viernes, 7 de marzo de 2014

Cacería

Asesinan a un dirigente político venezolano. ¿Robo o sicariato?, se preguntan los periodistas. Desde luego las dos opciones son posibles: ladrones asesinos y sicarios ladrones. Según ambas hipótesis, muerte por dinero. Tampoco se puede descartar el asesinato lúdico: cuando la impunidad es la regla –esto lo estudió Canetti con insoslayable precisión- la aniquilación puede ser un placer. Su nombre técnico es cacería. 

En otro país (incluso latinoamericano) esto ocasionaría al menos una investigación judicial más o menos independiente y veraz. En Venezuela nada ocurrirá.

También ayer Guardias Nacionales, Policías Bolivarianos y grupos paramilitares entraron a saco en Los Ruices, Caracas. Las imágenes y testimonios mezclan dos atributos canónicos del régimen: la arbitrariedad de la sanción y la pompa militarista. Al desprecio por el diálogo, se une el narcisismo del macho armado -a veces con la última tecnología- hasta los dientes. A Los Ruices entraron los salvadores de la patria, con la seguridad punitiva de quien agrede a quienes a sus ojos no valen nada. Entraron y dispararon perdigones a los edificios, apresaron brutalmente a algunos manifestantes, lanzaron bombas lacrimógenas. Hubo dos muertos (un Guardia Nacional y un taxista: el primero de 25 años, el segundo de 24). Las circunstancias -como suele decirse- son oscuras. 

Algo queda más y más claro: la indefensión de aquellos a quienes el gobierno considera enemigos, en realidad cualquiera que se le oponga o viva en zonas donde el gobierno no lleva la voz cantante. Están dadas las condiciones para más abusos y sangre. Puede ser contagioso.