Asesinan
a un dirigente político venezolano. ¿Robo o sicariato?, se preguntan los
periodistas. Desde
luego las dos opciones son posibles: ladrones asesinos y sicarios ladrones. Según ambas hipótesis, muerte por dinero. Tampoco se puede descartar el asesinato lúdico:
cuando la impunidad es la regla –esto lo estudió Canetti con insoslayable
precisión- la aniquilación puede ser un placer. Su nombre técnico es cacería.
En
otro país (incluso latinoamericano) esto ocasionaría al menos una investigación judicial más o menos independiente y veraz. En Venezuela nada ocurrirá.
También ayer
Guardias Nacionales, Policías Bolivarianos y grupos paramilitares entraron a
saco en Los Ruices, Caracas. Las imágenes y testimonios mezclan
dos atributos canónicos del régimen: la arbitrariedad de la sanción y la pompa
militarista. Al desprecio por el diálogo, se une el narcisismo del macho armado
-a veces con la última tecnología- hasta los dientes. A Los Ruices entraron los
salvadores de la patria, con la seguridad punitiva de quien agrede a quienes a
sus ojos no valen nada. Entraron y dispararon perdigones a los edificios, apresaron brutalmente a algunos manifestantes, lanzaron bombas lacrimógenas. Hubo dos muertos (un Guardia Nacional y un
taxista: el primero de 25 años, el segundo de 24). Las circunstancias -como
suele decirse- son oscuras.
Algo
queda más y más claro: la indefensión de aquellos a quienes el gobierno
considera enemigos, en realidad cualquiera que se le oponga o viva en zonas donde el gobierno no lleva la voz cantante. Están dadas las condiciones para más abusos y sangre. Puede ser contagioso.