La carta -una pieza maestra del understatement- la escribió Arnold Schoenberg, ya en su exilio americano y siempre con melodía teutona. Sospecho que a Orson Welles, que lo había invitado a cenar en la lejana Nueva York, ha debido gustarle
mucho. Un profesor -venía a decir Schoenberg- por más compositor dodecafónico y hasta fáustico que sea, se debe más a sus alumnos que a sus admiradores, así estos se llamen Orson Welles. No se reciben cancelaciones tan kantianas todos los días. Pero era 1943. Una lectura levemente desplazada o si se prefiere moral no era ni es imposible, me digo. Para un judío austríaco como Schoenberg, o en realidad para quien estuviese más o menos al tanto de lo que venía ocurriendo en las territorios del antiguo imperio austrohúngaro y en muchas otras partes de Europa, ese "short of teachers" ha podido o quizá debido sonar terrible. Era Europa, no Estados Unidos, la que se estaba quedando sin profesores. Welles -pocos años después viviría en la Viena de El tercer hombre- no podía no saberlo.
