en casi todo lo que escribió el ensayista berlinés. Hablar de dinero en términos exclusivamente económicos era caer en una trampa solipsista y sospechosamente simplificadora. Lo contrario era también cierto: todos los temas —la lengua misma en que eran tratados— conducían al Reichsbank.

El contexto: al perder la guerra, Alemania —entonces una incipiente democracia parlamentaria gobernada por una aristocracia liberal— ganó un ramillete de severas sanciones económicas por parte de los vencedores americanos, franceses y británicos. El Estado alemán estaba en bancarrota, aunque no oficialmente: sus deudas no podían ser pagadas, pero aun así seguía endeudándose. Para saldar deudas internas, o para rematarlas, Berlín y Viena —poderosas pero ya aisladas capitales financieras— multiplicaron la producción de dinero inorgánico. El Estado seguía como si nada, gastando en obras, pensiones y programas sociales, pero la economía era una ruina. La inflación llegó a 182 billones por ciento.

En la penuria económica de la primera posguerra Benjamin vio otras miserias. Los desechos y la podredumbre —escribió con característico vuelo visionario— crecen como muros levantados por manos invisibles. No eran tan invisibles, de todos modos. Al menos para Benjamin, eran sin más la sombra invariable del dinero o del mercado económico: destructor de vínculos, creador de desconfianza ciudadana, egoísmo y masificación. Más que invisibles, las manos —todas las manos— eran viles. También, a menudo, sangrientas. 

El ensayo de Benjamin era un alerta mordaz: la inflación no era una anécdota del capitalismo sino su deriva inevitable. La prosperidad anterior a la guerra era apenas su más edulcorada ficción. A juicio del pensador alemán, la trama era otra, en realidad bíblicamente sombría. La inflación —lo dijo— era el diluvio. Su esperanza era que Noé fuese comunista.

El dinero era para Benjamin —como para el catolicismo contrarreformista y los utopistas decimonónicos, entre otros cruzados— el lado oscuro, por no decir demoníaco, de la trama social. La inflación de posguerra había ayudado a despertar una zona particularmente feroz —por aterrorizada y degradada— de la psique alemana.

Escribió: “Como el dinero constituye, por un lado, el centro absorbente de todos los intereses de la existencia, y, por otro, esta es precisamente la barrera ante la cual todas las relaciones humanas fracasan, cada vez desaparecen más, en el plano natural como en el moral, la confianza espontánea, la tranquilidad y la salud”. Puede uno percibir cierta nostalgia del tiempo —más bien mítico— en que el dinero no era un problema.

Más que como crítica general del capitalismo (sugestiva incluso cuando mesiánica y ahistórica), el ensayo de Benjamin es una iluminadora instantánea de aquella Alemania que comenzaba a confiar solo en sus más mezquinos fantasmas (y en su Banco Central).

Esto vio, al menos: la inflación era el fin de un camino. Como en la Venezuela actual, el Banco Central era una máquina de hacer ruinas. No solo económicas. 

En esto se equivocaba: la inflación no es el último suspiro del capitalismo. Es la manera que tiene el Estado de robar sin que casi nadie se dé cuenta.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El primer enemigo

Rafael Ramírez ha detectado la fuente de los males económicos venezolanos: el dólar paralelo. Dice el Ministro de Energía y Minas, presidente de PDVSA y ahora vice-ministro de Economía: “Es una guerra total; hemos identificado el dólar paralelo como el primer enemigo de nuestro país. Vamos a castigar las desviaciones con todos los poderes”. 

El dólar paralelo, como se sabe, es creación indirecta del mismo gobierno que ha impuesto y aprovechado el control cambiario durante los últimos diez años. Ante la temible volatilidad del bolívar, el dólar -incluso si costoso, de siete a ocho veces más caro que el mítico dólar oficial- se ha convertido en la mejor forma de ahorro y hasta de enriquecimiento para muchos venezolanos.  

Creado el pecado, hay que castigar al hereje. 

martes, 15 de octubre de 2013

Venezuela como fantasía jesuita

Hace unas semanas, el economista José Guerra predecía una nueva devaluación en Venezuela, acaso más drástica que la de comienzos de 2013. Describía así el estado de la cuestión: “Usualmente, las devaluaciones en Venezuela están asociadas al financiamiento del déficit fiscal por parte del gobierno, toda vez que la devaluación es un mecanismo efectivo de extracción de recursos al sector privado por parte del monopolista de las divisas, que en Venezuela es el Estado”. La devaluación –según el profético Guerra- será de 42%. La anterior fue de 32%. 

