Hay
algo de retrato de familia en los ensayos de Eliot Weinberger sobre
poesía norteamericana. Son textos (como los que figuran en
Invenciones de papel o Rastros kármicos) íntimos,
encendidos y a veces virulentos. Weinberger, que acostumbra desaparecer en
sus textos, alza la voz, merodea buscando huellas de sangre en los
rincones de la casa, los encuentra. Una casa con sótano, un sótano
con fantasmas. En la oscuridad, los poetas juegan a la guerra.
Ezra
Pound fue no
solo el padre de la casa
sino
el monarca de ese sótano enfurecido que era también un jardín
deslumbrante. En él se dieron, a veces al mismo tiempo, el esplendor
y el veneno. Con Pound, Weinberger no es ni incondicional ni
mezquino. Lo admira, de hecho, con fervor: no solo como poeta sino
como explorador y cartógrafo literario. También como arqueólogo,
acaso como contrabandista de voces. Pound puso a la poesía
norteamericana (y no solo) a hablar en lenguas.
Pero
estaban también sus odios, tan primarios como refinadas eran sus
admiraciones: a los judíos, a los negros, a los demócratas, a los
enemigos del gran Arte...Pound no solo apoyó a Mussolini sino que
aplaudió al Consejo de supremacismo blanco, al Ku Klux Klan y a
otros movimientos segregacionistas norteamericanos. Se quejaba –ya
en el manicomio de Saint Elisabeth's- de que los otros internos no
supieran de las
maravillas
que había obrado el fascismo.
¿No
había una
fantasía absolutista en Pound? Aspiraba a una aristocracia del
espíritu, de la palabra y del gusto. También de la política. Lo
curioso es que era un absolutismo de vanguardia, el reverso en el
espejo de las vanguardias absolutas que predominaban en Europa.
Weinberger: “La vanguardia de Estados Unidos trataba de convertirse
en el siguiente capítulo del Libro de la Cultura Occidental: el
mismo que la vanguardia literaria europea estaba tirando al río.
Pound se hizo fascista para restaurar el antiguo orden; Marinetti se
hizo fascista para destruirlo”.
En
el exuberante palacio poundiano Propercio se codeaba con Il Duce.
No
fue un caso aislado, claro. Entre los grandes de la poesía
norteamericana, los sectarismos (en nombre del espíritu o del pueblo
o del nirvana) eran entonces casi de rigor.
Mientras
leo a Weinberger, abro Cathay,
el libro de versiones de poesía china que Pound produjo a partir de
los cuadernos de Ernest Fenollosa. Allí hay un arquero que se
lamenta en el confín del imperio, y una mujer sola rodeada de un
jardín descuidado, y gente que se despide para siempre, y amigos que
recuerdan lo ya ido. De los sucesivos imperios no quedan sino ruinas,
y los celosos guardianes imperiales se han vuelto "alimento para
los tigres". La
poesía china era un mundo de voces enterradas y Pound las desenterró
con algunas cuidadosas, felices restauraciones. Esas voces eran sus
máscaras.
Una
de esas voces era la del Poeta. ¿No
era la
figura del poeta parte constituyente del Imperio, ya sea como
funcionario, escribano, diplomático, guerrero o incluso emperador?
No hay rebeldes en ese reino llano, tampoco jerarquías
infranqueables. Tal vez porque casi todos son, aunque derrotados,
nobles.
Cathay
no es un canto a la guerra sino después de la guerra. No
hay
épica
sino elegía. No hay batallas sino devastación. Fue publicado en
1915, mientras los europeos se mataban alegremente en las trincheras
del continente.
Eliot
Weinberger observa en esos temas ya poundianos -la melancolía
de los esfuerzos humanos, la luz del tiempo sepultado, el
renacimiento de lo que de
verdad cuenta-
uno
de los rasgos no solo de la primera vanguardia norteamericana sino de
la poesía misma. No tanto la melancolía: la correspondencia latente
de los tiempos históricos. No la simple estetización del pasado
sino su transformación y fertilización imaginarias. No solo las
ruinas exóticas. No solo ruinas, no solo fantasmas.
De
la poesía como casa de la memoria y aire nuestro y río invisible. A
veces también como epifanía y diálogo secreto con los otros.
¿Puede
ser que en su origen mítico, también, una forma de maldición o de
enfermedad divina?
Dice
Weinberger que allí están algunos de los poemas más hermosos de la
lengua inglesa.