Los espejos, el doble y la obscena multiplicación de lo deforme son su tema eterno, y junto a los dobles malvados, a los monstruos repetidos, a los doppelgangeren, aparecen los niños (o las niñas, para tener la exactitud que siempre reclamaba), inocentes, atrapados por las variadas formas del mal, sometidos a las más atroces torturas, víctimas de complots sin fin, aunque siempre indemnes gracias a la inocencia que es un ángel de la guarda que nunca duerme, y finalmente liberados de las pesadillas por un gesto rebelde que convoca el dulce despertar a la protectora realidad cotidiana.
-GCI, "Centenario en el espejo", O (1968).