lunes, 16 de septiembre de 2013

Madrid, su peor pesadilla

Mucho se ha dicho sobre el enamoramiento de la cultura española con la melancolía. Hay quien afirma que ya desde Séneca los peninsulares flirtean con la noche oscura del alma, y sus tópicos aledaños de furor heroico, amores contrariados y amargura. En los místicos y en el barroco hispánico, pero también en algunos exiliados republicanos, la melancolía es una clave mayor, tanto teológica como política y psicológica. España, me decía un escritor cubano que vive en Madrid, sigue siendo quevediana.

Bueno, creo que hay algo de cierto en todo eso. La historiografía española del siglo XX–digamos desde la generación del 98 hasta la actual crisis económica- a menudo parece una tibia, por momentos lunática variación del apocalipsis. Primero se perdieron las colonias y el imperio, luego la monarquía, muy pronto la república, y por décadas la libertad política de la que España nunca fue particularmente pródiga. En los años ochenta y noventa, debutante la democracia, se deshizo el libertario consenso antifranquista, transformándose demasiadas veces en un pandemonio de nacionalismos e intolerancia. Desde 2008 se han perdido empleos y desplomado expectativas. Se viene hablando con mediática gravedad de una generación perdida.  

No son pocas las objeciones a este unívoco excepcionalismo español. Otras culturas europeas han cultivado demonologías y catástrofes. Basta echar un vistazo a los vecinos teutones, portugueses y helénicos para comprobarlo. La idea, es cierto, no se propaga solo entre charlatanes ideológicos ni entre periodistas histéricos. Para un George Steiner, es Europa misma la que ha fantaseado desde hace mucho con su propio fin. Toda civilización, repite el gran comentarista de la Viena fin-de-siècle, es mortal.

Puede ser, aunque hay otros que –desde tiempos no tan recientes- confían en los mejores ángeles de nuestra naturaleza. Nunca se ha vivido más pacíficamente en este planeta, nos dicen Pinker y otros nuevos militantes ilustrados. Nunca como en las últimas décadas ha habido menos violencia y más aguda convivencia cívica. Las excepciones (este venezolano podría enumerar varias) no hacen sino confirmar la regla.   

Al menos, la retórica apocalíptica está dando signos de evidente desgaste. Hace unos días, a propósito de la fallida candidatura madrileña para hospedar los juegos olímpicos de 2020, El País trajo un titular llamativo: “La peor pesadilla para Madrid”. Si la defensa olímpica había sido especialmente patética, el informe periodístico lo era todavía más. En otro momento de matanzas en el Medio Oriente y de desconcierto democrático occidental –términos ineludibles incluso para los más optimistas del palco- el deportivo fatalismo español revelaba una vez más su madeja ficcional.

Nadie en su sano juicio se lo puede tomar sin sonreír.