jueves, 11 de febrero de 2016

Días para leer a Carroll

Mientras media São Paulo estaba en la playa, yo me quedé en casa leyendo a Lewis Carroll.

Qué mezcla: cuento de hadas angelical y diabólico juego matemático. O es al revés: diabólico cuento de hadas y desatada lógica patafísica.

Alice's adventures in wonderland es el más bizarro de los jardines ingleses. Ha dado sombra. Antes que Joyce, Nabokov y Cabrera Infante, hubo Lewis Carroll. Sin él, Ulises sería una prolija novela naturalista; Lolita, una salaz crónica roja; Tres tristes tigres, un ameno reportaje. Respect.

A su lado, los otros grandes novelistas del siglo XIX ¿no parecen un poco demasiado solemnes? Jane Austen está bien. Stendhal está muy bien. Flaubert está requetebién. Pero Carroll es ya otra cosa.

¿Por qué en las escuelas de Letras no hay más estatuas del Sombrerero Loco? ¿Estatuas, dije? Más bien estatuillas, miniaturas. Los personajes de Carroll son como juguetes imaginarios. Piezas de un ajedrez verbal y también delirante (no sin lírica: ver las deliciosas parodias de canciones populares inglesas que pueblan el libro).

Preguntas para pasar el rato: ¿quién era Alicia? ¿Quién la reina decapitadora? ¿Quién Carroll?

Las aventuras de Alicia coinciden con sus transformaciones. Primero se achica para seguir al apurado Conejo Blanco, luego se agranda hasta parecer una verdadera giganta, hasta encuentrar la justa medida para cada ocasión. Es así, podría decir Carroll con voz en off, como deben ser las cosas. Durante su sueño, ella misma es la primera sorprendida (casi siempre de forma reticente, nada eufórica) ante los extraordinarios eventos que ocurren ante su mirada. No por nada el verbo que más se repite en su periplo subterráneo es 'puzzle': extrañeza, perplejidad, sorpresa.

Y la reina, ¿dónde dejamos a la temible y mítica reina de corazones? Hay algo mecánico en todo lo que hace y dice: “¡Quítenle la cabeza!”, es su frase preferida (en realidad, casi la única). ¿En quién estaría pensando el clérigo Charles Lutwidge Dodgson, que así se llamó para la vida civil y tal vez doméstica nuestro Carroll? Lo primero que viene a la cabeza (si no perdida, al menos dislocada) es que Carroll le estaba mandando un mensajito nada subliminal a la reina Victoria (su semejante, su hermana). Lo curioso es que la reina, al final, no consigue decapitar a nadie. La violencia en Carroll es puramente ilusoria, reversible, casi iba a decir lúdica. No hay apenas moral, aunque sí agudeza, en sus muchas burlas.

Es curioso que los únicos personajes a los que la monarca manda ejecutar son su bobalicón marido y ...Alicia. Salvo al final, claro (y desde luego no lo tiene tan fácil, dadas las propiedades hechiceras que Alicia ha adquirido en el transcurso de su sueño).

Carroll fue la sutil respuesta victoriana al romanticismo. Ni trances, ni trastornos, ni grandes visiones: juego, humor, paradojas. También su toquecito de delirio. No la literatura de la representación, ni siquiera de la reflexión, sino del encantamiento.

Tal vez por eso los contemporáneos a los que más se me parece no son poetas ni novelistas sino exploradores, arqueólogos, viajeros al fin del mundo y del tiempo. Pienso en Sir Arthur Evans, descubridor del palacio del rey Minos en Cnosos, Creta (sede de la primera gran cultura europea, siglos anterior a Homero). ¿Cómo se leerían el uno al otro? ¿Hablarían quizá del hilo de Alicia y de las aventuras de Ariadna? 

Tal vez Carroll le habría contado la historia del rey que sueña. Dos personajes conversan. Uno pregunta retóricamente cuál es el personaje de su sueño. El otro responde categórico: “Nadie sabe”. No tan rápido, amigo: “Sueña contigo. Y si dejase de soñar, ¿qué sería de ti?”. El otro lo reconoce: “No sé”. Para terminar en esta sentencia casi borgiana: “Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si ese Rey despertase, tú te apagarías vuelto una vela”.

A lo que el coro diría: wow, wow, wow.