Ahora bien, un Estado que puede prorrogar (a duras penas) una devaluación tal tiene mucho de fraudulento. Se trata no solo de un Estado que juega sucio (para mejor continuidad de su causa) sino económicamente despótico, sin reglas ni árbitros ni casi competidores. Un Estado para la propagación de la fe, que no puede decir que está al borde de la quiebra, no sea que el enemigo se infatúe. Mucho menos reconocer que las razones de su endeudamiento –causa clave de la devaluación y también de la inflación, la segunda más alta del mundo después de la devastada Siria- se deben a los proyectos principales del gobierno: programas sociales sin fiscalización ni medida, estatización total de la economía, costosa compra de lealtades, aislamiento comercial y político. 

Venezuela como fantasía jesuita o es regresiva: un solo propietario, súbditos fieles y agradecidos, oro robado y en gran medida metafórico, rodilla en tierra contra el hereje. De fondo, fiador del experimento, un Imperio protector y vigilante. A la sombra, el ajetreo pecador de la picaresca. 

Un ejemplo para el Otro Mundo.  

lunes, 30 de septiembre de 2013

Como si frieras un pajarito

1
Sigue el gobierno venezolano pagándole tributo a la República Popular China, ese resurrecto imperio financiero. Pagar tributos para pedir prestado: cinco mil millones de dólares, esta vez. A cambio, contratos en masa y sin licitación para las empresas chinas.

Dice el inflacionario Maduro que todo es en beneficio de nuestro amado Pueblo. Pero los chinos cobrarán.

2
Cómo pasa una tonelada de cocaína por el aeropuerto de Caracas, se preguntaba casi retóricamente un periodista de la BBC. Más o menos de la misma manera, se me ocurre, que como entra al país. Con las debidas licencias.   

3
Si la economía venezolana fuese realista, el Banco Central de Venezuela hace rato imprimiría monedas y billetes con la imagen del difunto presidente Chávez y ahora de sus sucesores. En lugar del In God we trust del dólar americano, el lema Vote por mí. Podría traer traducción al mandarín, no necesariamente exacta.

Gobernad el imperio como si frieras un pajarito, decía Lao-Tse. 

domingo, 21 de julio de 2013

Sátrapas muy humanitarios

Jorge Arreaza ha ido a China y se ha declarado a favor del asilo a Edward Snowden. No sin el acostumbrado baño de prosopopeya patriótica: "Mal podríamos nosotros, los hijos de Bolívar, que luchó contra todos los imperios, dejar a un individuo, de los 6.000 millones de habitantes que hay en esta tierra, que es perseguido por todos los imperios al mismo tiempo, también a la deriva". Hasta hace poco, cualquier venezolano sabía antes de nacer que Bolívar no luchó contra “todos los imperios” sino contra el imperio español, imagen fundacional de todos nuestros males. Como Bolívar se ha convertido en un monigote histórico a la medida del régimen venezolano, el viejo enemigo se ha multiplicado de forma no menos fantasmal. Tal vez el debutante vicepresidente de Venezuela haya querido impresionar a los chinos, difícil vislumbrar con cuál fortuna. Arreaza sabe en todo caso que su oferta no tiene consecuencias: Snowden no saldrá del aeropuerto de Moscú sin la ayuda de Putin, ese espía veterano que no se cansa de brindar por el Estado de Derecho. No es Venezuela (digámoslo piadosamente) la que lleva la voz cantante.

Snowden escogió un enemigo paranoide y unos amigos grotescos. Al primero lo ha denunciado con ingenua valentía, a los segundos les ha agradecido su infinita generosidad. Sobre la paranoia acrítica y muy activa del gobierno americano, no han sido pocos los grupos de derechos humanos que han llamado a que se le garantice el debido proceso al fugitivo. Para eso, desde luego, es necesario que Snowden encare la justicia americana y reconozca la ley cuya transgresión por parte del Estado ha señalado. Si Snowden va a juicio, los responsables de la Agencia Nacional de Seguridad (y de paso sus informantes, Google entre ellos) no se podrán hacer los locos tan fácilmente.

