Mientras
media São Paulo estaba en la playa, yo me quedé en casa leyendo a
Lewis Carroll.
Qué
mezcla: cuento de hadas angelical y diabólico juego matemático. O
es al revés: diabólico cuento de hadas y desatada lógica
patafísica.
Alice's
adventures in wonderland es
el más bizarro de los jardines ingleses. Ha dado sombra. Antes que
Joyce, Nabokov y Cabrera Infante, hubo Lewis Carroll. Sin él, Ulises
sería
una prolija novela naturalista; Lolita,
una
salaz crónica roja; Tres
tristes tigres,
un ameno reportaje. Respect.
A
su lado, los otros grandes novelistas del siglo XIX ¿no
parecen un poco demasiado solemnes?
Jane
Austen está bien. Stendhal está muy bien. Flaubert está
requetebién. Pero Carroll es ya otra cosa.
¿Por
qué en las escuelas de Letras no hay más estatuas del Sombrerero
Loco? ¿Estatuas, dije? Más bien estatuillas, miniaturas. Los
personajes de Carroll son como juguetes imaginarios. Piezas de un
ajedrez verbal y también delirante (no sin lírica: ver las
deliciosas parodias de canciones populares inglesas que pueblan el
libro).
Preguntas
para pasar el rato: ¿quién era Alicia? ¿Quién la reina
decapitadora? ¿Quién Carroll?
Las
aventuras de Alicia coinciden con sus transformaciones. Primero se
achica para seguir al apurado Conejo Blanco, luego se agranda hasta
parecer una verdadera giganta, hasta encuentrar la justa medida
para cada ocasión. Es así, podría decir Carroll con voz en off, como
deben ser las cosas. Durante su sueño, ella misma es la
primera sorprendida (casi siempre de forma reticente, nada eufórica)
ante los extraordinarios eventos que ocurren ante su mirada. No por
nada el verbo que más se repite en su periplo subterráneo es
'puzzle': extrañeza, perplejidad, sorpresa.
Y
la reina, ¿dónde dejamos a la temible y mítica reina de corazones?
Hay algo mecánico en todo lo que hace y dice: “¡Quítenle la
cabeza!”, es su frase preferida (en realidad, casi la única). ¿En
quién estaría pensando el clérigo Charles Lutwidge Dodgson, que así
se llamó para la vida civil y tal vez doméstica nuestro Carroll?
Lo primero que viene a la cabeza (si no perdida, al menos dislocada) es que Carroll le estaba mandando un mensajito nada
subliminal a la reina Victoria (su semejante, su hermana). Lo curioso
es que la reina, al final, no consigue decapitar a nadie. La violencia en
Carroll es puramente ilusoria, reversible, casi iba a decir lúdica.
No hay apenas moral, aunque sí agudeza, en sus muchas burlas.
Es curioso que los
únicos personajes a los que la monarca manda ejecutar son su
bobalicón marido y ...Alicia. Salvo al final, claro (y desde luego
no lo tiene tan fácil, dadas las propiedades hechiceras que Alicia
ha adquirido en el transcurso de su sueño).
Carroll fue la sutil respuesta victoriana al romanticismo. Ni trances, ni trastornos, ni grandes visiones: juego, humor, paradojas. También su toquecito de delirio. No la literatura de la representación, ni siquiera de la reflexión, sino del encantamiento.
Carroll fue la sutil respuesta victoriana al romanticismo. Ni trances, ni trastornos, ni grandes visiones: juego, humor, paradojas. También su toquecito de delirio. No la literatura de la representación, ni siquiera de la reflexión, sino del encantamiento.
Tal
vez por eso los contemporáneos a los que más se me parece no son
poetas ni novelistas sino exploradores, arqueólogos, viajeros al fin
del mundo y del tiempo. Pienso en Sir Arthur Evans, descubridor del
palacio del rey Minos en Cnosos, Creta (sede de la primera gran cultura europea, siglos anterior a Homero).
¿Cómo se leerían el uno al otro? ¿Hablarían quizá del hilo de
Alicia y de las aventuras de Ariadna?
Tal
vez Carroll le habría contado la historia del rey que sueña. Dos
personajes conversan. Uno
pregunta retóricamente cuál es el personaje de su sueño. El otro
responde categórico: “Nadie sabe”. No tan rápido, amigo: “Sueña
contigo. Y si dejase de soñar, ¿qué sería de ti?”. El otro lo
reconoce: “No sé”. Para terminar en esta sentencia casi
borgiana: “Desaparecerías. Eres una figura de su sueño. Si ese
Rey despertase, tú te apagarías vuelto una vela”.
A
lo que el coro diría: wow, wow, wow.