sábado, 26 de octubre de 2013

Invenciones de papel

En una librería de libros usados de São Paulo, cerca de la Plaza de Sé, encontré un ejemplar de Invenciones de papel, el primer libro de Eliot Weinberger. Lo he estado leyendo. Sus temas: las fraudulentas y a veces ingeniosas fantasías europeas sobre la India antes de 1492, la misión del jesuita Matteo Ricci en la corte del emperador chino Wanli (Decimotercero de la Dinastía Ming), la historia americana del ungido Chogyam Trungpa Rinpoche y su incondicional escudero Allen Ginsberg, la comunidad educativa Black Mountain, el régimen sangriento de Pol Pot, la vanguardia poética norteamericana y sus demonios segregacionistas, entre otros ensayos sobre cuestiones políticas y literarias. 

Weinberger: un viajero que es también un inventivo cartógrafo cultural, un perspicaz analista político, un explorador de ruinas y un poeta. El traductor neoyorquino de Octavio Paz.

Weinberger, sus vislumbres de Asia: un relato prolijamente fantástico, un obstáculo para la expansión de la fe cristiana, un exotismo de museo, una sublimación autocrática y hasta fascista, un capítulo elevadamente macabro de terror totalitario. Es también continente de recurrentes fulgores verbales (China) y de mitologías reveladoras (India). 

En su irónico compendio de fantasías indias se unen la fulguración visionaria y lo risible: “En la India los pájaros y los animales son completamente distintos a los nuestros, salvo uno: la codorniz”. Hay también deliciosas, muy familiares viñetas satíricas: “Y yo vi caminar a un rey: delante de él iban dos hombres tocando sendas trompetas; detrás iban otros dos hombres son una sombrilla de colores con las que lo protegían del sol; y a cada lado, un panegirista, compitiendo ambos entre sí en la invención de elogios al rey”. 

La India vista desde Europa fue sobre todo un lugar mágico, el lugar de los mil tesoros, el mundo al derecho y al revés. El territorio, en una palabra, de la más radical extrañeza. No hay que olvidar que las mismas noticias legendarias serían las que circularían sobre la ignota América. El mito antes que la historia, sí, pero también la historia contra el mito. 

Entra Matteo Ricci. 

Así como otros misioneros jesuitas viajaban a reducir indios y apropiarse del oro americano, Ricci quería convertir nada menos que al emperador Wanli. Cuenta Weinberger: “Los jesuitas de Macao se habían hecho ricos con sus inversiones en el comercio de la seda entre Japón y China, comercio monopolizado por los portugueses, y ya habían demostrado ser muy útiles a los chinos pues hacían regresar a los esclavos huidos a la colonia desde el interior. En 1582, treinta años después de la muerte de san Francisco Xavier, gracias a la usual combinación de sobornos, favores y coacción, se les permitió establecerse en la propia China. Entre los pocos hombres que enviaron iba Matteo Ricci, quien había pasado cinco años en Goa y vivió los veintisiete años siguientes, hasta su muerte, en China”.

Lo que a Weinberger le interesaba de Ricci, sin embargo, no es solo su posición en la historia de las relaciones entre Europa y China sino su singular teoría de la memoria. Para recordar y hacer recordar, Ricci creó un palacio mental, dividido por temas y habitantes. El segundo libro que escribió en China fue un tratado de mnemotécnica (el primero fue uno sobre la amistad). En el medio tiempo, aprendió la lengua del imperio, tradujo a Euclides, ayudó a importar materiales científicos de Europa, creó un mapa del mundo con nombres chinos, entre otras cosas. Fue, quiso ser, un emisario renacentista en tierra de herejes.

Durante un largo tiempo, suficiente para llevar a cabo sus primeras misiones, escondió el crucifijo. Cuando un eunuco de palacio –dice Weinberger- lo descubrió, pensó que era una imagen como las que se usan en los ritos de magia negra y que obedecía a una conspiración para asesinar al emperador, a quien nunca consiguió ver en persona.

Hay algo de Ricci en Eliot Weinberger, sin el crucifijo.