A propósito de sus amigos. Si un día Snowden llega a Venezuela, o a Ecuador, o si obtiene el asilo de Rusia, es posible que se vea obligado a decir que los políticos y periodistas y simples ciudadanos perseguidos en esos países se lo tienen bien merecido. Tendrá que lamerle el culo –ya discretamente lo ha hecho- a los sátrapas dizque humanitarios del mundo, tipo Putin o Maduro. Daría –no a todos, lo sé- pena.

martes, 26 de febrero de 2013

Vuelta a Gómez, 1908-1936

Todo se une así: un país incapacitado en lo financiero y en lo tecnológico para emprender por su cuenta, privada o pública, la explotación de un recurso que necesita para arrancar inversiones multimillonarias; la concepción general que no solo asimila el petróleo a una mina (olvidando sus particulares condiciones tecnológicas) sino que lo concibe como una renta y no una industria, una renta por lo demás considerada hasta por sus beneficiarios como maldita, creadora de un estado de ánimo perverso, la mentalidad rentista; un estado débil que necesita una fuente de financiamiento, independiente de los avatares de la política; y, por último, un régimen autoritario y nepótico, cuyas carencias legales y políticas hacen que se combinen, ante la presencia de una riqueza tan fabulosa, la incompetencia y la corrupción.

-Manuel Caballero, "La lotería maldita", en Gómez, el tirano liberal.

martes, 12 de febrero de 2013

Fraude, locura y muerte

El último número de 2012 The Economist trajo un artículo sobre Gregor Macgregor, autor de lo que la revista británica llama el mayor fraude financiero de la historia. Es también un cuento de locura y muerte que podría dejar a Fitzcarraldo, aquel irlandés que soñó con crear una Casa de la Ópera en el Amazonas, como un mero, esforzado turista.

Para engatusar a sus víctimas propicias, Gregor Macgregor (nacido en Glengyle, Escocia, 1786) no se inventó una personalidad carismática como garantía de sus buenos oficios financieros o un esquema matemático infalible para escrutar los misterios del mercado. Macgregor se inventó un país. El ficcional Poyais estaba situado en la actual Honduras, en la franja que va del Río Negro al Mar Caribe, mejor conocida como la Costa de los Mosquitos.

Era, desde luego, una tierra de abundancia, cordialidad y cultura. Para prosperar, necesitaba solo mano de obra, trabajo, capital. Macgregor se encargó no solo de vender bonos cotizados en el mercado internacional (costaban lo mismo que los de otros países latinoamericanos, entonces en alza) sino que conminó a unos cuantos de sus compatriotas a poblarlo y colonizarlo. 250 tripulantes zarparon desde Londres y Leith hacia Poyais entre septiembre de 1822 y enero de 1823. No necesitaron más pruebas de la existencia del paradisíaco país que la palabra de un veterano de las guerras de Independencia suramericana que juraba ser un descendiente de una princesa Inca. La palabra, si se quiere, de un novelista impaciente. 

Las complicaciones no demoraron en aparecer. Primero, las financieras. Las dudas sobre la legitimidad de la deuda de los recién creados Estados latinoamericanos, los anuncios de Francia de deponer al gobierno español (entran en escena los Borbones) y la posibilidad de quiebra de la misma España, contribuyeron para que los bonos de Poyais, cuya venta habían convertido a MacGregor en uno de los hombres más ricos de las Islas Británicas, se desplomaran aparatosamente en poco tiempo.

De inmediato vinieron las complicaciones de poblamiento y colonización. Poyais era en realidad un pantanal escasamente habitado y desarrollado. Antes del gobierno británico enviar una misión marítima de rescate, un tercio de los nuevos poyenses había fallecido de malaria, fiebre amarilla y desnutrición.

Sus acreedores, principalmente en Londres, capital financiera del siglo XIX , no tardaron en descubrir la estafa. Macgregor no pudo pagar el dinero de vuelta. Intentó el mismo truco en París, donde consiguió vender bonos y persuadir a algunos futuros colonos. Al recibir las primeras solicitudes de pasaporte para aquel país fuera de los mapas convencionales, las autoridades francesas abrieron una investigación. Macgregor fue puesto en prisión.

Salió de la cárcel para regresar a Edimburgo, de donde prefirió emigrar. Entre todos los lugares, murió en Caracas en diciembre de 1845. No un lugar arbitrario: en Venezuela, en su juventud, había luchado al lado de Bolívar y su ejército republicano contra las tropas imperiales españolas, los ambiguamente llamados realistas. La realidad, no solo la realeza, fue enemiga constante de la vida y obra del Cacique escocés.

En São Paulo, delatado por mi acento hispánico, a menudo me preguntan de dónde soy. Un día de estos diré que vengo de Poyais.

