A
veces se dice -como quien recita un himno secreto- que Venezuela es
un país melodramático. Nuestras ilusiones más populares o
integradoras -junto al whisky, el culto a Bolívar y el béisbol- son
las telenovelas, las fiestas de la Virgen y los concursos de belleza.
Se acepta menos que el melodrama y la misma religiosidad son formas
de sentir e imaginar la política, que en el culto oficial al Padre
de la Patria hay un elemento nada desdeñable
de cursilería y fe. Estamos tan marcados por una idea legalista del
poder, que a menudo no nos damos cuenta de en qué medida está
impregnado por un imaginario sentimental.
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Quizá
una de las claves del chavismo, y de paso de buena parte de la
tradición política latinoamericana, es la forma como el caudillo ha
conquistado los amores de la patria. Una cierta familiaridad
folklórica con el melodrama me permitirá tramar una historia más
bien convencional pero de ninguna manera indiferente. Aquí la
sinopsis sin comerciales.
Durante
cuarenta largos años, la patria -después de una sufrida historia
de militarismo conyugal- comenzó a actuar de forma algo ligera de
cascos: diez años con uno, cinco con otro. Se comportaba, ay, como
una alegre divorciada. A la dama, más irresponsable que libre, cada
vez le interesaba menos, si alguna vez le interesó, el calado
intelectual, ético o siquiera ideológico de sus pretendientes. Lo
importante era que los enamorados respetaran su decisión. Le daba
igual si eran socialcristianos o socialdemócratas, de izquierda o
derecha, oratorios o dicharacheros, con tal de que no le recordaran
su pasado cuartelario. Lo que le interesaba era ser halagada, en el
mejor sentido imaginable por el melodrama: se la convirtió en diosa
y se le prometió dinero. Los galanes tenían, sí, que parecer
sinceros y honestos. Parecerlo en la invitación, no tanto serlo a
la hora de los cocteles. Contrario a los romances de las
telenovelas, todo fue de mal en peor. Su descontento se hizo rictus.
Empezó
a esperar un mesías: a la patria había que salvarla. Un cierto
galán consultó todos los oráculos y las voces le colmaron el
pecho de augurios. No intentó en un principio persuadirla, ni
siquiera seducirla, sino actuar en su nombre. Fue el agresivo
defensor de una humillada doncella que nunca había sabido bien qué
quería. De hecho, no había sido del todo explorada: indagación
que el galán se sentía llamado a acometer. Lo curioso es que su agresiva defensa surtió un efecto mágico: la doncella malograda
se enamoró del inocente justiciero. Pasan algunos años. Comienza
la historia.
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Decía
el ensayista Denis de Rougemont a propósito de las ideologías
totalitarias del siglo XX: “Todo lo que la nación totalitaria
niega a los individuos aislados, lo transfiere a la nación
personificada. Es la Nación (o el Partido) la que tiene pasiones”.
Pocos venezolanos objetarán ese protagonismo de la Nación
(disfrazada de Pueblo y siempre con vociferantes mayúsculas) en estos últimos
años. Ya ni siquiera se corre el riesgo de representar a un país:
ya el país nos representa sin permiso.
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No
hay que desconocer del todo al patético energúmeno presidencial
cuando promete amor después de perorar odio. La telenovela se ha convertido en telepolítica sin dejar
de ser melodrama, aunque no solo de amor.
En
las películas de gángsters el melodrama se funda en el odio, aunque
nunca el amor esté lejos. Es un género donde lo sentimental
-afectos y rencores-se lo lleva casi todo. En ellas se encuentra todo
lo mencionado: violencia, romance, culto al líder, dinero, mofa y
corrupción de la ley, prostitución de lujo y de necesidad. Una vena
de filantropía surte el corazón del gángster, aunque el mundo esté
lleno, sobre todo, de enemigos.
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Que
el bolivarianismo sea una historia de patriótico amor gangsteril le
pone ketchup al melodrama político y habla de una muy mal resuelta
atracción nacional por el patán. ¿Quién no sabe que los gangsters también tienen corazón? El gobierno bolivariano ha sido
desde el principio una estafa tan sentimental como política. Venezuela está en la ruleta.