Voy a dar una vuelta y camino y camino hasta la rua Estados Unidos. En São Paulo la rua Estados Unidos está cerca de la rua Venezuela, así que prefiero regresar.
No he encontrado un solo café en el bendito paseo. Ni un culo hermoso, qué extraño.
En São Paulo no hay cafés pero sí cuerpos, tal vez es que estoy muy ensimismado. Hay una luz que ocultan los altos edificios y es invierno.
Estoy anclado en una página de Steiner, aquella sobre el café europeo, ese idealizado templo de convivencia. Dice: “El café
es un lugar para la cita y la conspiración, para el debate intelectual y para
el cotilleo, para el flâneur y para el poeta o el metafísico con su cuaderno.
Está abierto a todos; sin embargo, es también un club, una masonería de
reconocimiento político o artístico-literario y de presencia programática. Es
el club del espíritu y la poste-restante
de los homeless”.
No hay casi cafés en São Paulo. No digamos para el metafísico con su cuaderno (todo bien), ni siquiera para el caminante con su libreta. Bares sí, muchos, y panaderías con mesas. No son lo mismo.
Dónde vine a amarrar mis cabras.