El año pasado apareció en Brasil Tigres no espelho, antología
de los ensayos de George Steiner publicados en la revista The New Yorker. El título del compendio en portugués viene del
hermoso ensayo –“Tigers in the mirror”- sobre Borges. Se trata del libro más periodístico de Steiner.
Digamos
lo evidente: en Steiner el siglo XX está vivo, y él lo escucha como un profuso rumor de páginas leídas. Su propósito es compartir el botín descubierto y señalar las zonas de oscuridad. Con socrática modestia pide ser llamado cartero.
Como mensajero, Steiner tiene una larga lista de remitentes a los que servir. Conoce
sus esplendores y mezquindades, sus insanias y horizontes. Sabe ponerlos -¡con que maestría!- en relación. Tiene el don del biógrafo de gran aliento y del periodista pensador, la aceptación sin complacencia del lado histriónico de toda vida y el respeto irónico por los hechos. Es además –no es uno de sus menores encantos- un espléndido narrador de vidas leídas.
Véanse si no dos de los ensayos más complejos de ese libro tan brillante, los dedicados a Louis-Ferdinand Céline y a Simone Weil. Ella trotskista de clase alta devenida misionera revolucionaria, cristiana conversa y helenófila; él, veterano de la Primera Guerra vuelto vociferante colaboracionista, médico en un barrio de la periferia parisina, henchido de furia ante todo lo que fuese fingimiento, buenas intenciones y negociación. Ambos (Céline más que Weil, sin duda) antisemitas; ambos grandes escritores. Simone Weil murió en Londres en 1943, «agotada física y mentalmente, el alma enferma de ardor frustrado”. Céline, apresado en su fuga, volvería como un fantasma a París después de años de cárcel en Dinamarca.
Una sospecha: las humanidades no necesariamente humanizan, incluso cuando lo intentan. La cultura ha sido -es- una forma de iluminación para muchos, sí. También una de ocultamiento o es complicidad. Con razón Robert Boyers, en el prólogo del compendio, dice que el ejercicio de la imaginación moral ocupa un lugar central en la obra de Steiner.
Véanse si no dos de los ensayos más complejos de ese libro tan brillante, los dedicados a Louis-Ferdinand Céline y a Simone Weil. Ella trotskista de clase alta devenida misionera revolucionaria, cristiana conversa y helenófila; él, veterano de la Primera Guerra vuelto vociferante colaboracionista, médico en un barrio de la periferia parisina, henchido de furia ante todo lo que fuese fingimiento, buenas intenciones y negociación. Ambos (Céline más que Weil, sin duda) antisemitas; ambos grandes escritores. Simone Weil murió en Londres en 1943, «agotada física y mentalmente, el alma enferma de ardor frustrado”. Céline, apresado en su fuga, volvería como un fantasma a París después de años de cárcel en Dinamarca.
Uno tiene la impresión de que Steiner comprende mejor que nadie esas vidas a la vez iluminadoras e insensatas.
Una sospecha: las humanidades no necesariamente humanizan, incluso cuando lo intentan. La cultura ha sido -es- una forma de iluminación para muchos, sí. También una de ocultamiento o es complicidad. Con razón Robert Boyers, en el prólogo del compendio, dice que el ejercicio de la imaginación moral ocupa un lugar central en la obra de Steiner.
No lo olvido: Steiner es un
europeísta confeso, por momentos casi nostálgico o es utópico. Su utopía no es regresar a la Tierra Santa de los ancestros
hebraicos sino entrever la Viena de Wittgenstein, Klimt y Karl Kraus, la misma ciudad que saludó con arrebato mesiánico a Adolf Hitler. A ella vuelve con preguntas y sombras. De ella
regresa con recurrentes encantamientos y desolación.
No es en el arraigo sino en la andanza, en todo caso, donde encuentra sus más íntimas señas de identidad.
No es en el arraigo sino en la andanza, en todo caso, donde encuentra sus más íntimas señas de identidad.
Tal
vez los ensayos más plenos son los que tratan de escritores, artistas y
pensadores centroeuropeos. En el eje Viena-Berlín-Budapest -sostiene- estuvo el centro magnético de la modernidad intelectual de Occidente.
Sobre todo en Viena, “la capital de la era de la ansiedad”. No
hay que perderse sus comentarios sobre Walter Benjamin, Thomas Bernhardt y Bertolt Brecht. Son felicidad intelectual en estado puro.