Alguien dijo algo sobre la prosperidad de las iglesias
evangélicas. Es, de verdad, un espectáculo. No solo en sus resultados sino en sus procedimientos. En ellas, la obra mesiánica se alía
abiertamente a la ambición económica: lo contrario al retórico miserabilismo
católico, heredado por tanto teólogo de la liberación y por los populistas de
siempre. No le gustaban los pobres, decía Christopher Hitchens a propósito de
la Madre Teresa de Calcuta, le gustaba la pobreza. No se puede decir lo mismo
de los evangélicos brasileños.
La riqueza, para ellos, es señal de divinidad. En la Iglesia Universal, la más popular de las sectas protestantes brasileñas, mientras más dinero se aporta, más se confía en el Señor. Una trinidad posible: dinero, fe, favores divinos.
La riqueza, para ellos, es señal de divinidad. En la Iglesia Universal, la más popular de las sectas protestantes brasileñas, mientras más dinero se aporta, más se confía en el Señor. Una trinidad posible: dinero, fe, favores divinos.
Después de ese despliegue de devoción capitalista y
costumbrismo sublimado, esta advertencia a la mujer devota: "La Biblia nos enseña que debemos mirar a nuestros maridos como si fuesen Nuestro Señor Jesucristo". No caiga en blasfemia, mujer. Cuando piense que su marido va por
malos senderos, ore a Dios, no critique a su emisario. Piense en su calvario.
La Iglesia Universal tiene 10 millones de fieles repartidos por el mundo.