Por Weinberger me entero del nombre y obra de E.J. Bellocq, el fotógrafo de Storyville. Me pongo a ver algunas de esas mujeres. Esta sonríe para el fotógrafo que es quizá un conocido de la casa o un cliente ya familiar, la otra se deja contemplar
con gula y quizá por dinero (entrada en carnes, es un monumento debidamente imperfecto de voluptuosidad,
lo sabe). Aquella tiene un ojo morado, huella posible del déspota más que metafórico de las historias prostibularias. Otra posa con
modales de la Belle époque, después de todo fue París la lejana capital estética y erótica de aquellos caserones perdidos. Están vivas esas mujeres, sí. Nada de exotismo, condescendencia, sermones, compasión, desprecio o afán de denuncia. Reinaba, Dios santo, el vello púbico.