La sonrisa de Larsen

Una página espléndida de El astillero, de Juan Carlos Onetti, es aquella en que Larsen, ya nombrado Gerente General de aquella ruina por el inmortal Jeremias Petrus, visita en Santa María al doctor Díaz Grey. Larsen, que años antes había gerenciado entre controversias un burdel en aquella ciudad de apellidos suizos y teutones, ha aceptado el cargo por un salario que todos saben nunca recibirá. Se lo va a contar a su amigo, cómplice moral de sus antiguas apuestas empresariales, omitiendo los detalles menos favorables. Mientras, aprovecha para pedirle un consejo sobre lo que podríamos llamar su nueva vida amorosa.

Onetti describe casi lujosamente la atmósfera de fracaso moral y de farsa económica que tan familiar ha sido en América Latina. Lo único que queda como algo cálido y casi sagrado es esa amistad entre piantaos, esos locos de buen tema y no tanto, pródigos en la obra de nuestro uruguayo. La de Larsen y Díaz Grey es sin duda una de las amistades más memorables de la ficción latinoamericana.

Aunque prefiero Juntacadáveres (más conflictos, mujeres, aventuras, desventuras), la novela es una muestra espléndida de la intimidad que Onetti trabó con esa ciudad de destinos contrahechos y a la vez misteriosamente plenos que bautizó Santa María. 

Sobre la situación real del astillero, un irritado Gálvez, Gerente Administrativo, dice en otro momento: "Al final, todo se pudre". La situación ficcional o demagógica, hasta última hora, fue bastante más promisoria.

Esta es la manera como Onetti describe la sonrisa de Larsen al aceptar el puesto de Gerente General: "hechizada, candorosa, postiza".

Recordé una frase de Petrus al ver este anuncio balbuceante y opaco del gobierno venezolano: "Un capitán se hunde con su barco; pero nosotros, señores, no nos vamos a hundir".

Larsen hubiese sonreído.

martes, 15 de junio de 2010

El fantasma de Qin Shi Huangdi

Una amiga me prestó un libro sobre la literatura argentina de la dictadura. Lo compró en Buenos Aires y la edición- de encuadernación endeble y papel taciturno- trae en la portada una máquina de escribir amarrada. Mi amiga me lo ofreció después de haberle yo comentado algunas lecturas argentinas recientes.

Entre los textos del volumen hay uno del recién fallecido Tomás Eloy Martínez. Su texto, tal vez el más revelador del conjunto, se titula "El lenguaje de la inexistencia”. Es un documento aterrador. Para comunicarse con parientes y amigos durante la dictadura, el periodista tenía que cambiarse el nombre o enmascararlo hasta lo irreconocible. Sus libros estaban prohibidos y algunos textos suyos -como un artículo sobre Victoria Ocampo y una entrevista a Perón- fueron expropiados por autores del régimen. Había comenzado su vida de fantasma.

Sobre esa fantasmagoría reflexionaba: “Los argentinos terminamos por resignarnos a los malos entendidos, por hacer de la representación nuestro estilo de vida, por fingir una realidad que no era la Realidad”. Para ilustrar su pensamiento, ay, acude a un cuento. La historia del emperador chino Qin Shi Huangdi, que “anuló la realidad y la sustituyó por la representación de la realidad”. Para Martínez, Argentina se había convertido en un país de máscaras macabras.

Tomás Eloy Martínez pasó en Venezuela aquellos años de exilio o de inexistencia, tiempo en que fraguó su excelente Lugar común la muerte. En Caracas, con libertad, Martínez escribía sobre fantasmas de carne y hueso, seres borrados o exiliados o escamoteados de las páginas patrias.

Treinta años después esos fantasmas reviven en Venezuela. Los venezolanos vivimos no solo entre malos entendidos programáticos sino bajo el escarnio del poder. Los uniformes y los eslóganes han ocupado el lugar de los rostros y las ideas. Nuestro lugar común es el mismo descrito por Tomás Eloy Martínez. El fantasma del emperador Qin Shi Huangdi ha vuelto. 

martes, 13 de octubre de 2009

Romance patriótico

A veces se dice -como quien recita un himno secreto- que Venezuela es un país melodramático. Nuestras ilusiones más populares o integradoras -junto al whisky, el culto a Bolívar y el béisbol- son las telenovelas, las fiestas de la Virgen y los concursos de belleza. Se acepta menos que el melodrama y la misma religiosidad son formas de sentir e imaginar la política, que en el culto oficial al Padre de la Patria hay un elemento nada desdeñable de cursilería y fe. Estamos tan marcados por una idea legalista del poder, que a menudo no nos damos cuenta de en qué medida está impregnado por un imaginario sentimental.
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Quizá una de las claves del chavismo, y de paso de buena parte de la tradición política latinoamericana, es la forma como el caudillo ha conquistado los amores de la patria. Una cierta familiaridad folklórica con el melodrama me permitirá tramar una historia más bien convencional pero de ninguna manera indiferente. Aquí la sinopsis sin comerciales.

