lunes, 27 de agosto de 2007

La revolución de los fusiles

En una entrevista de 1977, en una España que salía de la larga sombra militar de Francisco Franco, Octavio Paz dijo algo memorable. La política, sentenció el autor de Pasado en claro, no es el arte de cambiar al hombre sino de convivir. La convivencia pasa por la aceptación cuando no la celebración de las diferencias y de la crítica, por la tolerancia, la escucha y el auto-examen. Hay que añadir a la iluminadora idea de Paz un poco de sombra: el arte de convivir no se da sin transformaciones. Pero esas transformaciones comienzan desde el individuo y su conciencia. La convivencia es también una forma de utopía, no un camino de santidad sino, tal vez, de dignidad y libertad.

Los aportes del gobierno de Hugo Chávez a la convivencia venezolana no han sido muy dignos. Un aire mezquino, cargado de odios y maniqueísmo ideológico, de chapucería y resentimiento, ronda el país desde que comenzó su presidencia. Difícilmente se encontrará un político latinoamericano contemporáneo tan intolerante, tan escasamente dotado para la escucha, tan mezquino con las diferencias de pensamiento y de visiones, incluso las que vienen de sus propios aliados, como quedó demostrado en el caso de las polémicas con Podemos y el PPT, aliados de izquierda, partidos que lo han apoyado poco menos que servilmente. El arte de Chávez no es el de la convivencia sino el de la política como escenario de guerra, en su versión más intolerante. Un escenario costoso, una política teatral, donde la retórica más trabajada es el insulto. Ni en eso ha sido fecundo.

El barniz izquierdista de Chávez (si lo rasguñas un poco sale aparece un patán de derechas) tampoco lo lleva a plantearse en serio una romántica o realista transformación profunda del país. La Venezuela actual, con una nueva elite política y económica ligada a la burocracia (como antes) y a los militares (clase emblema del régimen chavista), tiene en lo político los mismos valores utilitarios de siempre, exacerbados en tiempos de bonanza petrolera, y los mismos problemas, fundamentalmente originados por la desesperación económica y el autismo del poder.

Ambición económica y miseria juegan un ajedrez maníaco, infantil. Por más que intente hacerle contrapeso al utilitarismo con las más fosilizadas creencias, convicciones, supersticiones y dogmas, Chávez no hace sino hacerle juego a ese estado de cosas nacional. Venezuela es ahora el país de los funcionarios hummeristas, que no son humoristas, aunque den risa, ni homéricos, porque en el olimpo político hay un solo dios. En el Estado populista –que no lo inventó él, hay que decirlo-el Estado es más importante que la gente. En la República Bolivariana, Chávez es el Estado. Este ha sido el gran cambio: la hipertrofia del poder.

Una revolución de ideas fósiles y fusiles. Cosas como esta contribuyen a desgastar el concepto ya insignificante, banal, de revolución. De ese concepto Chávez aspira legitimidad política y a menudo la obtiene, y por eso lo ha convertido en una especie de mercancia totalitaria. La triste historia es que hay gente, aparentemente no necesitada de cuentos de hadas, dispuesta a abrazar un régimen, por desalmado que sea, con tal que se declare de izquierdas. Algunos, en lugar de una barbie o una four-wheel drive, prefieren una revolution. La izquierda fósil ama los fusiles.

Ni convivencia crítica ni transformaciones heroicas, ni tolerancia buscada ni amores sociales obligatorios, el régimen ha encumbrado el odio como virtud política. No mucho que ver ya con el circunstancial resentimiento social, hijo de las desigualdades y de la incapacidad de una sociedad para resolverlas, sino el odio político, el odio desde el poder, el odio como propaganda y manipulación. El odio como fe.

Noche política, tiempos de sombras para la convivencia venezolana. No sólo desde las instituciones del Estado sino desde el crimen y el narcotráfico. Venezuela conjuga hipertrofia del poder y desgobierno. El país es ancho y rico, pero las zonas de convivencia son escasas, las perspectivas humanas en general son pobres. Si no es la inseguridad, es el Estado. Hay listas sistematizadas para prohibir la entrada de gente sospechosa de estar en contra del régimen en las instituciones del Estado, por modesto que sea el cargo. Hay calles -unas más que otras, pero todas en alguna proporción- donde todo venezolano está en la lista. El país se está yendo por la letrina.

Cuando el encarcelamiento por corrupción de Carlos Andrés Pérez, después de un juicio llevado a cabo por el fiscal Escovar Salom, Ibsen Martínez escribió: "Está bien, el peor de los venezolanos está en la cárcel. Pero ¿quién le dicta auto de detención al inconsciente colectivo?" Es cierto que el famoso inconsciente colectivo ha seguido su vía corrupta, hasta llegar a proporciones que asustarían al mismísimo Jung. Pero la descomunal corrupción y la obvia incapacidad no son lo más sombrío y desalentador en estos momentos venezolanos. Podríamos decir, parafraseando a Ibsen: está bien, el elegido de los venezolanos está en el poder, pero ¿quién defiende la convivencia cuando se la somete al capricho de un payaso autoritario, con perdón de los payasos?

Un hombre gobierna Venezuela frente al espejo. Su sombra se llama esterilidad.

Publicado en El tono de la voz.