«No queremos ser sabios, ni ser íntimamente religiosos;
no queremos ser justos, y menos que nada nos pide el corazón prudencia. Sólo
queremos ser grandes». El regaño pertenece a “Meditación de El Escorial”, uno
de los ensayos de Ortega y Gasset que me gustan.
El tema, caro a la generación de Azorín y Pío Baroja, era el definitivo fracaso imperial y quizá histórico de España, después
de una larga agonía de bancarrotas financieras, pérdidas territoriales, intolerancia
religiosa y aislamiento cultural.
En su momento de mayor expansión geográfica, comercial
y política, España se cerró
al mundo para abrirse, según la consigna monástica, a la fe. Ensimismado entre infinitas
paredes barrocas, un rey melancólico –Felipe II, de la casa de los Austria- gobierna
rodeado de una corte de monjes y obispos, teóricamente ascéticos y
políticamente inquisitoriales. El imperio, infinitamente solar y también
lunático, se había quedado solo con sus espejos.
El Escorial había sido una anunciación y un símbolo, la
primera piedra –financiada con en el oro de las Indias- en la causa contra el
hereje: protestante, judío, musulmán. La residencia imperial - al contrario de
la casi festiva corte francesa y del teatral parlamentarismo isabelino- se
había vuelto un lugar de reclusión y salvación religiosa; un monasterio que era
también un convento y un museo (lo continúa siendo).
La meditación de Ortega es una reflexión sobre ese encierro.
El Escorial, escribió, fue una respuesta amarga al
Renacimiento. Para Ortega, España no solo vivía de espaldas a Europa, que era
como decir la civilización, sino oponiéndosele. «En este monumento de nuestros
mayores se muestra petrificada un alma toda voluntad, todo esfuerzo, mas exenta
de ideas y de sensibilidad». En Ortega no aparece la famosa España barroca,
tampoco la picaresca, sino la heroica, la zafia, la beata. El imperio era una
ermita.
Quizá esa idea de la reclusión política hispánica
explica, en parte, las fantasías políticas de Ortega, el de una laicidad altamente ilustrada y europea.
Calle de dos vías, la del culturalista Ortega: así como
el arte era el espejo profundo de la nación –Velázquez, Quevedo, Cervantes como
reveladores del sustrato cultural y psicológico hispánico-, la nación era el
espejo esperpéntico del arte. Si la novela y la pintura eran formas de pensamiento
(algo que se complacía en defender), la política española había sido la arena
poco generosa del dogma (lo que prudentemente no le contentaba en absoluto).
Esfuerzo vano y melancolía: a la pompa heroica del
Renacimiento hispano, sucedieron los fastos fúnebres de una monarquía fanática.
A la conquista, colonización y (no lo dijo el filósofo) saqueo de América, el
réquiem absolutista de El Escorial.
Ha corrido sangre bajo los puentes de la política
peninsular, pero la grandeza histórica –por
lo leído- no ha dejado de estar en la agenda de muchos españoles. Los
nacionalistas catalanes no quieren ser grandes a la manera brutalmente
catolicona del antiguo imperio o del franquismo, tampoco a la manera ilustrada que propugnaba Ortega. Su única pretendida, inefable grandeza es no ser españoles.
El kitsch
independentista catalán como una versión ideológica –ya sin el glamour
barroco y siempre con desquiciado resentimiento- de El Escorial, o de cómo
hacer política con el ombligo.