Como
en varias películas de Abbas Kiarostami, como en El
globo blanco
de
Jafar Panahi, los protagonistas de Las
tortugas también vuelan
son
niños. ¿Héroes en una sociedad vetusta y arrasada por la
violencia? Los protagonistas de Las tortugas también vuelan están
llenos de defectos y patologías. Desmembrados o dejados huérfanos
por una mina, las viejas minas de Saddam Hussein o las nuevas del
ejército norteamericano, son también orgullosos, avispados y
sentimentales. La única muchacha es una adolescente violada por las
huestes del derrocado dictador. El fruto de la violación es un hijo
ciego, que gimotea siempre, como llora el amigo de Satélite, el
líder del grupo. Ella es grave, silenciosa, bella y huye del
imposible amor del pobre Satélite, experto en cosas tecnológicas,
pichón de traductor, americanófilo adolescente, yendo y viniendo
por las colinas con un entusiasmo casi increíble, poco menos que un
tesoro en aquel campo de muerte.
Hay tanto dolor en Las tortugas también vuelan, y tanta belleza, que uno se asombra por igual de su falta de patetismo, de la riqueza de sus personajes y de su trama. Ghobadi no renuncia a nada: ni a la crónica política, ni al lirismo con humor ni a la narración iniciática. La película trata de los habitantes de un campo de refugiados kurdo antes de la segunda guerra de Irak. Ghobadi no hace del infortunio un alegato victimista ni una crítica resentida sino una trama tan contundente como rica en detalles. El escenario: un refugio en medio de la nada, un territorio de hierro, minas, alambres y desolación. Una frontera que es algo más que una anécdota. El ruido de fondo es el de la metralla y los aviones de guerra.
Al comienzo alguien (un viejo) maldice a Saddam. Es el único en hacerlo. Los niños nunca maldicen. No blasfeman, pero uno de ellos, el hermano de la única muchacha, tiene visiones, siempre desastrosas. La otra cara es la indiferencia, ni amable ni odiosa, de los soldados norteamericanos ante las pequeñas historias de aquel albergue forzoso.
No asombra que entre tanta sangre, desmembramiento, indiferencia y coraza, las pocas ilusiones se evaporen con discreta impaciencia. Uno no sólo se apiada y a veces se ríe con ellos: se admira de la increíble madurez de esos muchachitos para afrontar la adversidad.
Los niños de Ghobadi acomodan antenas destartaladas en una colina para enterarse de lo que ocurre alrededor. Están llamados a vivir una vida de adultos, por no decir de pesadilla, con sus responsabilidades, errores y fracasos. Son ellos -con su sentido trágico, sus ideales ingenuos, sus pequeños amores- el oasis en una tierra de devastaciones y violencia. Qué habrá sido de ellos.
Hay tanto dolor en Las tortugas también vuelan, y tanta belleza, que uno se asombra por igual de su falta de patetismo, de la riqueza de sus personajes y de su trama. Ghobadi no renuncia a nada: ni a la crónica política, ni al lirismo con humor ni a la narración iniciática. La película trata de los habitantes de un campo de refugiados kurdo antes de la segunda guerra de Irak. Ghobadi no hace del infortunio un alegato victimista ni una crítica resentida sino una trama tan contundente como rica en detalles. El escenario: un refugio en medio de la nada, un territorio de hierro, minas, alambres y desolación. Una frontera que es algo más que una anécdota. El ruido de fondo es el de la metralla y los aviones de guerra.
Al comienzo alguien (un viejo) maldice a Saddam. Es el único en hacerlo. Los niños nunca maldicen. No blasfeman, pero uno de ellos, el hermano de la única muchacha, tiene visiones, siempre desastrosas. La otra cara es la indiferencia, ni amable ni odiosa, de los soldados norteamericanos ante las pequeñas historias de aquel albergue forzoso.
No asombra que entre tanta sangre, desmembramiento, indiferencia y coraza, las pocas ilusiones se evaporen con discreta impaciencia. Uno no sólo se apiada y a veces se ríe con ellos: se admira de la increíble madurez de esos muchachitos para afrontar la adversidad.
Los niños de Ghobadi acomodan antenas destartaladas en una colina para enterarse de lo que ocurre alrededor. Están llamados a vivir una vida de adultos, por no decir de pesadilla, con sus responsabilidades, errores y fracasos. Son ellos -con su sentido trágico, sus ideales ingenuos, sus pequeños amores- el oasis en una tierra de devastaciones y violencia. Qué habrá sido de ellos.