
De
los escritores ministeriales (o panfletarios o políticamente
comprometidos) del siglo XX inglés, George Orwell es quizá el más
famoso. Quien se acerque a las miserias de ese siglo nada avaro en
ellas, lo encontrará. Lidiando con el toro o con el todo, vaya usted
a saber.
Leo-
en la agradable y estimulante colección Great Ideas de Penguin- las
crónicas recogidas en Why
I write.
Parte de su interés es documental. Orwell fue un testigo crítico de
primera línea. Leerlo es consultar a un meteorólogo moral de su
tiempo. Puede, sí, que el mérito de este volumen sea menor en
comparación con sus temas. Aunque, como se ha dicho, "Una
ejecución" (crónica de la Birmania colonial, donde trabajó
como policía a sus veinte años) es un texto magnífico, donde la
afilada indignación orwelliana se hace todavía más sobria y, por
ello, más eficaz.
Me
parece que "El león y el unicornio" (1940), el más
extenso y combativo de los textos aquí reunidos, hubiera quedado
mejor como título, es decir, como divisa. Es una crónica política
de una humanidad, una lucidez y una valentía todavía conmovedoras.
Escrito bajo los bombardeos alemanes, Orwell da cuenta de las
venturas y miserias de la vida inglesa, en especial la política.
Orwell es de esos escritores que mira directo a los ojos. No
glorifica ni ningunea, tampoco fantasea o seduce: comparte, discute,
propone. Confronta a sus nada irreales adversarios (los de la Europa
democrática: el fascismo y el comunismo), para terminar esbozando un
algo esquemático programa social. Inglaterra -pensaba-podía perder
la guerra, en parte por la irresponsabilidad y ceguera de su clase
dirigente, entre quienes había gente que "ni siquiera se había
enterado de que Hitler era peligroso", pero no perdería (era su
convicción) el desprecio por los uniformes, el atolondramiento, la
cordialidad, la hipocresía, el respeto por la ley, el gusto por los
budines y el cielo brumoso. Eso sin dejar de marcar distancia con los
conservadores y los filthy
rich del
patio: hasta 1939, a sabiendas de que la guerra se decretaría en
pocas semanas, muchos comerciantes ingleses hicieron tratos con
la díscola
pero solvente Alemania.
Antes de Churchill-escribió- los tories ayudaron
a Franco a derrocar al gobierno republicano. De los herederos del
poder económico británico, Orwell no tenía mejor opinión: "Sólo
cuando su dinero y poder hayan desaparecido, los más jóvenes entre
ellos comenzarán a comprender en qué siglo están viviendo".
Orwell
fue tan soltero ideológicamente como en su vida personal (se casó
con Sonia Bronwell, su albacea literaria, tres meses antes de morir:
una manera de no casarse). Tuvo, sí, un atormentado romance con una
forma más bien libertaria de socialismo. Su enamoramiento es a la
vez sensible y sensato: apuesta por la economía planificada pero
anuncia que, en el deseable caso de que el socialismo llegara para
quedarse en el Reino Unido, aboliría la Cámara de los Lores, pero
no la Monarquía. Ya no digamos asesinarla. Su socialismo no exigía
cadáveres ni presos como ofrenda pero sí impuestos. La brutalidad
no es mejor que la cobardía y la Marsellesa no iba a competir con el
God save the Queen, mucho menos remplazarlo. Eso sí: sin socialismo
no habría manera de ganar la guerra. Bajo las bombas, Orwell
mostraba una elegancia difícil: "Mientas escribo, gente
altamente civilizada vuela sobre mi cabeza, tratando de matarme".
No era, por cierto, mera paranoia.
Tal
vez el ensayo más influyente de este compendio es, con justicia, "La
política y la lengua inglesa" (1946). No es un análisis
filosófico sino una denuncia de la pobreza, la vaguedad y las lacras
del lenguaje político, mediático e intelectual de su tiempo, que no
es sino el abuelo del nuestro. Orwell no habló del lenguaje en
términos científicos ni demasiado estéticos, aunque la concisión
tiene en él un campeón. Prefirió -como en las gestas
medievales-personificar el lenguaje, para mejor darle carta de
ciudadanía y encararlo. Algo parecido hizo en "El león y el
unicornio" con la Inglaterra de sus tormentos. Señaló sus
llagas (las del lenguaje y también las de Inglaterra) como un médico
de familia al que se le va la vida en tratar al paciente. En un
tiempo de nieblas no sólo meteorológicas, pidió claridad (es
decir, sentido) a las palabras y a su marido cornudo, el pensamiento.
No era un llamado a la corrección política (esa peste
esterilizadora que fue de los primeros en diagnosticar) sino a la
lucidez, que en su caso era una forma exigente de sentido común.
También a la realidad, palabra que al contrario de Nabokov no
escribió entre comillas. Esa fue su limitación y su orgullo.
Una
frase duradera: "La ortodoxia, del color que sea, exige un
estilo imitativo y sin vida". Palabras vivas, ya lo creo.