En
una entrevista de 1977, en una España que salía de la larga sombra
militar de Francisco Franco, Octavio
Paz dijo algo memorable. La política, sentenció el autor
de Pasado en claro, no es el arte de cambiar al hombre sino de
convivir. La convivencia pasa por la aceptación cuando no la
celebración de las diferencias y de la crítica, por la tolerancia,
la escucha y el auto-examen. Hay que añadir a la iluminadora idea de
Paz un poco de sombra: el arte de convivir no se da sin
transformaciones. Pero esas transformaciones comienzan desde el
individuo y su conciencia. La convivencia es también una forma de
utopía, no un camino de santidad sino, tal vez, de dignidad y
libertad.
Los
aportes del gobierno de Hugo Chávez a la convivencia venezolana no
han sido muy dignos. Un aire mezquino, cargado de odios y
maniqueísmo ideológico, de chapucería y resentimiento, ronda el país desde
que comenzó su presidencia. Difícilmente se encontrará un político
latinoamericano contemporáneo tan intolerante, tan escasamente
dotado para la escucha, tan mezquino con las diferencias de
pensamiento y de visiones, incluso las que vienen de sus propios
aliados, como quedó demostrado en el caso de las polémicas con
Podemos y el PPT, aliados de izquierda, partidos que lo han apoyado
poco menos que servilmente. El arte de Chávez no es el de la
convivencia sino el de la política como escenario de guerra, en su
versión más intolerante. Un escenario costoso, una política
teatral, donde la retórica más trabajada es el insulto. Ni en eso
ha sido fecundo.
El
barniz izquierdista de Chávez (si lo rasguñas un poco sale aparece
un patán de derechas) tampoco lo lleva a plantearse en serio una
romántica o realista transformación profunda del país. La
Venezuela actual, con una nueva elite política y económica ligada a
la burocracia (como antes) y a los militares (clase emblema del
régimen chavista), tiene en lo político los mismos valores
utilitarios de siempre, exacerbados en tiempos de bonanza petrolera,
y los mismos problemas, fundamentalmente originados por la
desesperación económica y el autismo del poder.
Ambición
económica y miseria juegan un ajedrez maníaco, infantil. Por más
que intente hacerle contrapeso al utilitarismo con las más
fosilizadas creencias, convicciones, supersticiones y dogmas, Chávez
no hace sino hacerle juego a ese estado de cosas nacional. Venezuela
es ahora el país de los funcionarios hummeristas, que no
son humoristas, aunque den risa, ni homéricos, porque en el olimpo
político hay un solo dios. En el Estado populista –que no lo
inventó él, hay que decirlo-el Estado es más importante que la
gente. En la República Bolivariana, Chávez es el Estado. Este ha
sido el gran cambio: la hipertrofia del poder.
Una revolución de
ideas fósiles y fusiles. Cosas como esta contribuyen a
desgastar el concepto ya insignificante, banal, de revolución.
De ese concepto Chávez aspira legitimidad política y a menudo la
obtiene, y por eso lo ha convertido en una especie de mercancia totalitaria. La triste historia es que hay gente, aparentemente no
necesitada de cuentos de hadas, dispuesta a abrazar un régimen, por
desalmado que sea, con tal que se declare de izquierdas. Algunos, en
lugar de una barbie o una four-wheel drive, prefieren una revolution.
La izquierda fósil ama los fusiles.
Ni
convivencia crítica ni transformaciones heroicas, ni tolerancia
buscada ni amores sociales obligatorios, el régimen ha encumbrado el
odio como virtud política. No mucho que ver ya con el circunstancial
resentimiento social, hijo de las desigualdades y de la incapacidad
de una sociedad para resolverlas, sino el odio político, el odio
desde el poder, el odio como propaganda y manipulación. El odio como
fe.
Noche
política, tiempos de sombras para la convivencia venezolana. No sólo
desde las instituciones del Estado sino desde el crimen y el
narcotráfico. Venezuela conjuga hipertrofia del poder y desgobierno.
El país es ancho y rico, pero las zonas de convivencia son escasas,
las perspectivas humanas en general son pobres. Si no es la
inseguridad, es el Estado. Hay listas sistematizadas para prohibir la
entrada de gente sospechosa de estar en contra del régimen en las
instituciones del Estado, por modesto que sea el cargo. Hay
calles -unas más que otras, pero todas en alguna proporción- donde
todo venezolano está en la lista. El país se está yendo por la
letrina.
Cuando
el encarcelamiento por corrupción de Carlos Andrés Pérez, después
de un juicio llevado a cabo por el fiscal Escovar Salom, Ibsen
Martínez escribió: "Está bien, el peor de los venezolanos
está en la cárcel. Pero ¿quién le dicta auto de detención al
inconsciente colectivo?" Es cierto que el famoso inconsciente
colectivo ha seguido su vía corrupta, hasta llegar a proporciones
que asustarían al mismísimo Jung. Pero la descomunal corrupción y
la obvia incapacidad no son lo más sombrío y desalentador en estos
momentos venezolanos. Podríamos decir, parafraseando a Ibsen: está bien, el elegido de los venezolanos está en el poder, pero
¿quién defiende la convivencia cuando se la somete al capricho de
un payaso autoritario, con perdón de los payasos?
Un
hombre gobierna Venezuela frente al espejo. Su sombra se llama
esterilidad.
Publicado
en El tono de la voz.