Durante cuarenta largos años, la patria -después de una sufrida historia de militarismo conyugal- comenzó a actuar de forma algo ligera de cascos: diez años con uno, cinco con otro. Se comportaba, ay, como una alegre divorciada. A la dama, más irresponsable que libre, cada vez le interesaba menos, si alguna vez le interesó, el calado intelectual, ético o siquiera ideológico de sus pretendientes. Lo importante era que los enamorados respetaran su decisión. Le daba igual si eran socialcristianos o socialdemócratas, de izquierda o derecha, oratorios o dicharacheros, con tal de que no le recordaran su pasado cuartelario. Lo que le interesaba era ser halagada, en el mejor sentido imaginable por el melodrama: se la convirtió en diosa y se le prometió dinero. Los galanes tenían, sí, que parecer sinceros y honestos. Parecerlo en la invitación, no tanto serlo a la hora de los cocteles. Contrario a los romances de las telenovelas, todo fue de mal en peor. Su descontento se hizo rictus.

Empezó a esperar un mesías: a la patria había que salvarla. Un cierto galán consultó todos los oráculos y las voces le colmaron el pecho de augurios. No intentó en un principio persuadirla, ni siquiera seducirla, sino actuar en su nombre. Fue el agresivo defensor de una humillada doncella que nunca había sabido bien qué quería. De hecho, no había sido del todo explorada: indagación que el galán se sentía llamado a acometer. Lo curioso es que su agresiva defensa surtió un efecto mágico: la doncella malograda se enamoró del inocente justiciero. Pasan algunos años. Comienza la historia.
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Decía el ensayista Denis de Rougemont a propósito de las ideologías totalitarias del siglo XX: “Todo lo que la nación totalitaria niega a los individuos aislados, lo transfiere a la nación personificada. Es la Nación (o el Partido) la que tiene pasiones”. Pocos venezolanos objetarán ese protagonismo de la Nación (disfrazada de Pueblo y siempre con vociferantes mayúsculas) en estos últimos años. Ya ni siquiera se corre el riesgo de representar a un país: ya el país nos representa sin permiso.
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No hay que desconocer del todo al patético energúmeno presidencial cuando promete amor después de perorar odio. La telenovela se ha convertido en telepolítica sin dejar de ser melodrama, aunque no solo de amor.

En las películas de gángsters el melodrama se funda en el odio, aunque nunca el amor esté lejos. Es un género donde lo sentimental -afectos y rencores-se lo lleva casi todo. En ellas se encuentra todo lo mencionado: violencia, romance, culto al líder, dinero, mofa y corrupción de la ley, prostitución de lujo y de necesidad. Una vena de filantropía surte el corazón del gángster, aunque el mundo esté lleno, sobre todo, de enemigos.
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Que el bolivarianismo sea una historia de patriótico amor gangsteril le pone ketchup al melodrama político y habla de una muy mal resuelta atracción nacional por el patán. ¿Quién no sabe que los gangsters también tienen corazón? El gobierno bolivariano ha sido desde el principio una estafa tan sentimental como política. Venezuela está en la ruleta.

lunes, 27 de agosto de 2007

La revolución de los fusiles

En una entrevista de 1977, en una España que salía de la larga sombra militar de Francisco Franco, Octavio Paz dijo algo memorable. La política, sentenció el autor de Pasado en claro, no es el arte de cambiar al hombre sino de convivir. La convivencia pasa por la aceptación cuando no la celebración de las diferencias y de la crítica, por la tolerancia, la escucha y el auto-examen. Hay que añadir a la iluminadora idea de Paz un poco de sombra: el arte de convivir no se da sin transformaciones. Pero esas transformaciones comienzan desde el individuo y su conciencia. La convivencia es también una forma de utopía, no un camino de santidad sino, tal vez, de dignidad y libertad.

