viernes, 20 de septiembre de 2013

Un Estado hamponil

La semana comenzó con dieciséis muertos en la Cárcel Nacional de Maracaibo, en Venezuela. Con insania: algunos decapitados, otros desmembrados. Por peleas entre bandas, dicen. Solo en esa cárcel, este año ha habido al menos 70 muertos. A comienzos de 2013, en Uribana, murieron cincuenta y cuatro. En 2012, en esa y otras cárceles, fueron 591 los asesinatos. La impunidad es casi total. Las cárceles venezolanas -sin metáforas- son mataderos.

Se entra en ellas por mala suerte y se sale de milagro. O con dinero, que en lenguaje carcelario quiere decir más violencia. Lo curioso es que muchos de estos asesinos se ven a sí mismos como humanitarios. 

Tomemos al pran Soto Nava. Soto Nava manda decapitar enemigos, lo admite, pero solo para hacer el bien. Soto Nava se siente un caudillo, un bienhechor de mano dura. Las armas, según esta cruzada educativa, son como amuletos evangélicos. Uno se pregunta qué haría si se dedicara a tiempo completo, de forma hedonista, al terror. (Las bandas, según el mismísimo gobierno, controlan el 80% de las cárceles venezolanas. Cada una con su caudillo y su corte. Soto Nava es apenas el último vengador mediático). Los códigos de honor de las mafias que dirigen las cárceles son una caricatura despiadada de las que dirigen el país. 

Uribana, El Recreo, La Planta, Vista Hermosa y Yare son headquarters del crimen organizado. Los reclusos, desde luego, armados hasta los dientes (salvo los días de visita, no sea que se asusten los parientes). Ante esta situación el Estado es responsable por partida doble: por complicidad, ya que son los guardias nacionales quienes venden armas y drogas a los presos, y permiten sus más bien productivas actividades comerciales (solo Buena Vista reporta 3 millones de dólares al año, según su gángster en jefe); y por chapucería, ese otro nombre de la idiotez política. Para la Ministra del Poder Popular para el Sistema Penitenciario, la infinita Iris Varela, los medios de comunicación privados son los principales responsables de la violencia dentro y fuera de los penales.  

Para otros observadores, la responsabilidad parece mejor repartida. Dice el periodista Meza en El País que la situación carcelaria, más la falta de reacción de la ciudadanía, habla de la quiebra moral de un país. En cuestiones de grave importancia, como quien dice, todos pecadores (incluida esa ciudadanía aterrorizada que ni siquiera osa decir su nombre). Tiendo a creerlo así, salvo si me paro a pensarlo: cuando todos son responsables, ninguno lo es. Mal acuerdo. 

Lo que se despedaza en Venezuela no es solo un cierto consenso sobre los derechos humanos. La falla más profunda es legal y política: la ley es de quien tiene el poder. 

Cómo esperar justicia de un Estado hamponil.