domingo, 8 de abril de 2012

Un artículo de Ayaan Hirsi Ali

Apareció en Newsweek, a comienzos de febrero, con el título "La guerra contra los cristianos". En la portada de la revista, una fotografía de un Cristo bañado en sangre. La leyenda: Iglesia de los Santos, Alejandría, Egipto, 2011. El reportaje trae otras fotografías, algunas tremendas. Imágenes de dolor, catástrofe e indefensión. Solas sin embargo no son suficiente. Inspiran compasión, espanto, indignación: falta el contexto. Es lo que trata de aportar el artículo de Hirsi Ali.

Tanto se habla de los abusos y ofensas contra los musulmanes en Occidente, dice la activista y escritora holandesa, que los medios occidentales nada osan decir sobre las persecuciones a cristianos en los países de mayoría islámica. No es guerra: es cacería. En Nigeria, la secta Boro Haram, pretende establecer la ley islámica y de paso matar a todos los cristianos del país. Slate Afrique los llama los Talibanes de Africa Occidental. Su grito de guerra es también divino: Allah Akhbar, Dios es grande. En Sudan, donde un Omar al-Bashir, presidente islamista, ahora condenado en La Haya por genocidio, atizó la guerra civil que comenzó en 2003, matando más de 300.000, entre ellos muchos cristianos. En Egipto, los cristianos coptos son acosados tanto por bandas paramilitares como por agentes del Estado. En una protesta contra los abusos islamistas, el ejército disparó a matar. Decenas murieron. Más de 200.000 coptos -en plena primavera libertaria- han abandonado sus casas por temor a más ataques. En Paquistán, las inefables leyes contra la blasfemia son usadas para avalar el matoneo y la intolerancia contra las religiones minoritarias. Hay otros países y cifras. La realidad es persistente: donde los musulmanes mandan, los cristianos tienen que temblar.

Dice Hirsi Ali: "No, la violencia no está planificada o coordinada por ninguna agencia internacional. Es más bien una expresión espontánea de animosidad anticristiana en los musulmanes que trasciende culturas, regiones y grupos étnicos".  No era así en el Imperio Otomano, que pedía proteger a los no-musulmanes en tierras musulmanas. La tolerancia, remata, es para todos: menos para el intolerante.

Al contrario de otros activistas de los derechos humanos, Ayaan Hirsi Ali no defiende solo los derechos de su grupo. Puede resultar simplista o inflexible, no banal. Tiene una obsesión, iba a decir un adversario: el oscurantismo musulmán. Su artículo es un acucioso recordatorio de que los creyentes de una religión -el cristianismo- que ha aportado tanto a la historia del fanatismo pueden ser víctimas de otros fanáticos. Solo una pequeña divergencia: no es intolerancia lo que merecen los intolerantes. Es menos -ninguna- impunidad, complacencia.