Estos
días en São Paulo: un carnaval callejero lleno de color y belleza y civilidad. Al parecer menos desbocado que el de Río, pero una
bocanada de alegría en estos tiempos brasileños de recesión
económica, inercia política y figurones en el banquillo.
Como saben o sospechan algunos amigos, mis primeras noticias de Brasil fueron musicales. En Caracas, estando en la universidad, escuché extasiado los discos de João Gilberto con Stan Getz y Astrud Gilberto. Era una música amorosa sin ser cursi, flirteaba con el jazz hasta los besuqueos más lascivos, y tenía un humor tan leve como el andar de una muchacha caminho do mar. En el bossa nova -pronto me di cuenta- se podía hablar de los amores más descalabrados o evocar las melancolías del trópico con una sonrisa en la cara. Todo aquello era un pretexto para el más pleno regocijo sonoro o es poético.
Cómo nos acompaña la música: de un lugar a otro, de un amor a otro (o no), de un tiempo a otro, como un hilo de un laberinto del que no siempre queremos salir. Los lugares donde la encontramos, por cierto, pueden llevarnos adonde menos lo esperamos.
No mucho tiempo después de mis primeros encuentros caraqueños con el bossa nova, viviendo en Amsterdam, entré a una tienda de discos. Tras mucho husmear, escuchar y dudar, terminé llevándome un disco antológico de Caetano Veloso. Fue un hallazgo (y tuvo consecuencias).
Aquel disco de hecho me cambió la vida o al menos el rumbo, no sin intervención del azar. Era música brasileña lo que sonaba en el bar, en otra ciudad europea, donde conocería a la mujer que fue mi pareja por varios años.
Fue así que vine a Brasil por primera vez y me fui familiarizando con la música del país. Comenzaron otras devociones.
Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero me acordé de aquel encuentro, de aquellos encuentros, mientras asistía a uno de los blocos del Carnaval de São Paulo.
Una música además (esto lo saben bien los publicistas de Youtube) conduce a otras. Una de las canciones de aquel disco antológico que compré en Amsterdam pertenece a Muitos carnavais. Le he sacado brillo estos días. Están allí varios géneros asociados al carnaval brasileño: marchinhas, frevos, sambas. Lo que Caetano hizo con ese material popular es simplemente fantástico (en portugués, fantasia es también disfraz o máscara, y hay algo barroco en Caetano, sin dejar de ser pop). Se escuchan sarcasmos levemente jazzeados, juguetones malabarismos fonéticos, una cauta contención después del jolgorio y una alegría que lo impregna todo. Una alegría por nada, por todo, por el cuerpo, por el alma, por el calor, por qué no, por nada otra vez...
Es la fórmula patafísica del carnaval, si me apuran.
Como saben o sospechan algunos amigos, mis primeras noticias de Brasil fueron musicales. En Caracas, estando en la universidad, escuché extasiado los discos de João Gilberto con Stan Getz y Astrud Gilberto. Era una música amorosa sin ser cursi, flirteaba con el jazz hasta los besuqueos más lascivos, y tenía un humor tan leve como el andar de una muchacha caminho do mar. En el bossa nova -pronto me di cuenta- se podía hablar de los amores más descalabrados o evocar las melancolías del trópico con una sonrisa en la cara. Todo aquello era un pretexto para el más pleno regocijo sonoro o es poético.
Cómo nos acompaña la música: de un lugar a otro, de un amor a otro (o no), de un tiempo a otro, como un hilo de un laberinto del que no siempre queremos salir. Los lugares donde la encontramos, por cierto, pueden llevarnos adonde menos lo esperamos.
No mucho tiempo después de mis primeros encuentros caraqueños con el bossa nova, viviendo en Amsterdam, entré a una tienda de discos. Tras mucho husmear, escuchar y dudar, terminé llevándome un disco antológico de Caetano Veloso. Fue un hallazgo (y tuvo consecuencias).
Aquel disco de hecho me cambió la vida o al menos el rumbo, no sin intervención del azar. Era música brasileña lo que sonaba en el bar, en otra ciudad europea, donde conocería a la mujer que fue mi pareja por varios años.
Fue así que vine a Brasil por primera vez y me fui familiarizando con la música del país. Comenzaron otras devociones.
Muchas cosas han cambiado desde entonces, pero me acordé de aquel encuentro, de aquellos encuentros, mientras asistía a uno de los blocos del Carnaval de São Paulo.
Una música además (esto lo saben bien los publicistas de Youtube) conduce a otras. Una de las canciones de aquel disco antológico que compré en Amsterdam pertenece a Muitos carnavais. Le he sacado brillo estos días. Están allí varios géneros asociados al carnaval brasileño: marchinhas, frevos, sambas. Lo que Caetano hizo con ese material popular es simplemente fantástico (en portugués, fantasia es también disfraz o máscara, y hay algo barroco en Caetano, sin dejar de ser pop). Se escuchan sarcasmos levemente jazzeados, juguetones malabarismos fonéticos, una cauta contención después del jolgorio y una alegría que lo impregna todo. Una alegría por nada, por todo, por el cuerpo, por el alma, por el calor, por qué no, por nada otra vez...
Es la fórmula patafísica del carnaval, si me apuran.