Como todos saben, Ortega y
Gasset es el nombre común de dos filósofos españoles: uno de ascendencia andaluza, otro de
origen germánico. No siempre se sabe cuál es cuál. Hay, sí, un Ortega
insufrible, elegido tempranamente por Borges como uno de sus punching-bags hispánicos. Ese que fue
capaz de escribir: «Esta luz castellana es la que, poco antes de llegar la
noche con lento paso de vaca por el cielo…» Esa luz castellana, pardiez. Cada
quien tiene sus ejemplos. Juan Nuño, más borgiano que Borges, se divirtió en sumarle exabruptos no
solo estilísticos. Ortega era para Nuño la apoteosis de esa especie peninsular: un filósofo de café (en realidad, no solo peninsular). Hay otro Ortega, quizá debamos llamarlo Gasset. Un sagaz ensayista cultural, si dejamos fuera su recurrente lirismo pastoril y fallidamente guegueresco. No
infalible, como algunos quieren que sean siempre los filósofos, pero sí a menudo
incitante. Uno de los maestros de María Zambrano y, no sin muchos reparos, de Octavio
Paz. Alejandro Rossi le dedicó un ensayo espléndido. No hay que perderlo de vista.