Pensando en Blue Jasmine, me acordé de El lobo de Wall
Street. Tienen -me parece- más de un asunto en común.
Dos grandes películas sobre engaños y estafas, y un mismo contexto temático: la crisis financiera americana. Hay más calidez irónica en la forma en que Woody Allen observa a su personaje y su entorno; Scorsese una vez más es de un sarcasmo casi alucinado. Blue Jasmine y El Lobo de Wall Street comparten otro tema, solo que explorado de manera diferente. La burbuja en la que viven estos personajes no es solo económica. Es también psicológica y moral. Cuando la burbuja estalla o comienza a hacer aguas, Jasmine y Jordan intentan desesperadamente no darse por enterados. Ella habla sola y él también, aunque se dirija a un auditorio de entusiastas. Ambos habitan sus personajes como si fuesen fortalezas.
La utopía personal de Jordan Belfort (grandísimo DiCaprio) no es –como para la Cate Blanchett de Blue Jasmine- la seguridad. No quiere estar a salvo de la humillación que para ella representa la pobreza. Su fantasía redentora es más heroica. El éxito para Belfort representa una forma de poder especialmente eufórico. Para ambos, pobreza y riqueza (es decir dinero) no son realidades complejas sino símbolos simplificadores. El mundo es una ficción, y ellos han elegido los personajes más felices. Belfort en la cúspide –último chamán de la tribu financiera-, Jasmine impoluta y fulgurante entre cuatro paredes protectoras.
Dos grandes películas sobre engaños y estafas, y un mismo contexto temático: la crisis financiera americana. Hay más calidez irónica en la forma en que Woody Allen observa a su personaje y su entorno; Scorsese una vez más es de un sarcasmo casi alucinado. Blue Jasmine y El Lobo de Wall Street comparten otro tema, solo que explorado de manera diferente. La burbuja en la que viven estos personajes no es solo económica. Es también psicológica y moral. Cuando la burbuja estalla o comienza a hacer aguas, Jasmine y Jordan intentan desesperadamente no darse por enterados. Ella habla sola y él también, aunque se dirija a un auditorio de entusiastas. Ambos habitan sus personajes como si fuesen fortalezas.
La utopía personal de Jordan Belfort (grandísimo DiCaprio) no es –como para la Cate Blanchett de Blue Jasmine- la seguridad. No quiere estar a salvo de la humillación que para ella representa la pobreza. Su fantasía redentora es más heroica. El éxito para Belfort representa una forma de poder especialmente eufórico. Para ambos, pobreza y riqueza (es decir dinero) no son realidades complejas sino símbolos simplificadores. El mundo es una ficción, y ellos han elegido los personajes más felices. Belfort en la cúspide –último chamán de la tribu financiera-, Jasmine impoluta y fulgurante entre cuatro paredes protectoras.