jueves, 1 de octubre de 2009

Orwell



De los escritores ministeriales (o panfletarios o políticamente comprometidos) del siglo XX inglés, George Orwell es quizá el más famoso. Quien se acerque a las miserias de ese siglo nada avaro en ellas, lo encontrará. Lidiando con el toro o con el todo, vaya usted a saber.

Leo- en la agradable y estimulante colección Great Ideas de Penguin- las crónicas recogidas en Why I write. Parte de su interés es documental. Orwell fue un testigo crítico de primera línea. Leerlo es consultar a un meteorólogo moral de su tiempo. Puede, sí, que el mérito de este volumen sea menor en comparación con sus temas. Aunque, como se ha dicho, "Una ejecución" (crónica de la Birmania colonial, donde trabajó como policía a sus veinte años) es un texto magnífico, donde la afilada indignación orwelliana se hace todavía más sobria y, por ello, más eficaz.

Me parece que "El león y el unicornio" (1940), el más extenso y combativo de los textos aquí reunidos, hubiera quedado mejor como título, es decir, como divisa. Es una crónica política de una humanidad, una lucidez y una valentía todavía conmovedoras. Escrito bajo los bombardeos alemanes, Orwell da cuenta de las venturas y miserias de la vida inglesa, en especial la política. Orwell es de esos escritores que mira directo a los ojos. No glorifica ni ningunea, tampoco fantasea o seduce: comparte, discute, propone. Confronta a sus nada irreales adversarios (los de la Europa democrática: el fascismo y el comunismo), para terminar esbozando un algo esquemático programa social. Inglaterra -pensaba-podía perder la guerra, en parte por la irresponsabilidad y ceguera de su clase dirigente, entre quienes había gente que "ni siquiera se había enterado de que Hitler era peligroso", pero no perdería (era su convicción) el desprecio por los uniformes, el atolondramiento, la cordialidad, la hipocresía, el respeto por la ley, el gusto por los budines y el cielo brumoso. Eso sin dejar de marcar distancia con los conservadores y los filthy rich del patio: hasta 1939, a sabiendas de que la guerra se decretaría en pocas semanas, muchos comerciantes ingleses hicieron tratos con la díscola pero solvente Alemania. Antes de Churchill-escribió- los tories ayudaron a Franco a derrocar al gobierno republicano. De los herederos del poder económico británico, Orwell no tenía mejor opinión: "Sólo cuando su dinero y poder hayan desaparecido, los más jóvenes entre ellos comenzarán a comprender en qué siglo están viviendo".

Orwell fue tan soltero ideológicamente como en su vida personal (se casó con Sonia Bronwell, su albacea literaria, tres meses antes de morir: una manera de no casarse). Tuvo, sí, un atormentado romance con una forma más bien libertaria de socialismo. Su enamoramiento es a la vez sensible y sensato: apuesta por la economía planificada pero anuncia que, en el deseable caso de que el socialismo llegara para quedarse en el Reino Unido, aboliría la Cámara de los Lores, pero no la Monarquía. Ya no digamos asesinarla. Su socialismo no exigía cadáveres ni presos como ofrenda pero sí impuestos. La brutalidad no es mejor que la cobardía y la Marsellesa no iba a competir con el God save the Queen, mucho menos remplazarlo. Eso sí: sin socialismo no habría manera de ganar la guerra. Bajo las bombas, Orwell mostraba una elegancia difícil: "Mientas escribo, gente altamente civilizada vuela sobre mi cabeza, tratando de matarme". No era, por cierto, mera paranoia.

Tal vez el ensayo más influyente de este compendio es, con justicia, "La política y la lengua inglesa" (1946). No es un análisis filosófico sino una denuncia de la pobreza, la vaguedad y las lacras del lenguaje político, mediático e intelectual de su tiempo, que no es sino el abuelo del nuestro. Orwell no habló del lenguaje en términos científicos ni demasiado estéticos, aunque la concisión tiene en él un campeón. Prefirió -como en las gestas medievales-personificar el lenguaje, para mejor darle carta de ciudadanía y encararlo. Algo parecido hizo en "El león y el unicornio" con la Inglaterra de sus tormentos. Señaló sus llagas (las del lenguaje y también las de Inglaterra) como un médico de familia al que se le va la vida en tratar al paciente. En un tiempo de nieblas no sólo meteorológicas, pidió claridad (es decir, sentido) a las palabras y a su marido cornudo, el pensamiento. No era un llamado a la corrección política (esa peste esterilizadora que fue de los primeros en diagnosticar) sino a la lucidez, que en su caso era una forma exigente de sentido común. También a la realidad, palabra que al contrario de Nabokov no escribió entre comillas. Esa fue su limitación y su orgullo.

Una frase duradera: "La ortodoxia, del color que sea, exige un estilo imitativo y sin vida". Palabras vivas, ya lo creo.