Los aportes del gobierno de Hugo Chávez a la convivencia venezolana no han sido muy dignos. Un aire mezquino, cargado de odios y maniqueísmo ideológico, de chapucería y resentimiento, ronda el país desde que comenzó su presidencia. Difícilmente se encontrará un político latinoamericano contemporáneo tan intolerante, tan escasamente dotado para la escucha, tan mezquino con las diferencias de pensamiento y de visiones, incluso las que vienen de sus propios aliados, como quedó demostrado en el caso de las polémicas con Podemos y el PPT, aliados de izquierda, partidos que lo han apoyado poco menos que servilmente. El arte de Chávez no es el de la convivencia sino el de la política como escenario de guerra, en su versión más intolerante. Un escenario costoso, una política teatral, donde la retórica más trabajada es el insulto. Ni en eso ha sido fecundo.

El barniz izquierdista de Chávez (si lo rasguñas un poco sale aparece un patán de derechas) tampoco lo lleva a plantearse en serio una romántica o realista transformación profunda del país. La Venezuela actual, con una nueva elite política y económica ligada a la burocracia (como antes) y a los militares (clase emblema del régimen chavista), tiene en lo político los mismos valores utilitarios de siempre, exacerbados en tiempos de bonanza petrolera, y los mismos problemas, fundamentalmente originados por la desesperación económica y el autismo del poder.

Ambición económica y miseria juegan un ajedrez maníaco, infantil. Por más que intente hacerle contrapeso al utilitarismo con las más fosilizadas creencias, convicciones, supersticiones y dogmas, Chávez no hace sino hacerle juego a ese estado de cosas nacional. Venezuela es ahora el país de los funcionarios hummeristas, que no son humoristas, aunque den risa, ni homéricos, porque en el olimpo político hay un solo dios. En el Estado populista –que no lo inventó él, hay que decirlo-el Estado es más importante que la gente. En la República Bolivariana, Chávez es el Estado. Este ha sido el gran cambio: la hipertrofia del poder.

Una revolución de ideas fósiles y fusiles. Cosas como esta contribuyen a desgastar el concepto ya insignificante, banal, de revolución. De ese concepto Chávez aspira legitimidad política y a menudo la obtiene, y por eso lo ha convertido en una especie de mercancia totalitaria. La triste historia es que hay gente, aparentemente no necesitada de cuentos de hadas, dispuesta a abrazar un régimen, por desalmado que sea, con tal que se declare de izquierdas. Algunos, en lugar de una barbie o una four-wheel drive, prefieren una revolution. La izquierda fósil ama los fusiles.

Ni convivencia crítica ni transformaciones heroicas, ni tolerancia buscada ni amores sociales obligatorios, el régimen ha encumbrado el odio como virtud política. No mucho que ver ya con el circunstancial resentimiento social, hijo de las desigualdades y de la incapacidad de una sociedad para resolverlas, sino el odio político, el odio desde el poder, el odio como propaganda y manipulación. El odio como fe.

Noche política, tiempos de sombras para la convivencia venezolana. No sólo desde las instituciones del Estado sino desde el crimen y el narcotráfico. Venezuela conjuga hipertrofia del poder y desgobierno. El país es ancho y rico, pero las zonas de convivencia son escasas, las perspectivas humanas en general son pobres. Si no es la inseguridad, es el Estado. Hay listas sistematizadas para prohibir la entrada de gente sospechosa de estar en contra del régimen en las instituciones del Estado, por modesto que sea el cargo. Hay calles -unas más que otras, pero todas en alguna proporción- donde todo venezolano está en la lista. El país se está yendo por la letrina.

Cuando el encarcelamiento por corrupción de Carlos Andrés Pérez, después de un juicio llevado a cabo por el fiscal Escovar Salom, Ibsen Martínez escribió: "Está bien, el peor de los venezolanos está en la cárcel. Pero ¿quién le dicta auto de detención al inconsciente colectivo?" Es cierto que el famoso inconsciente colectivo ha seguido su vía corrupta, hasta llegar a proporciones que asustarían al mismísimo Jung. Pero la descomunal corrupción y la obvia incapacidad no son lo más sombrío y desalentador en estos momentos venezolanos. Podríamos decir, parafraseando a Ibsen: está bien, el elegido de los venezolanos está en el poder, pero ¿quién defiende la convivencia cuando se la somete al capricho de un payaso autoritario, con perdón de los payasos?

Un hombre gobierna Venezuela frente al espejo. Su sombra se llama esterilidad.

Publicado en El tono de la voz.