sábado, 1 de junio de 2002

Pandillas de Nueva York



Dice Elias Canetti que el ansia de sobrevivir al enemigo es una de las formas más primitivas de poder. En Gangs of New York, la película de Martin Scorsese, vemos cómo la lucha por la sobrevivencia pasa por la aniquilación ritual del enemigo, cuya imagen termina por ser fundamental para instaurar la leyenda del triunfador y, de paso, lo irrevocable de su dominio.
Veo a Scorsese como uno de esos creadores cuyas visiones van de la mano del mito, y ya se sabe que su gran primera fascinación es Nueva York. No es el único (¿por qué habría de serlo?) pero tampoco el menos lúcido ni el menos creador de todos. Su testimonio cinematográfico no es el del testigo de tribunal-tan caro al mundo protestante, clamando justicia con un martillo en la mano- que quiere ver la desgracia y el castigo de los culpables, ni el del apóstol lírico de una ciudad-un mundo- con demasiada mierda como para ver sólo sus milagros. Pero el que Scorsese no mire a sus personajes como convictos o iluminados, no quiere decir que estos a su vez no tengan esas humanísimas fantasías. Estoy seguro que Scorsese tendría paciencia y ojos para escuchar y detectar a un teólogo en Nueva York. Es uno de los pocos que lo dejaría hablar sin llevarlo a la cárcel o al manicomio. O, lo cual es igual de extraño, sin identificarse con él.

El acusador con fantasías de pureza es precisamente el personaje principal de una de sus películas más memorables, Taxi driver. Allí vimos el deseo de limpiar la ciudad de sus bichos, de librarla de su suciedad. El ansia de aquel De Niro taxista era moralmente higiénico.No veía en los enfermos sino el mal, la enfermedad. Y la manera de curar a la ciudad de ese mal era matarlos a todos.

Esta vez se trata de una suerte de épica urbana, la de Nueva York a principios del siglo XIX, con sus desembarcos de inmigrantes, sus recelos “higiénicos”, sus pandillas. Cada pandilla tiene un slogan y unas ceremonias de amedrentamiento, así como cada secta suele tener un credo y unos rituales de comunión entre sus miembros. No poco significativo es que el comienzo sea un batir de tambores y un agite de cuchillos en una gruta. Nada más tribal, nada más “fundador”. No importa que ellos, católicos irlandeses, precisamente sean los perdedores.

El tema central de Gangs of New York es la violencia, como escenificación del odio y también como iniciación. No voy a caer en la tentación de contarla. Sólo digo que en ella el resentimiento, de entre todas las pasiones, es la que marca, con cruda y no por ello menos teatral ferocidad, estos destinos.

Al representar estas leyendas neoyorquinas, Scorsese toca la llaga de algunos de los valores sagrados estadounidenses. Casi todo lo representado aquí es visceral. El odio por los extranjeros lo es. La presencia extranjera es la imagen más familiar del mal, de lo contaminante. “Beware of foreign influence” era el lema de los nativos. Contra los irlandeses, los católicos y los negros. Pero ante todo: contra el que se opusiera a la voluntad del líder vencedor.

No menos brutal y significativo son las muchas imágenes de animales descuartizados, aunque la labor de carnicero no se limite a los pobres animales. El carnicero (Daniel Day-Lewis) aquí es un Fundador: el Líder, el mandamás. Lo bueno es que no da sermones ni se escuda tras la prédica del Bien Supremo. Le parece suficiente con asumir para sí el épico arte (¿o artesanía, dirían los puristas?) de la violencia. No hace nada por esconder sus bondadosas intenciones.

Algo que echamos de menos en este mundo es la intimidad, relegada al cuarto oscuro de las debilidades, al pudor de las cicatrices. Y dice algo el que la verdadera forma de intimidad amorosa en el film, entre Jenny (Cameron Diaz) y Amsterdam (Di Caprio), pase por el reconocimiento no sólo literal de sus mutuas cicatrices.

Es un elemento -la carne cruda, la violencia, el sacrificio- que aparece, esta vez con el mítico De Niro y el excelente Joe Pesci como protagonistas, en Raging Bull. Allí se cuenta la “biografía” del boxeador Jake LaMotta, toro rabioso, contada por sí mismo, pero vista con ese ojo de retina curtida de Scorsese, atenta al pathos de su personaje, pero sin la menor sombra de patetismo o cruda identificación. Es un mundo que ha Scorsese no le es ajeno, el de los inmigrantes italianos en Nueva York. LaMotta recibe golpes, los da, como si tratara de probar que puede resistir y que embiste como un toro. ¿“Cuál es la prueba, cuál es la prueba?”, le pregunta en un momento dado su hermano, a quien La Motta le ha pedido que lo golpee después de una derrota en el ring. El toro, como en muchos viejos mitos, como en la tauromaquia, es el animal del sacrificio. La Motta en cada pelea sale al muere.

De alguna forma los personajes de Gangs Of New York no han salido de esa Paradise Square donde ocurre la primera y la última batalla. La Plaza del Paraíso está llena de sangre y de furor guerrero. Las pandillas son uno de los planos morales de la ciudad. Para fortuna nuestra, la película de Scorsese no es una tesis ni una advertencia ni siquiera una opinión: es un cuento-magníficamente tramado-de Nueva York, no por parcial menos revelador y crítico de su destino no siempre manifiesto. Como si su director hubiera querido ver el origen de viejas heridas no siempre cicatrizadas.