martes, 5 de noviembre de 2013

Un rey en el sótano

Hay algo de retrato de familia en los ensayos de Eliot Weinberger sobre poesía norteamericana. Son textos (como los que figuran en Invenciones de papel o Rastros kármicos) íntimos, encendidos y a veces virulentos. Weinberger, que acostumbra desaparecer en sus textos, alza la voz, merodea buscando huellas de sangre en los rincones de la casa, los encuentra. Una casa con sótano, un sótano con fantasmas. En la oscuridad, los poetas juegan a la guerra.

Ezra Pound fue no solo el padre de la casa sino el monarca de ese sótano enfurecido que era también un jardín deslumbrante. En él se dieron, a veces al mismo tiempo, el esplendor y el veneno. Con Pound, Weinberger no es ni incondicional ni mezquino. Lo admira, de hecho, con fervor: no solo como poeta sino como explorador y cartógrafo literario. También como arqueólogo, acaso como contrabandista de voces. Pound puso a la poesía norteamericana (y no solo) a hablar en lenguas.

Pero estaban también sus odios, tan primarios como refinadas eran sus admiraciones: a los judíos, a los negros, a los demócratas, a los enemigos del gran Arte...Pound no solo apoyó a Mussolini sino que aplaudió al Consejo de supremacismo blanco, al Ku Klux Klan y a otros movimientos segregacionistas norteamericanos. Se quejaba –ya en el manicomio de Saint Elisabeth's- de que los otros internos no supieran de las maravillas que había obrado el fascismo.

¿No había una fantasía absolutista en Pound? Aspiraba a una aristocracia del espíritu, de la palabra y del gusto. También de la política. Lo curioso es que era un absolutismo de vanguardia, el reverso en el espejo de las vanguardias absolutas que predominaban en Europa. Weinberger: “La vanguardia de Estados Unidos trataba de convertirse en el siguiente capítulo del Libro de la Cultura Occidental: el mismo que la vanguardia literaria europea estaba tirando al río. Pound se hizo fascista para restaurar el antiguo orden; Marinetti se hizo fascista para destruirlo”.

En el exuberante palacio poundiano Propercio se codeaba con Il Duce.

No fue un caso aislado, claro. Entre los grandes de la poesía norteamericana, los sectarismos (en nombre del espíritu o del pueblo o del nirvana) eran entonces casi de rigor.

Mientras leo a Weinberger, abro Cathay, el libro de versiones de poesía china que Pound produjo a partir de los cuadernos de Ernest Fenollosa. Allí hay un arquero que se lamenta en el confín del imperio, y una mujer sola rodeada de un jardín descuidado, y gente que se despide para siempre, y amigos que recuerdan lo ya ido. De los sucesivos imperios no quedan sino ruinas, y los celosos guardianes imperiales se han vuelto "alimento para los tigres". La poesía china era un mundo de voces enterradas y Pound las desenterró con algunas cuidadosas, felices restauraciones. Esas voces eran sus máscaras.

Una de esas voces era la del Poeta. ¿No era la figura del poeta parte constituyente del Imperio, ya sea como funcionario, escribano, diplomático, guerrero o incluso emperador? No hay rebeldes en ese reino llano, tampoco jerarquías infranqueables. Tal vez porque casi todos son, aunque derrotados, nobles.

Cathay no es un canto a la guerra sino después de la guerra. No hay épica sino elegía. No hay batallas sino devastación. Fue publicado en 1915, mientras los europeos se mataban alegremente en las trincheras del continente.

Eliot Weinberger observa en esos temas ya poundianos -la melancolía de los esfuerzos humanos, la luz del tiempo sepultado, el renacimiento de lo que de verdad cuenta- uno de los rasgos no solo de la primera vanguardia norteamericana sino de la poesía misma. No tanto la melancolía: la correspondencia latente de los tiempos históricos. No la simple estetización del pasado sino su transformación y fertilización imaginarias. No solo las ruinas exóticas. No solo ruinas, no solo fantasmas.

De la poesía como casa de la memoria y aire nuestro y río invisible. A veces también como epifanía y diálogo secreto con los otros. ¿Puede ser que en su origen mítico, también, una forma de maldición o de enfermedad divina?

Dice Weinberger que allí están algunos de los poemas más hermosos de la lengua inglesa.