Hace unas semanas, el economista José Guerra predecía
una nueva devaluación en Venezuela, acaso más drástica que la de comienzos de 2013. Describía así el estado de la cuestión: “Usualmente,
las devaluaciones en Venezuela están asociadas al financiamiento del déficit
fiscal por parte del gobierno, toda vez que la devaluación es un mecanismo
efectivo de extracción de recursos al sector privado por parte del monopolista
de las divisas, que en Venezuela es el Estado”. La devaluación –según el profético Guerra- será de 42%. La anterior fue de 32%.
Ahora bien, un Estado que puede prorrogar (a duras
penas) una devaluación tal tiene mucho de fraudulento. Se trata no
solo de un Estado que juega sucio (para mejor continuidad de su causa) sino económicamente despótico, sin reglas ni árbitros ni casi competidores. Un Estado para la propagación de la fe, que no puede decir que
está al borde de la quiebra, no sea que el enemigo se infatúe. Mucho menos reconocer que las razones de su endeudamiento –causa clave
de la devaluación y también de la inflación, la segunda más alta del mundo después de la devastada Siria- se deben a los proyectos
principales del gobierno: programas sociales sin fiscalización ni medida,
estatización total de la economía, costosa compra de lealtades, aislamiento comercial y político.
Venezuela como fantasía jesuita o es regresiva: un solo propietario, súbditos fieles y agradecidos, oro robado y en gran medida metafórico, rodilla en tierra contra el hereje. De fondo, fiador del experimento, un Imperio protector y vigilante. A la sombra, el ajetreo pecador de la picaresca.
Un ejemplo para el Otro Mundo.