Moisés
Naím dijo unas cuantas verdades en el Hay Festival de Cartagena. La
primera de la que tuve noticia
fue
su respuesta al economista Piketty a propósito de Venezuela. En una
entrevista en vivo con el autor de El
capital en siglo XXI y
el economista surcoreano Ha Joon-Chang, a la vez respetuosa e
incisiva, Naím le recordó a este último sus encendidos elogios al
gobierno ecuatoriano, al que Chang reconocía “un inusual liderazgo
intelectual”, junto con su defensa por los derechos humanos, un
acertado criterio de retridisbución económica y su protección del
medio ambiente. Naím le preguntó si sabía que Ecuador tenía una
política especialmente dura con los medios de comunicación. Chang,
de piernas cruzadas, matizó su entusiasmo, diciendo que Ecuador le
parecía excelente en comparación con lo que había antes (mencionó
como ejemplo, de forma casi inverosímil, su apoyo a los indígenas).
Algo exasperado ante tanta ceguera ideológica, Naím le preguntó si
Argentina (la de los Kirchner), Ecuador y Venezuela eran países que
valía la pena tomar como ejemplos. “Sí, sí”, dijo el impasible
Chang, para compararlos elogiosamente...con México.
Fue
cuando Piketty asumió el papel de entrevistador.
Piketty
dio su versión de la historia reciente venezolana. No era que antes
de Chávez el
gobierno utilizara
de forma increíblemente productiva los ingresos petroleros. Con
Chávez la gente había comenzado a ver un poco de dinero, de forma
más concreta. La pregunta de Piketty era casi una autoparodia: no
sobre la desastrosa situación actual del país sino sobre sus
antiguas élites.
Naím
respondió con elegancia pero con firmeza: “Lo único que puedo
decirte es que en 2016 Venezuela enfrentará el más horrible
desastre humanitario. La suma de pobreza, dolor y sufrimiento no ha
sido visto nunca en América Latina”. Lo que importaba no eran las
intenciones sino los resultados, y las políticas venezolanas se han
mostrado totalmente insustentables.
Tras
una pausa y los aplausos de una parte del público, Piketty siguió
con lo suyo: el supuesto modelo elitista venezolano. “¿Por qué no
había funcionado antes y por qué ahora sí?”, quiso saber. Fue
cuando Naím, que no quería que el tema venezolano ocupara el centro
de su entrevista, subió un poco el tono. Venezuela -dijo- está a
punto de ser un Estado fallido. Antes los Estados fallidos eran
pequeños países. Bueno, en 2016 un país nada pequeño, con más de
30 millones de habitantes, con las mayores reservas de petróleo del
mundo, será un Estado fallido. “Y ese es un legado de las
políticas que algunos de ustedes admiran”. Jaque mate.
(A
propósito de élites, el chavismo creó una nueva, la famosa
boliburguesía, no menos sino bastante más corrupta que la anterior.
Hay nombres).
Todavía
en Cartagena, Naím conversó con el periodista Ricardo Ávila acerca
de su libro Repensando
el mundo. Allí discurre
sobre su periplo personal y la política del mundo, con propiedad y
sagacidad -ahora sí- inusual.
A
mitad de la entrevista, Avila le preguntó por uno de los temas del
libro. Se trata de la necrofilia ideológica. Pero, ¿qué
es la necrofilia ideológica? Naím lo resumió de forma contundente:
“Es el amor apasionado por ideas muertas”. Las hay a la derecha y
a la izquierda, en el sector privado... Tal vez queriendo sacarse una
espina intelectual y también moral, Naím dijo que en la entrevista
que le realizó a Piketty y Chang había sentido una atmósfera de
necrofilia ideológica. Otro jaque (aunque esta vez, me parece, no
mate).
Naím
considera “muertas” aquellas ideas que han sido puestas en
práctica de forma desastrosa, con consecuencias probadas de miseria
o terror. Son ideas que no han pasado la prueba de algodón de la
historia, demostrando su talante despótico o antidemocrático,
asesino o enceguecedor, inmune o ajeno a la realidad.
Pero, ¿están realmente
muertas?
Mi
impresión es que son más mortíferas que muertas. Más ídolos que
ideas, de hecho, ídolos travestidos de ideas, si me apuran, tocados
por una mágica invulnerabilidad a la crítica o a la simple
consideración (y desconsideración) humana. En el imaginario de sus
creyentes, es piadoso decirlo, no están en absoluto muertas (aunque
no siempre han estado vivas). Las ideologías como sucedáneos
racionales (o simplemente desfachatados) de la religión.
Fantasías
de omnipotencia aparte, su impulso obedece tal vez a aquello que
George Steiner llamó nostalgia del absoluto. Debilitadas las
religiones, idos o escondidos los dioses, quedan las ideas. Es así
como se cree en el paraíso, ya no en el cielo sino en la tierra (no
sin la punición de muchos en las pailas más tortuosas del infierno,
perdón, de la cárcel). O en la comunidad pura, buena y devota,
ultrajada por los bárbaros o los infieles o los herejes (Donald
Trump los reduce a mexicanos y musulmanes). O en la armonía de las
esferas, decretada para beneficio de los mortales por la providencia,
a la que a veces le da por redactar leyes de la historia, otras del
mercado y siempre de la naturaleza. El culto a los muertos, demasiado
a menudo, se seculariza en culto al héroe.
Algunos,
hay que decirlo, adoran ideas mortíferas por lo que son:
legitimaciones del poder por la gracia divina. No son nuevos los
ídolos sangrientos, ni los devotos que los avalan. Ciertos ídolos,
por lo demás, no piden solo sangre sino conciencias, almas, dinero.
¿No
dejó dicho alguien que dios había muerto? Yo iría con menos prisa.