En una librería
de libros usados de São Paulo, cerca de la Plaza de Sé, encontré un ejemplar de Invenciones de
papel, el primer libro de Eliot
Weinberger. Lo he estado leyendo. Sus temas: las fraudulentas y a veces ingeniosas
fantasías europeas sobre la India antes de 1492, la misión del jesuita Matteo
Ricci en la corte del emperador chino Wanli (Decimotercero de la Dinastía
Ming), la historia americana del ungido Chogyam Trungpa Rinpoche y su
incondicional escudero Allen Ginsberg, la comunidad educativa Black Mountain,
el régimen sangriento de Pol Pot, la vanguardia poética norteamericana y sus
demonios segregacionistas, entre otros ensayos sobre cuestiones políticas y
literarias.
Weinberger: un viajero que es también
un inventivo cartógrafo cultural, un perspicaz analista político, un explorador
de ruinas y un poeta. El traductor neoyorquino de
Octavio Paz.
Weinberger, sus vislumbres de Asia: un relato prolijamente fantástico, un obstáculo para la expansión de
la fe cristiana, un exotismo de museo, una sublimación autocrática y hasta fascista,
un capítulo elevadamente macabro de terror totalitario. Es también continente
de recurrentes fulgores verbales (China) y de mitologías reveladoras (India).
En su irónico compendio de fantasías
indias se unen la fulguración visionaria y lo risible: “En la India los pájaros y los
animales son completamente distintos a los nuestros, salvo uno: la codorniz”. Hay también deliciosas, muy familiares viñetas satíricas: “Y yo vi caminar a un rey: delante de él
iban dos hombres tocando sendas trompetas; detrás iban otros dos hombres son
una sombrilla de colores con las que lo protegían del sol; y a cada lado, un
panegirista, compitiendo ambos entre sí en la invención de elogios al rey”.
La India vista desde Europa fue sobre todo un
lugar mágico, el lugar de los mil tesoros, el mundo al derecho y al revés. El territorio, en una palabra, de la más radical extrañeza. No hay que olvidar que las mismas noticias legendarias serían
las que circularían sobre la ignota América. El mito antes que la historia, sí, pero
también la historia contra el mito.
Entra Matteo Ricci.
Así como otros misioneros jesuitas viajaban a reducir indios y apropiarse del oro americano, Ricci quería convertir nada menos que al emperador Wanli. Cuenta Weinberger: “Los jesuitas de Macao se habían hecho ricos con sus inversiones en el comercio de la seda entre Japón y China, comercio monopolizado por los portugueses, y ya habían demostrado ser muy útiles a los chinos pues hacían regresar a los esclavos huidos a la colonia desde el interior. En 1582, treinta años después de la muerte de san Francisco Xavier, gracias a la usual combinación de sobornos, favores y coacción, se les permitió establecerse en la propia China. Entre los pocos hombres que enviaron iba Matteo Ricci, quien había pasado cinco años en Goa y vivió los veintisiete años siguientes, hasta su muerte, en China”.
Entra Matteo Ricci.
Así como otros misioneros jesuitas viajaban a reducir indios y apropiarse del oro americano, Ricci quería convertir nada menos que al emperador Wanli. Cuenta Weinberger: “Los jesuitas de Macao se habían hecho ricos con sus inversiones en el comercio de la seda entre Japón y China, comercio monopolizado por los portugueses, y ya habían demostrado ser muy útiles a los chinos pues hacían regresar a los esclavos huidos a la colonia desde el interior. En 1582, treinta años después de la muerte de san Francisco Xavier, gracias a la usual combinación de sobornos, favores y coacción, se les permitió establecerse en la propia China. Entre los pocos hombres que enviaron iba Matteo Ricci, quien había pasado cinco años en Goa y vivió los veintisiete años siguientes, hasta su muerte, en China”.
Lo que a Weinberger le interesaba de
Ricci, sin embargo, no es solo su posición en la historia de las relaciones
entre Europa y China sino su singular teoría de la memoria. Para recordar y
hacer recordar, Ricci creó un palacio mental, dividido por temas y habitantes.
El segundo libro que escribió en China fue un tratado de mnemotécnica (el
primero fue uno sobre la amistad). En el medio tiempo, aprendió la lengua del
imperio, tradujo a Euclides, ayudó a importar materiales científicos de Europa, creó un
mapa del mundo con nombres chinos, entre otras cosas. Fue, quiso ser, un
emisario renacentista en tierra de herejes.
Durante un largo tiempo, suficiente para llevar a cabo sus primeras misiones, escondió el crucifijo. Cuando un eunuco de palacio –dice Weinberger- lo descubrió,
pensó que era una imagen como las que se usan en los ritos de magia negra y que
obedecía a una conspiración para asesinar al emperador, a quien nunca consiguió
ver en persona.
Hay algo de Ricci en Eliot Weinberger, sin el crucifijo.