Una amiga me prestó un libro sobre la literatura argentina de la dictadura. Lo compró en Buenos Aires y la edición- de encuadernación endeble y papel taciturno- trae en la portada una máquina de escribir amarrada. Mi amiga me lo ofreció después de haberle yo comentado algunas lecturas argentinas recientes.
Entre los textos del volumen hay uno del recién fallecido Tomás Eloy Martínez. Su texto, tal vez el más revelador del conjunto, se titula "El lenguaje de la inexistencia”. Es un documento aterrador. Para comunicarse con parientes y amigos durante la dictadura, el periodista tenía que cambiarse el nombre o enmascararlo hasta lo irreconocible. Sus libros estaban prohibidos y algunos textos suyos -como un artículo sobre Victoria Ocampo y una entrevista a Perón- fueron expropiados por autores del régimen. Había comenzado su vida de fantasma.
Sobre esa fantasmagoría reflexionaba: “Los argentinos terminamos por resignarnos a los malos entendidos, por hacer de la representación nuestro estilo de vida, por fingir una realidad que no era la Realidad”. Para ilustrar su pensamiento, ay, acude a un cuento. La historia del emperador chino Qin Shi Huangdi, que “anuló la realidad y la sustituyó por la representación de la realidad”. Para Martínez, Argentina se había convertido en un país de máscaras macabras.
Tomás Eloy Martínez pasó en Venezuela aquellos años de exilio o de inexistencia, tiempo en que fraguó su excelente Lugar común la muerte. En Caracas, con libertad, Martínez escribía sobre fantasmas de carne y hueso, seres borrados o exiliados o escamoteados de las páginas patrias.
Treinta años después esos fantasmas reviven en Venezuela. Los venezolanos vivimos no solo entre malos entendidos programáticos sino bajo el escarnio del poder. Los uniformes y los eslóganes han ocupado el lugar de los rostros y las ideas. Nuestro lugar común es el mismo descrito por Tomás Eloy Martínez. El fantasma del emperador Qin Shi Huangdi ha vuelto.
Entre los textos del volumen hay uno del recién fallecido Tomás Eloy Martínez. Su texto, tal vez el más revelador del conjunto, se titula "El lenguaje de la inexistencia”. Es un documento aterrador. Para comunicarse con parientes y amigos durante la dictadura, el periodista tenía que cambiarse el nombre o enmascararlo hasta lo irreconocible. Sus libros estaban prohibidos y algunos textos suyos -como un artículo sobre Victoria Ocampo y una entrevista a Perón- fueron expropiados por autores del régimen. Había comenzado su vida de fantasma.
Sobre esa fantasmagoría reflexionaba: “Los argentinos terminamos por resignarnos a los malos entendidos, por hacer de la representación nuestro estilo de vida, por fingir una realidad que no era la Realidad”. Para ilustrar su pensamiento, ay, acude a un cuento. La historia del emperador chino Qin Shi Huangdi, que “anuló la realidad y la sustituyó por la representación de la realidad”. Para Martínez, Argentina se había convertido en un país de máscaras macabras.
Tomás Eloy Martínez pasó en Venezuela aquellos años de exilio o de inexistencia, tiempo en que fraguó su excelente Lugar común la muerte. En Caracas, con libertad, Martínez escribía sobre fantasmas de carne y hueso, seres borrados o exiliados o escamoteados de las páginas patrias.
Treinta años después esos fantasmas reviven en Venezuela. Los venezolanos vivimos no solo entre malos entendidos programáticos sino bajo el escarnio del poder. Los uniformes y los eslóganes han ocupado el lugar de los rostros y las ideas. Nuestro lugar común es el mismo descrito por Tomás Eloy Martínez. El fantasma del emperador Qin Shi Huangdi ha vuelto.