George
Steiner fue uno de los primeros comentaristas anglosajones de Walter
Benjamin. En “El marxismo y el crítico literario”, un ensayo de
1958 recogido em Lenguaje y silencio, lo menciona con elogio
entre los críticos paramarxistas, aquellos influenciados pero
no serviles a las teorías literarias del marxismo. Tanto como su
heterodoxia -en realidad íntimamente ligada a ella- lo que Steiner
apreciaba en Benjamin era la importancia dada al lenguaje. Más que
en cualquier otro crítico marxista –escribió- la textura del
lenguaje poético precede y determina los contornos de la
imaginación. La poesía le importaba más que el partido.
Sería
interesante comparar el pensamiento de Steiner con el de sus
predecesores frankurtianos. Él mismo parece una figura entre Thomas
Mann, T.W. Adorno y el mismo Benjamin, más la levedad irónica y la
desenfadada llaneza de algunos pensadores anglosajones. Hay menos
atención a la economía en Steiner, mucho más interés por la
pesquisa científica. Allí donde un Adorno entra con altivo aire
marcial en la discusión contemporánea, Steiner se considera un
cartero entre los grandes creadores y los lectores comunes. Mientras
Benjamin veneraba a Gide y los surrealistas, Steiner apuesta por
Joyce, “puente entre los dos grandes mundos del clasicismo y el
caos”.
Hace
poco recobré mi ejemplar de Lenguaje
y silencio,
uno de mis libros más queridos de la universidad. Sigue diciendo lo
mismo, aunque yo lo lea de otra forma. Si antes pensaba que Steiner
era hombre de bibliotecas, ahora creo que es también un habitante de
cafés. Lenguaje
y silencio puede
ser leído, de hecho, como una filosófica, atribulada y políglota
conversación de café por donde pasa rauda la sombra de Walter
Benjamin. Yo apenas la recordaba.