martes, 12 de febrero de 2013

Fraude, locura y muerte

El último número de 2012 The Economist trajo un artículo sobre Gregor Macgregor, autor de lo que la revista británica llama el mayor fraude financiero de la historia. Es también un cuento de locura y muerte que podría dejar a Fitzcarraldo, aquel irlandés que soñó con crear una Casa de la Ópera en el Amazonas, como un mero, esforzado turista.

Para engatusar a sus víctimas propicias, Gregor Macgregor (nacido en Glengyle, Escocia, 1786) no se inventó una personalidad carismática como garantía de sus buenos oficios financieros o un esquema matemático infalible para escrutar los misterios del mercado. Macgregor se inventó un país. El ficcional Poyais estaba situado en la actual Honduras, en la franja que va del Río Negro al Mar Caribe, mejor conocida como la Costa de los Mosquitos.

Era, desde luego, una tierra de abundancia, cordialidad y cultura. Para prosperar, necesitaba solo mano de obra, trabajo, capital. Macgregor se encargó no solo de vender bonos cotizados en el mercado internacional (costaban lo mismo que los de otros países latinoamericanos, entonces en alza) sino que conminó a unos cuantos de sus compatriotas a poblarlo y colonizarlo. 250 tripulantes zarparon desde Londres y Leith hacia Poyais entre septiembre de 1822 y enero de 1823. No necesitaron más pruebas de la existencia del paradisíaco país que la palabra de un veterano de las guerras de Independencia suramericana que juraba ser un descendiente de una princesa Inca. La palabra, si se quiere, de un novelista impaciente. 

Las complicaciones no demoraron en aparecer. Primero, las financieras. Las dudas sobre la legitimidad de la deuda de los recién creados Estados latinoamericanos, los anuncios de Francia de deponer al gobierno español (entran en escena los Borbones) y la posibilidad de quiebra de la misma España, contribuyeron para que los bonos de Poyais, cuya venta habían convertido a MacGregor en uno de los hombres más ricos de las Islas Británicas, se desplomaran aparatosamente en poco tiempo.

De inmediato vinieron las complicaciones de poblamiento y colonización. Poyais era en realidad un pantanal escasamente habitado y desarrollado. Antes del gobierno británico enviar una misión marítima de rescate, un tercio de los nuevos poyenses había fallecido de malaria, fiebre amarilla y desnutrición.

Sus acreedores, principalmente en Londres, capital financiera del siglo XIX , no tardaron en descubrir la estafa. Macgregor no pudo pagar el dinero de vuelta. Intentó el mismo truco en París, donde consiguió vender bonos y persuadir a algunos futuros colonos. Al recibir las primeras solicitudes de pasaporte para aquel país fuera de los mapas convencionales, las autoridades francesas abrieron una investigación. Macgregor fue puesto en prisión.

Salió de la cárcel para regresar a Edimburgo, de donde prefirió emigrar. Entre todos los lugares, murió en Caracas en diciembre de 1845. No un lugar arbitrario: en Venezuela, en su juventud, había luchado al lado de Bolívar y su ejército republicano contra las tropas imperiales españolas, los ambiguamente llamados realistas. La realidad, no solo la realeza, fue enemiga constante de la vida y obra del Cacique escocés.

En São Paulo, delatado por mi acento hispánico, a menudo me preguntan de dónde soy. Un día de estos diré que vengo de Poyais.