Dice Mariano Navas en El Universal de Caracas: "Sin embargo, Del buen salvaje al buen revolucionario
no es un ensayo más que se queda en teorizar acerca de nuestros orígenes y nuestro
destino, sino que más bien se atreve a señalar las violentas y castrantes
consecuencias que ese origen mítico tiene en nuestro presente".
Es algo que señalaron varios pensadores anteriores a Rangel, claro (Picón Salas
no el menor). Algunos hasta creían -creen- que cualquier proclama progresista era -es- ya una forma de progreso. No se puede decir de Carlos Rangel. En un momento de feroces exaltaciones ideológicas, quiso deshacer varios hechizos. El victimismo político, las monsergas de la identidad cultural, el estatismo como dogma y la culpabilización mecánica de los Estados Unidos por cualquier chapucería latinoamericana, fueron algunos de sus temas (otros dirían herejías) recurrentes.
No fue un
literato, eso claro, tal vez haya que agradecérselo. Apasionado por los hechos sí, no desprovisto de
elegancia y horizonte. Tampoco sucumbió a las
sirenas del New Journalism. Ha debido,
quizá, escoger la soltería, aunque no sea yo el más indicado para dar esos
consejos.